Por Elisa Mayorama*

Desde que nacemos nos clasifican según colores. Si nuestros cromosomas dicen que somos sexo masculino, nos eligen una mantita recibidora celeste, amarilla o verde. Por el contrario, si nos dicen que somos del sexo femenino, la misma será, seguramente de tono rosado, pudiendo variar en un rosa chicle, claro o lila.

Sin embargo, es preciso preguntarse desde cuándo esto es así. Porque siempre hay un comienzo de las cosas. La cultura se construye, no es algo natural, sino que la crean las sociedades.

Resulta curioso investigar un poco y darnos cuenta que históricamente para los bebés se usaba el blanco, ya que estaba asociado a una mayor higiene y pureza. Incluso la vestimenta hasta principios del SXX era similar para los niños de hasta 6 años: por lo general constaba de vestidos que permitieran cambiar los pañales con mayor facilidad.

Poco antes de la Primera Guerra Mundial, el rosa, asociado a la sangre y al vigor, era el color de los niños, fuerte y decidido. El azul, por el contrario, más delicado y amable, era principalmente asociado a las niñas. Así, incluso en el año 1914, los periódicos aconsejaban el uso del rosa para el niño y el azul para la niña, si se busca seguir las convenciones.

Será después de la Segunda Guerra Mundial, que el color rosa comenzará a adoptarse para niñas. Se cree que una de las personas que impulsó el cambio de color fue Mamie Geneva Doud, esposa de Dwight Eisenhower, el por entonces presidente de Estados Unidos, en el contexto del fin de la guerra, cuando muchas mujeres habían ocupado los puestos de trabajo de sus esposos, Mamie declaró que gracias a la resolución del conflicto, “Ike” (apodo de Eisenhower) se ocuparía de gobernar y ella podía dar vuelta las chuletas de cerdo, en una clara referencia a que las mujeres podían volver a ser amas de casa.

Otra de las promotoras del color rosa para la mujer fue la actriz Jeyne Mansfield, quien vestía mayormente de ese color, e incluso tenía una mansión rosa que fue célebre en su época. Mansfield, entre sus declaraciones aseguraba que “los hombres quieren una chica que sea rosa e indefensa.”

Vestir de rosa, por entonces comenzó a significar la vuelta al hogar tras la guerra, y también la delicadeza, la sensibilidad.

Dos décadas después, las empresas de moda y cosméticos concluyeron el trabajo, llegando así a segmentar a los consumidores para obtener más ganancias. Para la década del ochenta, la ropa de niños y niñas también estaba fragmentada por colores.

En la actualidad, a pesar de todos los avances que se realizaron por la igualdad de género, la división por colores perdura. En los locales de ropa, ferias o centros comerciales, se dividen en vidrieras o sectores de ropa de niño o niña. Y en este caso me permito señalar, que la ropa para niños es la que más restricciones tiene. Si no se trata de vestimenta que tenga que ver con súperheroes o dibujos animados, tiene letras o rayas, es aburrida y los colores más comunes son el azul, verde, gris o negro.

Los y las vendedoras tienen internalizada esta división, y cuando se pide: un jogging para un bebé de talle 3, siempre preguntan si “es nene o nena”, y realmente se ponen nerviosos si decimos que es nene pero que queremos ver, por ejemplo, una remera que entre sus colores tenga rosa, o en su estampado tenga estrellas, arcoíris, unicornios o corazones.

Como menciona la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie en su libro “Querida Ijeawele: cómo educar en el feminismo”: “¿por qué no, sencillamente organizar la ropa de bebé por edades y colores? Al fin y al cabo, los cuerpos de los bebés y las bebés son similares”.

Es necesario comenzar a deconstruir la utilización de los colores y también los estampados. Que un nene o nena pueda utilizar cualquier color y motivo sin que ello signifique para el resto una elección de orientación sexual. Este prejuicio que puede parecer un tema superado aún persiste en instituciones educativas, sobre todo en los niveles inicial y primario, en las familias y también se difunde a través de los medios de comunicación masiva.

*Comunicadora social y docente de la ciudad de La Plata. Apasionada por la escritura y coordinadora del taller de creación literaria Abrapalabra.

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