Imagen: Frances Cannon

*Por Romiña Aquino

Contar lo que alguna vez dolió y nos caló profundamente no es nada fácil.
Hablar de nuestras vivencias en primera persona y volver a revivir esas situaciones adversas no es algo que nos haga sentir específicamente bien.
Pero escuchando y leyendo historias de otras mujeres, compartiendo e intercambiando pareceres, comprendí lo importante que es rebelarnos ante el silencio cómplice.
Haber sufrido violencias -de cualquier tipo- también implica que nosotras carguemos con la culpa y la vergüenza. Por eso duele el doble o el triple. Es una mochila muy grande la de ser víctima. Una cadena que cuesta soltar. Por eso es más difícil rememorar esas situaciones de violencia, pero hablar en voz alta sobre ellas es un signo de fortaleza y empoderamiento.
Quizás del todo, nunca lleguemos a superarlas. Son parte de nuestro cuerpo, forman parte de nuestra colección de cicatrices. Sin embargo, sanar es un proceso complejo y necesario, y la única forma para que se de, es aceptar y decirlo.
Nadie está obligada a revelar sus intimidades, es más, decidir sacarlas afuera viene después de un hartazgo, después de un basta, después de un proceso interno de entender realmente que lo que pasó definitivamente no fue tu culpa.
En mi caso, por ser ya una feminista asumida por todos los medios y lugares, tuve vergüenza de contar que por más de un año estuve de novia con un macho progre. Con un tipo que se violentaba a sí mismo y por ende, a quienes intentaban acercarse a él. Me costó comprender las manipulaciones, los chantajes; me costó muchísimo identificar cómo me había hecho trizas el autoestima mansplaineandome todo el tiempo; me costó entender que mi deber no era sanarle, no era luchar contra sus demonios, no era curarle de sus traumas. Tardé muchísimo en darme cuenta de que yo no era su mamá y que no tenía por qué rogarle amor. Que mi vida no tenía por qué girar alrededor de él y sus prioridades. Tardé, sí, porque yo creí genuinamente en él y en el amor (romántico). Tardé, porque fue mi primera relación sexo afectiva y pensaba que esa intimidad era única y especial. Tardé, porque era vulnerable y perdí el control de mí misma.
Hoy ya no me siento menos por admitirlo, al contrario, me da mucha más fuerza para continuar. Me alegra saber que a pesar de varias vueltas, pude cerrar ese círculo y no terminó en algo peor.
Ya no me duele, ya dejé de llorar por él y porque no resultó, pero cada vez que le veo, la rabia sigue latente, porque nunca fue capaz de pedirme perdón, porque es el mismo irresponsable que anda impune por la vida lastimando a chicas a diestra y siniestra, sin ni siquiera revisarse aunque sea un chiqui.
Lo personal es político
Del dolor personal, pasé a la rabia política, y por eso hoy hablo, por eso hoy grito, por eso hoy me levanto y digo ¡violencia nunca más! Ni de él ni de nadie.
Cada vez que una de nosotras se anima a contar su experiencia, hay tres más que empiezan a preguntarse y a cuestionarse cosas.
Cada vez que una de nosotras se atreve a desafiar el silencio, hay tres más que se sienten abrazadas y contenidas.
Porque hablar y hacernos escuchar es para que el mundo sepa que no estamos solas, nosotras nos acompañamos y nos cuidamos en manada.
Hablar de lo que nos pasa es recuperar nuestra dignidad y llevarla como bandera, porque a pesar de que en tiempos inmemoriales quisieron quemarnos, sacrificarnos, reducirnos, hasta llegar a nuestra época, donde sigue matándonos sólo por ser mujeres, nosotras entendemos que en el compartir y en el hacer redes de contención, está nuestra salvación, nuestra revolución.
*Romiña es comunicadora feminista, poeta, soñadora en sus tiempos libres. Amante de la birra y la chipa guasu. Emancipa paraguaya.

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