Imagen: Marcos Sierras

*Por Lorena Vera

Hablemos de feminismo y maternidad mientras esquivamos ollas, sartenes y electrodomésticos. Dejando a un lado el  estereotipo de madre ama de casa, es importante que pongamos en cuestionamiento varios ejes de discusión respecto al rol de la “madre” y lo que la sociedad espera de nosotras.

En primer lugar, el reclamo y la discusión por la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, puso en agenda el “deseo” de ser madre, que para algunes pareciera un acto de rebeldía inaceptable. En muchos discursos hasta se podría interpretar que en algunos casos tener une hije sería una forma de castigo para la persona gestante, y el nivel de cinismo ni siquiera les detiene a pensar que ese sujete se merece ser deseade y esperade con amor, ¿quiénes son les pro abortos clandestinos para vetarnos la posibilidad de que nazcamos en un contexto de amor y deseo por nuestres criadores?

En segundo término, históricamente la maternidad fue idealizada, como una etapa de plenitud de la mujer, en la que está expuesta a distintos tipos de violencia: obstétrica, institucional, laboral, y el inicio de esa construcción social que determina que su función es procrear, ser una incubadora y pasa a ser indivisible de esa nueva persona en formación. Las tapas de revistas, los programas “dedicados a la mujer” nos muestran mujeres con cuerpas ideales, sin estrías, sin ojeras, sin las tetas chorreando de leche y nos adoctrina para que no expresemos nuestras inseguridades, miedos, frustraciones y es una etapa de profunda soledad para la puérpera, en la que la incomprensión, los juicios de valor y las opiniones de cómo debería sentirse o criar a esa nueva persona están a la orden del día.

Y por último, cuando se pudo sortear el embarazo y el proceso que se inicia con el nacimiento, una se viene a encontrar con un nuevo desafío: la crianza, en la que queremos armarles de valores y herramientas para que pueda darse en un contexto de respeto y libertad, en el que su género no determine sus objetivos y sus sueños, que el color de su ropa ni los juguetes le pongan límites a su desarrollo. Donde ese rol que la sociedad le asignó antes de nacer sea una piedra que cargue toda su vida y se traduzca en su infelicidad por ser lo impuesto.

Y pareciera que no hay salida, que el patriarcado nos hunde una y otra vez cada vez que elevamos la cabeza pero tranquiles, el feminismo nos vino a salvar.

Estas reflexiones son el inicio de un camino que empecé a transitar hace poco y que día a día voy tratando de andar con las dificultades que implica cuestionar, criticar y revisar todos los supuestos patriarcales que estructuran nuestras vidas y prácticas.

Por todas las que lucharon y las que continuaran el legado: vamos a maternar porque lo deseamos, nos vamos a organizar en tribus de mamás para acompañarnos y abrazarnos sin juzgarnos, creciendo a la par de nuestres hijes. Y confiando en que ir en contra de la corriente significa une niñe feliz, con una crianza libre y respetada sin estereotipos.

*Lorena Vera es politóloga y madre feminista.

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