Por Pam Mendez*

La final de la Copa Libertadores acaparó la agenda mediática argentina. Desde hace casi un mes, los programas deportivos y los no-deportivos, están ocupando gran parte de su grilla con distintas coberturas y elucubraciones sobre el Superclásico. Lo demás puede esperar, parece ¿Qué importa si los legisladores votaron la eliminación de 29 Institutos de Formación Docente en la Ciudad de Buenos Aires? ¿A quién le interesa lo que pasó con los femicidas de Lucía Pérez? Con el bochorno de la definición que no fue, la “Superfinal” cobró un protagonismo mayor –aunque parecía imposible redoblar esa atención- ahora una catarata de notas sobre qué pasará con el partido, opinólogos hablando sobre los “inadaptados de siempre”, teorías sobre el fútbol como reflejo de la sociedad, etc… inundan desde los magazines mañaneros hasta el noticiero de la medianoche. Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con la temática de esta revista? Desde que encontramos al feminismo ya nada se ve igual, entonces vamos a ponerle perspectiva de género a la violencia en el fútbol.

El patriarcado, esa gran arquitectura en la cual se apoya la sociedad, nos envuelve en sus normativas para que nuestras prácticas obren como engranajes de esta construcción milenaria. Su poder se sostiene sobre nuestros cuerpos, que además de categorizarnos nos mata, viola, acosa y violenta en muchos aspectos más allá del físico. Pero, sería ingenuo pensar que el patriarcado nos violenta sólo a nosotras  PORQUE EL PATRIARCADO FORMA PERSONAS VIOLENTAS, quienes no necesariamente plasman esa violencia atentando contra la vida de una mujer.

El fútbol, cosa de machos

El deporte que más atrae en Argentina, el popular, el masivo y el que más plata mueve es un reducto donde el machismo descansa tranquilo aún. Pese a la inclusión de mujeres en algunos clubes, comisiones directivas y hasta en una presidencia[i], el fútbol masculino sigue reproduciendo lógicas misóginas, homofóbicas, VIOLENTAS. El fútbol, en forma de cantos y “pasión” vehiculiza el discurso patriarcal de la hombría, el más macho es el que más huevos tiene, el “coraje” aparece en forma de “correr” al rival, y nunca falta la acusación de “puto”, “culo roto”, “te vamos a coger” (porque claro, el que gana se coge al otro, sin consentimiento).

La violencia se romantiza en forma de pasión por el equipo, se camufla hasta en quienes avanzamos hacia la deconstrucción a diario, se apodera de nuestros cuerpos en forma de multitud verborrágica y, por momentos, nos transforma en lo que odiamos.  Si esa violencia se hace carne aún en quienes venimos batallando a diario con el enorme monstruo patriarcal, ¿cuánto más se puede interiorizar en aquelles que hacen de la violencia un modo de vida? Tirarle piedrazos al rival no es un bochorno para algunes, sino un culto a esa pasión violenta. La cultura del fútbol como cosa de machos nos enseña a apartarnos de la otredad, a repeler al diferente, a cogerlo, violarlo, correrlo, destruirlo para demostrar “quien tiene más huevos”.

Lo ocurrido el sábado pasado no es más que la materialización de esta enseñanza patriarcal.

Por eso, cuando decimos que derribar al patriarcado es construir una sociedad que camine hacia la paz, no sólo lo decimos pensando en lo importante –y urgente- que es dejar de morir por ser mujeres, dejar de lamentar violaciones y acosos, también pensamos que derribar al patriarcado es extirpar el culto a la violencia como eje clave de “la hombría”. La violencia en el fútbol, un tema tratado hasta el hartazgo en estos últimos días, podría menguar si construimos una sociedad que no se sustente sobre la violencia y el odio al otre. Un fútbol en paz, es posible en una sociedad anti patriarcal, donde todes podamos coexistir sin romantizar la violencia en forma de pasión.

 

[i] Club Atlético Banfield tiene una presidenta mujer, Lucía Barbuto asumió en octubre de este año el cargo.

 

*Pam es estudiante de Licencitaura en Comunicación e integrante del equipo emancipa argentina.

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