*Por Juliana Quintana Pavlicich

“Yo pertenezco a ese sexo, el que debe callarse, al que todos acallan. Y que debe tomárselo con cortesía, una vez más, jugar a mantener un perfil bajo. A riesgo de que te borren del mapa. Los hombres saben mejor que nosotras lo que podemos decir sobre nosotras mismas. Las mujeres, si quieren sobrevivir, tienen que aprender a entender las órdenes. Que no me vengan a contar que las cosas han evolucionado tanto y que ya no es lo que era. A mí no. Lo que yo he soportado por ser mujer escritora es el doble de lo que un hombre soporta”, escribe Virgine Despentes en el libro Teoría de King Kong.

En 125 páginas de un ensayo incómodo y provocativo, pone en evidencia los lugares de comodidad moral e intelectual sobre los que se yerguen muches al opinar de temas como el trabajo sexual, la violación, la homosexualidad y la industria sexual. Pero Despentes no se detiene ahí, porque también habla de la represión del deseo femenino y muy particularmente de un deseo que no se discute demasiado: el de la escritura.

Aunque parezca una pavada, parece que tenemos que aclarar que las mujeres escribimos. Escribimos en diarios íntimos, en blogs, en medios de comunicación, en trabajos científicos y académicos, publicamos libros, tenemos nuestras propias editoriales y no todos nuestros contenidos versan sobre moda y cocina. Chocolate por la noticia.

Pero todavía en las entrevistas, las preguntas, las fotos, el enfoque de la nota tienen que ver con la multifuncionalidad de la mujer: ¿cómo se siente ser mujer y escritora de este tiempo? ¿cómo hacés con tus hijes? ¿cómo equilibrás el trabajo con la vida familiar? Somos abogadas, ingenieras, arquitectas, doctoras, pero cuando nos invitan a hablar de un tema en televisión somos las lindas, las agradables, las estudiadas por lo que nos ponemos y no las magíster y las doctoras. De hecho, estos calificativos no aplican cuando se habla de una obra de Dan Brown o Javier Castillo, por nombrar a dos autores de la narrativa actual.

El universal nunca se nombra, es lo dado, va a decir Simone de Beauvoir. La literatura femenina es, por tanto, una subcategoría de la literatura, porque la gran literatura, la literatura verdadera, la universal tiene dueño, y no es femenino. Un ejemplo del silencio es la periodista y poeta anarcofeminista argentina Salvadora Onrubia. Ella fue la directora del diario Crítica, en Argentina en los años sesenta, el diario en el que escribían nada menos que Alfonsina Storni, Roberto Arlt y Jorge Luis Borges. ¿Nos acordamos de Onrubia?

Este caso no fue excepcional. Petrona Rosende, María Gabriela Mizraje, Alfonsina Storni, Norah Lange, las hermanas Ocampo (Silvina y Victoria), Beatriz Guido, Alejandra Pizarnik, Griselda Gambaro, Susana Thénon, Liliana Heker, María Esther Vázquez,  Noemí Ulla, Hebe Uhart, Olga Orozco, Beatriz Guido, Sara Gallardo, Griselda Gambaro, María Rosa Oliver, Liliana Bodoc, Cecilia Absatz, Angélica Gorodischer, y tantas otras dejaron su huella en la tradición literaria argentina pero fueron excluidas del contrato socio-simbólico del lenguaje.

“Travestidas con seudónimo, de George Sand o Isak Dinesen a JK Rowling y Paul Preciado, parece que incluso hoy un nombre de varón pesa bastante”, escribe Maria Mariasch en ¿El futuro es feminista? A esta lista eterna se suman las infaltables Mary Ann Evans (George Eliot) y Charlotte, Emily y Anne Brontë (Currer, Ellis y Acton Bell), pero no todos los ejemplos son del siglo pasado. Las tataranietas de Shakespeare o de Sarmiento, todavía corremos el riesgo de ir a parar directo a la columna de moda, maternidad o a la colección de chick lit de los medios hegemónicos tradicionales.

