Por Agus Villa*

Si hace cinco años nos decían que las actividades políticas nos encontrarían hablando de resistencia al fascismo, nos hubiéramos reído. Lo que parecía un problema ajeno del viejo continente, se instaló en Latinoamérica con su correlato al Norte. La derecha neoliberal y fascistoide se rejunta y se revuelca para encauzar un nuevo sentido que confronta directamente con los valores que se intentaron establecer en la época latinoamericanista; entre ellos, la revalorización de la política como herramienta de transformación social.

Cuando se empezaron a esfumar los pesos que los gobiernos populares pusieron en las manos de los ciudadanos, comenzó un período que evidenció que la batalla cultural por resignificar la política no había sido ni tan profunda, ni tan amplia como se pensaba. Este deterioro en la opinión pública encuentra su punto más alto en los asuntos que ligan directamente la política con la corrupción, orquestados por el establishment y los medios masivos de comunicación. Los movimientos de derecha, neoliberales, antipopulistas, neofascistas, se abroquelan para explotar el descontento social que instalan desde las pantallas y resurgir como alternativa factible de cambio y eficiencia. Lo hacen a través de una supuesta despolitización, un abandono de las formas de la política tradicional; la crítica misma a la política. Una jugada que encuentra su clímax en la judicialización de la política, planteando una confrontación entre Justicia (objetiva) y Política (subjetiva). Este permiso de juzgar a la política a través de una fuerza más grande y -supuestamente- neutral, vincula la idea de lo político con el uso personal, por tanto, corrompible y corrupto. El descontento con la política tradicional -o con los políticos tradicionales- asume posiciones cada vez más antisistémicas: Trump, Bolsonaro, Macron o el resurgimiento de partidos de extrema derecha europeos. El repentino vuelco del electorado en apoyo a los tipos carismáticos que son reales y no políticamente correctos e inmersos en las estructuras pre-establecidas de la política tradicional, que se salen de sus condicionamientos políticos para expresar cómo-realmente-son-las-cosas, parecen generar más confianza en que cumplirán lo prometido que quien miente cada cuatro años para seguir usando al Estado como caja chica.

La respuesta inmediata al avance neofascista en América Latina se hace eco en todas las unidades básicas: unidad. Un frente amplio electoral, donde resguardar a quienes no comulgan con la derecha y que convoca a un pueblo movilizado, que se organiza ante la avanzada sobre sus derechos sociales, conquistas laborales y posibilidades económicas. Ambas implican revalorizar la política como garante de un proyecto viable que mejore la vida de todos, que genere confianza y movilice a las masas.

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El feminismo se consumó como actor político internacional. Se manifestó contra los principales expositores del cambio de época: le hizo el primer paro a Mauricio Macri; salió masivamente a manifestarse contra Donald Trump, Michel Temer y Jair Bolsonaro; organizó dos paros internacionales y comenzó la lucha por distintos derechos en plena época de retaguardia del Estado. Con la posibilidad de una participación política no uniformada, no jerárquica con figuras intocables, asamblearia, colectiva, desprejuiciada, ocupando espacios no tradicionales, el feminismo se masificó y siguió ampliando su convocatoria. Se consagró como un movimiento de la sociedad y no de las organizaciones sociales.

 Parece tener algo que aportarle a las formas de organización tradicionales. Además, su representación es tan amplia como las pretenciones de unidad: anti-individualista y anti-meritocrático, multiétnico, rural e indígena, policlasista, internacionalista y migrante. Rebalsa y excede la crisis del sistema político-partidario tradicional. Y es que el feminismo tiene además un valor irreversible para la época, no sólo por sus modos y sino también en su fundamento movimentista; lleva intrínseca en su raíz la reivindicación de la política.

El feminismo conlleva el mensaje antisistémico inconformista; no como romanticismo idealista, sino como posicionamiento político crítico. Su éxito se encuentra apuntado a desandar los patrones y las imposiciones de un sistema opresor. Su discusión es sistemática, expone que las individualidades no son sino resultado de problemáticas colectivas que se derivan del sistema patriarcal y heteronormativo. Pudo empezar a explicar y dar a entender que si el varón pega, no es porque la mujer lo provoca, sino porque hay una desigualdad de poder sistémica y una jerarquización de los géneros que acepta la opresión y la violencia de uno sobre el otro. Ademas, encuentra en la política una arena de lucha por la ampliación de derechos y oportunidades, una forma inmediata de mejorar las condiciones de vida. La pelea es por transformar la vida cotidiana y la sociedad en general, garantizar más igualdad, libertad y aceptación por la disidencia. Para ello, la herramienta hoy es el Estado. Es una disputa que se va ganando mediante conquistas políticas democráticas, que se vale del régimen en pos de generar uno mejor. El feminismo permite ampliar la perspectiva de lo político; “lo personal, es político”; lo que ocurre en las casas y en las camas está al mismo nivel de lo que pasa en las calles. Y por ello es practicable por todes, todes podemos ser parte de lo político. Como dijo Silvia Federici en su paso por Argentina: en la construcción de otro poder, redefinimos la política y politizamos cada experiencia.

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Las nuevas formas de la derecha obligan a reinventar las formas de la resistencia pero también a generar nuevas formas de construcción de sentido y participación. El feminismo tiene válidos aportes a la construcción de una unidad antifascista, multitudinaria, popular, sin restricciones y que sabe congregarse en la calle y revalorizarse. La lucha por la implementación de la ESI y por la legalización del aborto se transforma en la lucha por los gobiernos que acompañen e impulsen esas transformaciones; como lo fue con la transversalidad en momentos de necesidad. Una alianza que se pretenda electoral y representativa, no puede dejarlo afuera ni incluirlo callado y pasivo; debe tener un espacio central en la construcción colectiva de la resistencia y también de una nueva oleada latinoamericanista, con los valores que defiende. Un espacio donde pueda articular con las organizaciones sociales, de forma que éstas abandonen el sectarismo, los modos vanguardistas y evangelizadores. Que puedan incorporar la perspectiva de género, como una visión crítica que permite una mutación constante, ampliando sus márgenes hasta para llegar a la masificación que hoy estamos viviendo. Y que pueda articular con el movimiento obrero, que levante la bandera de lucha de las trabajadoras y sea vocero de la feminización de la pobreza; el disciplinamiento económico del neoliberalismo también tiene género. Que los sindicatos cumplan el cupo femenino e impulsen a las compañeras a tomar lugares de poder y decisión, no sólo las comisiones de género. Que una mujer ponga fecha al paro de la CGT.

Nos necesitamos entre todes, sin prejuicios, silenciamientos o imposiciones. Así como el feminismo se transformó, no es el mismo que hace diez años, ni el mismo que hace cinco y se amplió de sus límites tradicionales, repliquemos esa capacidad de masificar y popularizar otras reivindicaciones de la justicia social. Nuestro horizonte es el mismo: una sociedad igualitaria y libre, sin opresiones, para todes.

 

*Agus es Militante de Politólogas Feministas en Red

 

 

 

 

 

 

 

 

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