*Por Vane Mari

A nuestro alrededor todo es violento, la violencia nos atraviesa y existe una multiplicidad de factores que hacen que esta se exprese de múltiples maneras también. Esta expresión puede resultar exagerada en una primer y rápida lectura pero cuando se empieza a desenredar la madeja e intentamos llegar a la punta del ovillo, vemos que todo lo que nos rodea tiene algún grado de violencia. Sufrimos la violencia en carne propia, la sufre la otra, la hermana, la madre, la hija, las compañeras, las amigas, las  que concomemos y a las que no conocemos pero sabemos que todas estamos del mismo lado, cada una desde su lugar está dando batalla por y para el colectivo.  En esas batallas y discusiones algunas nos sentimos más representadas que otras y de manera explícita o implícita nos cruzan situaciones de violencia, algunas de ellas  no dejen marcas, son invisibles y son las  que muchas veces naturalizamos.

La violencia más invisible y que la tomamos como algo dado es la violencia institucional y esta es muchas veces es la madre del resto de las violencias. Podríamos entender a la violencia institucional como el maltrato físico, psicológico y simbólico por parte del Estado y sus dependencias; cuando este incumple en sus funciones, no respeta normas, protocolos ni prácticas institucionales estamos ante un estado ausente y la ausencia también es violencia. Un Estado que no interviene, que no regula, que no promueve la igualdad, es un Estado que fomenta y profundiza todo tipo de violencia en cualquier sociedad pero en una sociedad patriarcal las consecuencias son más graves para las mujeres. Cuando el Estado se retira, cuando no genera políticas públicas ni toma nota de los reclamos feministas, estamos frente a la violencia más invisibles de todas porque a simple vista no deja marcas inmediatas; claros ejemplos son la nula intervención para garantizar igualdad entre hombres y mujeres en el acceso al mercado laboral, regular la brecha salarial y romper con el techo de cristal, también se puede ver la burocracia que existe cuando alguna mujer se acerca a hacer una denuncia por violencia y lo poco instruidos que están quienes deben dar respuestas y contener en situaciones complejas como estas, el vaciamiento de la línea 144 en la provincia de Buenos Aires, el Consejo Nacional de la Mujer bajo su rango y hoy es el Instituto Nacional de la Mujer, el ínfimo porcentaje de presupuesto nacional destinado a cuestiones de género y así la lista podría continuar pero con sólo estos pocos ejemplos queda claro que lo que existe es una decisión política del achicamiento del Estado y vaciamiento de políticas públicas vinculadas a los asuntos de género.

No obstante, no podemos negar que las fallas del Estado no son nuevas, son fallas estructurales que despiertan situaciones de desigualdad en todo un pueblo, no garantizar el acceso a la educación, a la salud, a la alimentación, a la vivienda, en fin, al  no generar las condiciones dignas de vivencia de cualquier habitante termina forjando la existencia de  sectores excluidos que en contextos de crisis económica y social son los primeros en padecer la pérdida del empelo, la inflación y salarios precarizados. Pero ante este escenario de conflictos y tensiones, las mujeres son la primera variable de ajuste, profundizando lo que llamamos feminización de la pobreza.

Como consecuencia de todas estas limitaciones y por falta de políticas públicas que contengan y prevengan los índices de pobreza, existe un pequeño porcentaje de mujeres que hoy están privadas de su libertad, si bien hay pocos estudios sobre la población carcelaria femenina, sabemos que son muy pocos los penales conformados exclusivamente para  mujeres como miembros de complejos penitenciarios, las cárceles están pensadas por y para hombres. El Banco Interamericano de Desarrollo publico un artículo sobre mujeres en contexto de encierro y allí explican que el perfil de las mujeres reclusas  se corresponde a delitos menos violentos que los hombres, tienen menor trayectoria delictiva y actúan en compañía de algún hombre y por lo general sus detenciones se deben al tráfico de estupefacientes. Las mujeres que hoy están detenidas son mujeres que han tenido una infancia difícil, carente de afectos y oportunidades, en contextos sociales y económicos desfavorables y vulnerables; provienen de familias con antecedentes penales y/o vinculados a las drogas pero sobre de todas estas cuestiones, las más terrible es que las mujeres en prisión son más propensas a haber sido abusadas sexualmente durante su infancia o adultez.

Según este informe, la mayoría de las mujeres privadas de su libertad son madres y en promedio tienen tres hijos pero además son familias monoparentales, es decir son jefas de hogar y sobre ellas cae la responsabilidad absoluta de sostener la familia. En este sentido, los delitos cometidos por estas mujeres están plenamente relacionados con la pobreza familiar y la necesidad de garantizar el bienestar de sus hijos; la maternidad en solitario es un factor influyente en estos sectores de exclusión y las conduce a cometer delitos. Ante situaciones como estas, no faltan comentarios como “¡Que trabaje si quiere darle de comer a los hijos!” pero sucede que por esa inequidad en el acceso al mercado laboral, por la precarización de empleo y la feminización de la pobreza, las mujeres que llegan a un penal están, algunas desempleadas y otras con trabajos precarios o changas y respecto a los niveles educativos, si bien tienen mayor formación que los hombres, apenas alcanzan los estudios primarios. Asimismo se puede agregar que previo al encarcelamiento han atravesados múltiples formas de exclusión social y en consecuencia de violencia, estas situaciones llegan al extremo cuando el Estado se ausenta y no atiende en el momento justo situaciones de vulnerabilidad en ningún sector pero principalmente en las mujeres, que como se dijo más arriba, son las primeras variables de ajuste en épocas de crisis, por eso está claro que el Estado debe intervenir para prevenir pero como llega tarde, al menos que se generen políticas de reinserción social con un enfoque laboral, de esa manera las mujeres además de cubrir sus necesidades y las de sus hijos, se empoderan y fortalecen su independencia.

Es notable la ausencia del Estado y sus consecuencias en la población femenina pero como si la violencia institucional que atraviesa a las mujeres fuera de una cárcel no alcanzara, dentro se duplica y más aún si tenemos en cuenta el machismo con el que se maneja el servicio penitenciario, un ejemplo bien gráfico es la carencia de servicios especializados en atención ginecológica y posparto. Por eso las mujeres desde adentro también denuncian y dicen “nosotras” porque saben que si no se unen, que si no hablan son solamente presas, en cambio, si unifican discursos y palabras puede abrirse un después con elecciones distintas, dice Julia Arens en su libro “Traidoras”.

Las mujeres privadas de su libertad sueñan, tienen expectativas, se imaginan en sus casas, con sus hijos y lo único que piden es la oportunidad de volver a empezar pero también, desde atrás de las rejas reflexionan: “Y así como estamos presas nosotras, están presas nuestras familias, las que nos siguen. Sobre todo las madres, que son las más fieles. Ellas están presas del otro lado, y aunque también tengan hambre, hacen todo y se desviven por nosotras. En las cárceles de varones hay una re cola de mujeres, ¿y en la cárcel de mujeres? ¡Fila de mujeres!, dicen las pibas en el taller de Atrapamuros.

 

*Vane  es licenciada en Comunicación Social, egresada de la Universidad Nacional de Quilmes en el año 2008. Tiene 35 años, vive en Quilmes, es casada, es madre de Josefina. Trabajó en políticas públicas, comparte saberes y experiencias pero sobre todo aprende de nuestro hermoso territorio y sus habitantes.

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