Imagen: El Surtidor

*Por Juliana Quintana Pavlicich

Desaparece, la buscan, donde la vieron por última vez, cómo estaba vestida, a quién llamar, cuántos años tiene, con quién estaba, qué estaba haciendo. Hace doce días que no la ven. Su pareja se dio a la fuga. Llega el móvil, sale su papá en la tele, hacía tiempo que no podía contactarla. Se activa el sensacionalismo: que practicaba rituales satánicos, que vivía en pareja, que no tenía cédula de identidad, que tenía una vida nocturna activa, que se drogaba, que salía,
que no salía. La pedagogía de la violencia de manual.
¿Y si la historia era otra? ¿Y si en lugar de piercings en la boca usaba aros en las orejas? ¿Y si en lugar de labios negros los usaba rosa? ¿Y si en lugar de Beat Noise Attack escuchaba Taylor Swift? ¿Entonces sí? ¿Entonces la buscábamos? Paola, Sabryna, Raquel, Dalma, Emilia, María Inés, Mónica, Amalia, Cynthia, Nathalia. Ya no alcanzan los nombres, se repiten cíclicamente. El hallazgo del cuerpo de Meliza Fleitas evidencia, una vez más, que a las pibas el Estado no las busca. Las mata el patriarcado y luego las vuelven a matar los medios de consumo. Ileana Arduino, abogada penal y experta en seguridad y políticas de género, sostiene que los medios tienen dos formas de representar a las mujeres víctimas de femicidios: las buenas y las malas víctimas. En Estados Unidos, este fenómeno es conocido como Missing white girl syndrome. La buena víctima es la “víctima blanca” que es representada por los medios como una oportunidad perdida, vidas inexplicablemente truncadas o arrebatadas.
En general, se trata de jóvenes de clase media-alta que se representan como los femicidios más injustos para los medios hegemónicos. Mientras que a las malas víctimas están asociadas a una operación ideológica que reduce la biografía de las jóvenes pobres a su carencia, como Ni Nis (ni estudia, ni trabaja). Meli era una mala víctima, porque era pobre y porque nadie le decía lo que tenía que hacer. Porque gozaba.
Cuando terminé de escribir el último párrafo de mi tesis, levanté la mirada y vi que en la televisión estaba la policía recuperando el cuerpo de Meliza Fleitas de una fosa en su propia casa. La misma casa en la que ella vivía con su pareja y presunto femicida, Jaime Vera Fernández. La misma casa que allanaron el 27 de julio y “no se encontraron rastros”. Los contornos del hogar se disuelven cuando la vida de estas pibas pasa por los territorios que habitan. La familia lo señaló una y otra vez: había que poner el foco en la casa en que vivía, en los barrios.

La fiscala a cargo del caso es Milena Basualdo y contesta las preguntas de la prensa local desde su auto, sin sacarse los anteojos de sol: “Yo ya aclaré que fui reasignada en mayo recién, o sea hay otra fiscal”. Se mueve un poco incómoda por los reclamos de las agrupaciones feministas que, le gritan a unos metros de distancia “fiscalía femicida” y “el Estado es responsable”. Pero la periodista es incisiva y no se conforma, quiere saber si se tomaron muestras con luminol, si
cambió la carátula del crimen, por qué fue la policía y no la criminalística a allanar.
Igual que el resto de nosotres, no se explica cómo es que hace tres meses allanaron la casa de Meliza y no hallaron nada, y ahora unos albañiles encontraron el cuerpo por casualidad. “Hicimos un allanamiento e incautamos armas, hasta ahí te puedo decir”, expresa Basualdo y se aleja de los escraches organizados por los colectivos feministas. Basualdo me hace enojar, porque parece que no supiera que aunque se incorporó con la causa ya abierta, de mayo a octubre hay cinco meses. Y en todo ese tiempo tampoco se la buscó. Pero ella tiene los labios rosa, no entendería.
¿Querés que te cuente, Basualdo, qué hicieron en cinco meses las pibas? Generaron redes de contención y ayuda, se comunicaron desde la capital, activaron búsquedas en Asunción e Ypacaraí, pegaron afiches en ambas ciudades, instalaron el hashtag #DóndeEstáMeli que logró aglutinar el pedido de justicia. Las agrupaciones Paro de mujeres Paraguay y La feroz colectiva organizaron tuitazos, marcos en Facebook, flyiers en Instagram. Pidieron por ella en el #8M y en las dos marchas #TTLGBI. ¿Y vos dónde estabas, Basualdo?
En mi país, las pibas aparecen muertas. Las pibas desaparecen, no las buscan, y catorce meses más tarde, las encuentran albañiles por accidente, si es que las encuentran. Al Estado no le interesa investigar las desapariciones ni los femicidios. La fiscalía se duerme en los laureles y, mientras tanto, asesinan a 4 mujeres por su condición de género cada mes. Según los datos que arroja el Observa Violencia de Género, ya hubo 48 mujeres asesinadas en lo que va del 2018.
Las violencias contra las mujeres aparecen así, como un conocimiento que hay que poseer, pero no entender, porque estas cifras no van acompañadas de una reflexión sobre el sentido último del problema. Los medios aún no internalizaron la importancia de dejar de utilizar el rótulo de “crímenes pasionales” para hablar de femicidios, aunque ya desde el 2016 el término fue tipificado por la ley paraguaya. Todavía las bases de datos son escasas, y muy pocos femicidios son los que trascienden a los medios.

¿De qué sirve el 137 de teléfono de asistencia a mujeres víctimas de violencia si nos están matando a las pibas? ¿Qué mecanismos de prevención se puede pensar para evitar esos femicidios? ¿Qué hacemos con los machos femicidas? ¿Cómo organizarnos en un contexto en el que no se controla ni regula a las armas con las que nos matan? ¿En qué pueden colaborar las universidades para reducir la violencia de machista? Son muchas ideas para organizar pero pensamos colectivamente, y lo que queda claro es que las pibas no nos callamos más. Y que cada vez son más rápidos y eficientes nuestros mecanismos que van del dolor a la acción.
Miro a la Meli de la fotografía, miro sus labios negros, y me siento una intrusa dentro de mi propia tristeza porque, de alguna manera, me parece que no me corresponde llorarla. A mí, que su realidad me tocó tan de lejos, que vivíamos en el mismo país sin saberlo. Y, aun así, desde el martes todo me cuesta un poco más. A veces sueño con ella y me imagino cómo habría sido el sonido de su voz. Meliza antisistema, Meliza metalera, Meliza nos faltás. Meliza, somos un montón, y cuando nadie más te busque, nosotras te vamos a seguir buscando. Porque, como dice Sara Hebe, no se muere quien se va, si no quien se olvida. Y Meli, nosotras no te olvidamos.

*Juliana Quintana Pavlicicih es Licenciada en Comunicación Social y maestranda en
Periodismo de Investigación. Terminó su tesis el día en que apareció el cuerpo sin vida de
Meliza Fleitas. Escribió sobre la narración de femicidios con enfoque literario en los medios
digitales argentinos.

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