*Por María Sanz

No me acuerdo de la primera vez que nos vimos, pero debió ser en una cobertura, mientras estábamos convertidas en un pulpo de un millón de brazos rematados por micrófonos, en un revoltijo de ojos-cámara, de bocas abiertas ávidas de declaraciones. Por entonces yo aún pensaba que el periodismo era esto, este lío, esta marabunta -aunque ya había algo que no me encajaba del todo con esa manera de hacer las cosas.
Nunca se me ocurrió preguntarle a ella qué pensaba. No hablábamos: yo estaba distante de ella, a la exacta distancia que me imponían mis prejuicios. La veía como el estereotipo de la mujer bella que salía por la tele. A mí, que llevo peleada con la presión estética en este oficio desde los tiempos de la facultad, una mujer como ella me despertaba recelos. Además, vivo en esa paradoja de ser una periodista sin televisión, así que no tenía mucha idea de cómo era el laburo que ella hacía.
Una vez, en una cobertura, me quedé mirándola mientras entraba en vivo. Para mí, ponerme delante de una cámara siempre ha sido un trance que implica temblor en la voz, sudores fríos en la espalda. Para ella, parecía tan natural como respirar. Ya sé que nos educan para competir entre nosotras, que la rivalidad es producto del patriarcapitalismo y todo eso, pero no podía evitar sentirme insegura.
Tal vez sea por esos prejuicios que me sorprendió verla, un día, en un encuentro feminista. Estábamos en Encarnación, y Noe, “la chica guapa de la tele”, participaba en los talleres. Creo que desde ese momento empecé a verla en todas partes. Noe en todas las coberturas que tenían que ver con mujeres, con niñas, con derechos. Noe plantándole cara al defensor del pueblo, que se atrevió a manosearle el colibrí que lleva tatuado en el brazo. Noe bailando en las fiestas del sindicato. Noe entrenando en la Costanera. Noe siendo secretaria general del Sindicato de Periodistas de Paraguay.
Noe en las asambleas de la Plaza de las Mujeres. Noe en televisión, con la camisa verde el 28 de septiembre, y morada el 8 de marzo. Noe en encuentros internacionales de periodistas. Noe con sus hijas y la cara pintada con los colores del arco iris, hablando de diversidad sexual. Noe organizando el primer seminario de “Periodismo y género”, un mes después de que la palabra “género” se prohibiera de los textos escolares en todo el Paraguay. Noe ganándole un juicio a A.J. Vierci, poderoso magnate mediático. Noe haciendo un taller con las voceras del 8M, enseñándolas a hablar frente a cámara. Noe llevando pancartas en una marcha contra el acoso sexual contra las periodistas, saliendo a defender una compañera. Noe siendo la secretaria de género de la Federación de Periodistas de América Latina y el Caribe. Noe matándose de risa. Noe siendo Noe. Auténtica. Y libre.
Si todo esto no era bastante para llevarse por delante mis prejuicios, hubo algo más. Cuando se me ocurrió denunciar que lo que pasaba con (demasiados) colegas en los medios paraguayos no era normal, y que se llamaba acoso sexual, Noe estaba allí, con las compañeras del sindicato. Y por fin entendí: Noe no era competencia. Era compañera. Siempre lo había sido.
Esta semana, a Noe la amenazaron de muerte en las redes sociales. Una tiende a pensar que eso de las amenazas a periodistas es algo que le pasa a otres profesionales, que investigan complejas tramas de corrupción, que desafían al narcotráfico en las zonas de frontera, que trabajan en países que son “zonas rojas” para la libertad de expresión. Con frecuencia, ése es el argumento que dan los editores, o que nos damos nosotras mismas, para evitar que las mujeres se encarguen de estas coberturas peligrosas.
Como si fuera que por ser mujeres estamos menos preparadas. Como si fuera que las periodistas no recibimos violencias todo el tiempo, independientemente del área que cubramos.
Como si fuera que declararse abiertamente feminista no se hubiera convertido en una misión de alto riesgo en Paraguay.
A Noe no le perdonan, ni que sea mujer, ni que sea periodista, ni que sea feminista. Tampoco le perdonan la valentía ni la sonrisa. Quienes la odian la ven como un trozo de carne: una tira de asado quemándose en una parrilla. Así se lo dijeron. Y esa imagen terrible me trae a la cabeza otra: la de la última vez que me crucé con Noe, esta semana. Terminamos una marcha de protesta contra el último caso de feminicidio en Asunción. Encendemos velas, dejamos pancartas, prendemos una hoguera. Noe está muy cerca del fuego, y canta con las otras chicas: “abajo el patriarcado, se va a caer, se va a caer”. Y pienso que no. Que no se va a caer, Noelia, compañera. No se va a caer. Lo vamos a quemar. Ése es el fuego que vos vas a hacer arder.

*María Sanz es periodista, migrante y feminista.

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