Por Vane Mari*

Qué es el amor y para qué sirve son preguntas que parecen no tener respuestas y menos aún en los tiempos que corren, sin embargo, en el “Día de los enamorados” todos creen tener las definiciones acertadas porque los 14 de febrero ya son parte de la cultura de los pueblos, que como buenos cristianos,-porque ahí tiene su origen San Valentín- celebran el amor, lo romántico.  Se celebra la visión perfecta del amor: el eterno,  el “para toda la vida”, ese amor que todo lo puede y todo lo justifica.

Desde siempre  el amor romántico está profundamente naturalizado y por supuesto, estereotipado y con roles asignados, cuando Cupido nos pega un “flechazo” no sólo lo hace de manera individual, sino que construye identidades en sociedades patriarcales donde la maternidad, el techo de cristal  y la división sexual del trabajo están sumamente internalizados y por lo tanto, son parte del mandato social.  Ese amor ideal,  esa sensibilidad que muchas veces nos impone la sociedad, es la que nos lleva, casi obligadamente,  a estar en pareja, a proyectar en el otro, a tener que satisfacer todas las expectativas del orden social;  como explica Liliana Hendel en su libro “Violencias de género, las mentiras del patriarcado”, el amor total es aquel con el que la mujer sueña, o mejor dicho, el amor con el que se nos enseñan a soñar.

Por suerte socialmente hemos avanzado mucho y entendemos que el amor no se reduce a una pareja o un hijo, también amamos la libertad de elegir quienes somos y qué queremos ser, amamos la igualdad, los desafíos, amamos estudiar, graduarnos y si podemos trabajar de nuestra profesión, mucho mejor! No es una cosa u otra, en la palabra amor caben muchos amores y cada uno le da el orden de prioridad que quiere y no puede haber mandato social que nos diga cuál debe ir primero. El amor cambió, nosotras cambiamos y fuimos rompiendo con esos mandatos sociales con los que se pretende estructurar nuestras vidas, fuimos soltando responsabilidades que, en nombre del amor, delegaban en nosotras.

No se puede negar que hay amores para toda la vida, o que hay amores que se terminan rápidamente, cada experiencia respecto del amor es única e irrepetible y cada uno celebra el amor que quiere, como quiere.  El amor claramente existe pero no por eso hay que sobrevaluarlo y comercializarlo, porque los 14 de febrero (como muchas otras fechas)  se han convertido en eso, días comerciales. Los medios de comunicación nos invaden con el “mes del amor” como si el resto de los meses ese amor no existiera, entonces llueven descuentos en cenas románticas, las flores abundan, los bombones y  otros regalos ponen nuevamente a la mujer en el lugar más sensible y emocional, eso que hay que cuidar para que no se rompa.

Sin embargo, la palabra amor pareciera estar bastante desvirtuada ya que en nombre del amor, nos rompen, se obsesionan, celan, maltratan, lastiman y  tristemente, matan.  Por lo tanto, no tiene sentido consumir una fecha amorosa solamente por no quedar fuera de la moda y las promociones; y no es que se reniegue del amor, al contario, sin amor  nada se puede construir, nada se puede transformar, en nada podríamos creer, de lo que muchas veces renegamos es del uso comercial que se le da a la palabra amor,  porque sólo conciben el amor que va de dos en dos y por fuera queda el amor propio.

El 14 de febrero debe celebrarse el amor a la libertad, el amor a decidir y a elegir. El resto es puro publicidad.

*Vane es  Licenciada en Comunicación Social Universidad Nacional de Quilmes, Argentina.
Foto: Amanda Huerta Moran

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