Por Agus Villa

El feminismo se masificó, se fue ampliando de sus lugares tradicionales; se llenó de mujeres convocadas por el culo de Jimena Barón y no por El segundo sexo; que conocieron el Misoprostol por Srta. Bimbo en el plató de Rial, y no por Lesbianas y Feministas; que no hablan de los cuerpos que teoriza Judith Butler, pero reconocen las injusticias machistas que vivieron sus cuerpos.

¿Cómo se conjuga el feminismo new age de pañuelos y glitter con el feminismo ortodoxo?

Durante un largo tiempo me quejé del feminismo del twerk; “que alguien me explique qué es lo empoderado en seguir haciendo lo mismo que los tipos esperan de vos”. Implementando un poco de compasión femininja, adopté la noción comprensiva; “si la danza del culo te da seguridad en vos misma, si te hace sentir mejor; bienvenida sea, amiga… Después vamos viendo”. Lo importante es tener minas más seguras, que se la crean, que gocen. ¿No es eso revolución feminista también?

El problema del vamos viendo es que funciona eficazmente como máscara de prejuicio, nos deja tranquilas y sororas mientras afilamos el feminómetro. Esa aceptación lleva escondido el dedo señalador del buen feminismo; un “no será ahora -que estás tomando conciencia mientras agitás el culo- pero ya vendrá más adelante, cuando lo entiendas bien.” Carolina Spataro (UBA-CONICET) se refirió a esta práctica: “pensar los placeres ajenos como ‘falsa conciencia’, como si al volverte feminista no los mantuvieras”. Lo dijo en un aula de la Facultad de Sociales de la UBA, en una charla repleta de futuras cientistas sociales, intentando comprender por qué esa mujer del video se emocionaba hasta las lágrimas con Ricardo Arjona.

No se trata de la disputa “feminismo académico o feminismo popular”; sino del feminismo intolerante. Aquel que en la heterogeneidad de la nueva masa feminista se encuentra condenando falsos placeres por todas partes. Ese feminismo iluminista que se alza como vanguardia de un movimiento sin líderes y que señala cuál es la forma correcta de vivir y ejercer el feminismo; que presenta al feminismo como el nirvana de la liberación, únicamente accesible para aquellxs que hayan cumplido determinadas acciones, tenido determinadas reflexiones y dado determinadas discusiones.

Con un discurso que aplasta y uniforma, que condena y excluye, nos perdemos convocar a aquellxs que se corren aunque sea un centímetro del pensamiento que -les hacemos creer- deberían tener. Si algo nos dejó la política de los últimos años, es la certeza de que hablarse a sí mismo es sinónimo de derrota. “No hay que ir delante de la gente, hay que ir madurando junto con la gente y acompañándola en sus procesos, con sus procesos de reconocimiento, no más vanguardia esclarecida” dirá en una de sus primeras apariciones post derrota electoral la líder del último movimiento de masas de nuestro país, a la que también alcanzó el feminismo.

Cabe preguntarse, ¿queremos que el feminismo sea revolución o un tesoro que sólo algunxs pocxs protegen? ¿Queremos que nuestro estado de facebook acumule los likes de las compañeras militantes o queremos plantar la semilla de la duda en la amiga que salió a bancar el aborto legal pero no se anima a llamarse feminista?

El feminismo ahora es demanda popular, en todas sus formas; ingresa en la vida de las señoras desde la mesa de Mirtha Legrand y asoma en los momentos inequívocos: ahora en casa los hijos varones también levantan la mesa; se condena a Juan Darthés, otrara galán protagonista de sórdidas fantasías; se puede tener un rato para sí misma sin culpa. Esa demanda es invocada por toda una masa que se siente por primera vez interpelada por distintas cuestiones del género y que no reconocía un lugar para sí dentro del feminismo, hasta ahora.

Si “sororidad” significa algo, sería no cuestionar el valor de esas mujeres que no viven la liberación feminista igual que una; que no viven o expresan el feminismo como tradicionalmente aprendieron lxs que llevan más textos que años en estos temas. No cuestionar su valor como nos enseña sistemáticamente la sociedad patriarcal -y clasista-. Y no significaría, como tantas veces se escucha, “ser amiga de todas” pero sí poder respetarnos sin juzgarnos. Poder entender que no hay lugar para el vamos viendo en lo que a la otra le hace bien. Poder hacernos lugar a todas, en todas las maneras que tenemos de vivir y gozar el feminismo.

“A todas se nos presenta el patriarcado de formas distintas” también dijo Carolina Spataro.

Que el feminómetro no nos robe la sororidad y la posibilidad de seguir ampliando: valoremos todo aquello que llevó al feminismo ahí donde hace cinco años no existía, de la forma en que pudo llegar. Seguramente, las recientes victorias del movimiento tienen que ver con la televisación de la experiencia feminista que permitió convocar un público nuevo.

Sabemos que una vez que incorporamos la mirada con perspectiva de género, no la abandonamos más y sabemos que nos necesitamos todas para seguir conquistando las calles, las camas, las universidades, los barrios, las villas, la televisión, los sindicatos, las instituciones. No le dejemos hueco al patriarcado.

 

 

Texto: Agustina Villa – Militante de Politólogas Feministas en Red

Fotografía: Constanza Lupi

 

Deja un comentario