Desde el corral de su espacio Feminidades, Vida femenina y Bocetos femeninos, del diario La Nación, Alfonsina Storni se preguntaba si existía un problema de la mujer. La autora firmaba sus columnas de opinión con el nombre Tao Lao, poniendo en tensión las identidades normativas. El seudónimo se trataba de un enunciador identificado como masculino y con él apuntaba a desmontar el binarismo de género existente en los artículos femeninos. Es que en los años 20, algo interesante comenzaba a suceder sobre el papel. Las mujeres comenzaban a disputarse espacios, a salirse del corset de los temas considerados femeninos.

María Moreno, en Damas de Letras, plantea que no se puede hablar de literatura femenina sin pensar en el ghetto, -que es como el círculo rojo de conversación de los temas considerados históricamentes como inherentes a la mujer-. Existe una relación de las mujeres con la escritura que podría incluir determinadas imaginerías políticas, preocupaciones éticas y rituales diferentes a los de los varones sin que eso lleve al tradicional catálogo.

Pensémoslo así, las mujeres aparecen en los medios de comunicación en cuatro posibles escenarios: el mundo del showbusiness -al que accedieron gracias a una figura masculina- que impone una norma sobre el deber ser de los cuerpos; los programas de chimentos que refuerzan la idea de peleas de “histéricas”; los noticierons que discriminan y/o promueven la exotización de las mujeres trans y los cuerpos feminizados. O bien, en Policiales como víctimas de violencia machista o femicidio.

Hace no mucho las mujeres comenzamos a ser representadas también como protagonistas de las movilizaciones feministas o como voces autorizadas en temáticas de género. Y ese es un gran avance en países como Paraguay donde todavía hablar de género(s) y sexualidad(es) implica una sanción social. Pero en países como Argentina, donde la legislación acompaña las transformaciones sociales, con denunciar los mecanismos de opresión y desarrollar teorías para las mujeres no alcanza.

Según el portal de noticias Economía Femini(s)ta, las mujeres firman, en promedio, solo el 15% de las notas de opinión en los medios argentinos. El estudio revela que Perfil es el medio con el menor porcentaje de mujeres columnistas (9%), mientras que en el otro extremo, Página/12 se posiciona como el de mayor porcentaje de publicaciones firmadas por una mujer (23%). Si a esto se le agregan los suplementos Soy y Las 12, de los viernes, la cifra trepa hasta un 40%. Sin embargo, los domingos, el día central para los diarios, el porcentaje de mujeres columnistas es bajo en todos los medios. Solo el 6% está firmada por una mujer.

En la misma línea del planteo de Mariasch, la pregunta fundamental que creo debemos hacernos es: ¿Cuándo las mujeres vamos a estar legitimadas para hablar de literatura, de política, de ciencia, filosofía o economía sin que la subjetividad esté siempre sesgada por nuestro género? Que sigan existiendo los all-man-panel, que sigamos siendo las voces que sólo están habilitadas para conversatorios sobre “literatura femenina”, o que nos releguen a las secciones “blandas” em los medios resulta, cuanto menos, anacrónico.

Creo que vale la pena exponer un debate todavía muy tibio sobre la inclusión de las mujeres y las colectividades LGBTIQ+ en la escritura y el periodismo, y la manera en que allí aparecemos representades. ¿Es conveniente que todos los medios tengan su propia sección de género? Podríamos comenzar por ejercer una práctica transversal y, como apunta Mariasch, ocupar: los medios, los partidos, los sindicatos, las organizaciones, la familia, las calles, los espacios públicos y los barrios. Las instituciones masculinizadas por excelencia.

*Juliana es Licenciada en Comunicación Social y maestranda en Periodismo de Investigación. Terminó su tesis el día en que apareció el cuerpo sin vida de Meliza Fleitas. Escribió sobre la narración de femicidios con enfoque literario en los medios digitales argentinos.

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