Por Aldana Martino*

Las fuerza de las mujeres, lesbianas, trans, travestis, transexuales y todas las identidades no binarias, explotó como nunca antes las calles argentinas. La lucha por el aborto legal, seguro y gratuito se convirtió en la bandera de la enorme mayoría de las pibas de todo el país. Una bandera que ya no hablaba solamente de la vida o la muerte, sino de nuestro deseo, del goce que nos arrebataron, del rol reproductivo que nos siguen asignando, del mandato de maternidad y de la soberanía de los cuerpos. Salimos a discutir un modelo de vida digna para todas.

Así, con esa red construida y con la certeza de que somos las protagonistas de uno de los movimientos que más dinamiza la agenda política en el país y que logró dar una pelea absolutamente masiva y transversal por un derecho en medio de un contexto cotidiano de pérdida de derechos: así fuimos a Trelew.
Y así, también, nos esperaron. Describir los hechos de violencia hacia nuestro movimiento no es un acto de victimización, es una lectura política de lo que está pasando en nuestra sociedad a partir de la irrupción de esta cuarta ola feminista. Es una foto de nuestra fuerza y de la violencia de la reacción machista.

La hostilidad se mostró de diversas formas durante el fin de semana. El sábado a la noche, por ejemplo, dejaron de circular los colectivos locales. Nosotras, un grupo de 250 mujeres, nos quedamos a pata para volver a la escuela donde nos alojábamos: caminamos 40 cuadras.
Por supuesto, convertimos ese momento en mística y sororidad. Rápidamente nos organizamos en columna, planificamos un esquema de seguridad y llegamos a la escuela cansadas pero agitando. Pero lo cierto es que el Estado no estuvo presente en ningún momento garantizando nuestra seguridad.

El punto máximo fue conocido por todes: la represión a la movilización del Domingo nos dejó varadas de nuevo en el centro de la ciudad. Pudimos, por suerte, conseguir que los micros con los que habíamos llegado nos llevaran hasta la escuela. Mientras 10 compañeras estaban detenidas luego de la represión, nuestros micros fueron apedreados por un grupo de varones que nos esperaba en la esquina de nuestra escuela, acompañados de un patrullero que no hizo nada para evitarlo. Así, tres de nuestros cuatro micros fueron alcanzados por cascotes que rompieron un vidrio entero en cada caso, y que por suerte no golpearon directamente a ninguna compañera. Eso nos implicó retrasarnos al menos 4 horas buscando arreglos, evaluando incluso la posibilidad de pasar la noche en el micro hasta que amaneciera y pasando compañeras de un micro a otro ya que a causa de los vidrios nos quedaron asientos inhabilitados. Finalmente, viajamos 24 horas de vuelta, en algunos casos directamente con el agujero del vidrio que ya no estaba, con el peligro (y el frío) que eso conlleva y en otros teniendo que parar cada un par de horas para reforzar los parches.

Los cascotazos los sufrieron varios grupos en varios barrios diversos de Trelew, lo que da cuenta de una política o bien deliberada, o bien liberada, por parte del Estado.

La violencia de la reacción ante nuestra organización tiene que ver con que estamos peleando para derribar una de las patas más importantes del orden social, económico, político y cultural, que hace miles de años construyó su poder a costa de las mujeres, apropiándose de nuestros cuerpos con violencia y condicionando nuestras vidas.

Sin embargo, nos quedamos con las 60 mil pibas en la calle, con las mujeres de todas las edades que salían a las puertas de sus casas en los barrios de Trelew con sus pañuelos verdes y cantando “abajo el patriarcado, se va a caer”. Nos quedamos con la certeza de que la organización feminista es superadora porque busca y encuentra otras formas de relacionarnos entre nosotres cotidianamente: porque viene a transformarlo todo, vuelen las piedras que vuelen.

*Aldana Martino es estudiante de derecho, referente de Futura. Feminista y militante por los Derechos Humanos.

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