Por Ludmila Scheinkman*

 

Me gusta mi casa cuando no estás. Me gusta estar sola. Me gusta mi paz, mi compañía, mi silencio. Aun cuando tus rastros salpican la casa -un vaso sucio en la mesa, una remera apilada en la silla, los pelos sobrantes de tu barba afeitada en la unión de la canilla y la bacha, las zapatillas tiradas con los cordones para afuera y las medias sucias asomando-, nada de eso me molesta porque vos no estás y yo soy en paz. Entonces, si me levanté inspirada, llevo el vaso a la cocina, tiro la remera en tu pila de ropa, paso un trapito para sacar tus pelos y corro tus zapatillas de mi vista. La casa es mía, por unas horas soy la dueña de mi tiempo, nada ni nadie me molesta, y me hago unos mates. Prendo la compu, me acomodo para trabajar, pero sé que por un par de horas no voy a poder hilar una idea. Porque aún es de mañana, y a mi sentir las mañanas no sirven para mucho más que para leer las noticias, hacer las paces con que hoy es otro día y la mañana me encuentra sola conmigo misma, para desayunar algo rico y ver deslizar el tiempo.

Después si, almorzar, agarrar un texto, pensar en que me encantaría intercambiar ideas con mis colegas y amigues, agarrar el texto, desviarme en una nota al pie, googlear, encontrar otro texto, emocionarme o sentir hastío ante la tarea de su lectura, penar porque el artículo no avanza, hacerme cargo de que un poco tengo ganas de hacer otra cosa -me levanto a regar las plantas-, pero otro poco me encanta esto que hago y lo que voy descubriendo y pensando, la libertad de dejarme llevar por la curiosidad, de agarrar la punta del ovillo de una idea y tirar hasta donde me lleve, encontrar siempre nuevas aristas para pensar el mundo y encontrarlo inabarcable a la vez. Me distraigo, miro la compu, boludeo, pero vuelvo a la idea latente. Sí, soy feliz sola. Disfruto de mi soledad y mi espacio.

Pero poco a poco el tedio y la soledad me envuelven. El sol empieza a bajar. Quiero compartir con vos la forma en que la luz se filtra por la ventana y cae sobre el cuerpo rechoncho del gato que bosteza en el sillón ajeno a todo. Sé que vas a volver a casa, cansado, 50/50 malhumorado, seguramente transpirado. Te vas a servir un vaso de  coca o de soda y seguramente quede dando vueltas hasta mañana. Posiblemente al rato laves los platos y hagas comentarios alusivos al hecho de que no los lavé yo. Si a las 4 de la tarde te extrañé, a las 5 me embalé con el texto y deseé que volvieras más tarde, luego me dan ganas de hablar con vos pero ya a eso de las 7 me empiezo a cansar de tu presencia. Al rato vamos a abrir una cerveza, empezar a preparar la cena, apasionarnos en un debate político -las últimas noticias de Venezuela, la función del arte en el capitalismo, una nota sobre poliamor que no nos gustó porque mucho poliamor pero nunca nos enamoramos de nadie, una ex compañera de militancia denunciando a otro también ex compañero de militancia, el último travesticidio y por qué a la gente le chupa un huevo, por qué también el pueblo mapuche les chupa un huevo, por qué la Patria Grande parece molestarle tanto a los vecinos y vecinas de mi nuevo barrio que meta bardear en Facebook que los bolivianos esto y lo otro, y la indignación que me sube, y que en 5 minutos está la cena. En algún momento te bañaste y seguramente pusiste música que a mí no me gusta. Finalmente vamos a comer mirando una serie. Y si nos atrapa vas a poner pausa cada 10 minutos para explicarme un diálogo que entendí solita y contarme por qué te gustó o está bueno o no lo está porque reproduce tales o cuales sentidos comunes. Después de comer vamos a pelearnos por no sacar al perro. Si estamos de buenas lo vamos a sacar juntes, pero si no lo va a sacar quién logre argumentar peor sus aportes a la comunidad doméstica.

Si fue un buen día no peleamos y entonces nos acostamos a dormir en paz. Pero si peleamos seguramente me acueste pensando por qué volví a hacerme esto a mí misma. Esto de volver a vivir y convivir con vos.

Seguramente esta noche tampoco tengamos sexo porque el sexo es lo que no ocurre la mayoría de las noches. Posiblemente si estoy de buenas yo lo desee, tal vez mire en mi teléfono si el chico o la chica que me gusta de momento me escribió pero seguramente no, y entonces apele a alguna de las imágenes de mi recursero mental para hacerme una paja. Y entonces posiblemente desee que no estés acá porque tu presencia me estorba un poco para tocarme. Aunque a decir verdad las dos últimas pajas me las hice en la bañadera y en una me escuchaste acabar a través de la pared de ladrillo hueco del otro baño porque justo estabas ahí.

Yo no sé si las personas estamos hechas para vivir solas o juntas. Ojalá lo supiera pero de verdad no lo sé. Si sé que el equilibrio entre compañía y soledad es delicado, tambaleante, como un gato en un andamio, o más bien en un subibaja. Pero los gatos suelen caer parados y yo no sé cómo voy a caer si me caigo o si voy a mantenerme en equilibrio. Pero a veces pienso que es mucho trabajo congeniar con otras personas o con vos que sos en realidad la única persona con la que conviví aparte de mi familia. Y que es más fácil estar sola y lidiar con los fantasmas que a veces me acechan desde abajo del sillón o desde atrás de la puerta del baño. Y si la soledad se me hace espesa entonces te llamo y si no estás me la banco o me pongo a limpiar el baño a las 11 de la noche o a lijar un mueble o a ordenar un cajón o a mirar una serie o un documental. Y tal vez nos veamos unas 3 o 4 veces por semana y ahí si hay más chances de que tengamos sexo pero vuelta y vuelta que a vos te aburre pero a mí me funciona porque lo otro es mucho trabajo y yo sólo quiero un orgasmo y ponerle onda es mucho trabajo que con vos no necesito. Pero ahora nunca me siento sola porque vivo con vos y estar sola es lo más parecido a un alivio, a un helado o el aire acondicionado en verano.

Y yo no sé si esto es vivir o morir despacito, porque es lo más cerca que estoy o he estado de tener una rutina y llevamos menos de medio año de esta convivencia volumen 2. Pero también pienso por momentos cuando tomo un poco de distancia de tus medias sucias o de tu mal humor porque nunca saco la basura y los reciclables se apilan, también pienso, digo, que esto es lo más parecido que conozco a la felicidad. Y no a la felicidad de irme de viaje y ver un paisaje nuevo o a la felicidad de armar la pelopincho o a la felicidad de recibir una buena noticia de trabajo como por ejemplo una beca. Sino a esa felicidad más intangible, más cotidiana, esa de todos los días. Esa que sé que es efímera porque en algún momento la vida y las cosas se complican. Y entonces voy a mirar atrás y recordar estos días como días felices. Esta noche duermo sola porque tenés una cita con alguien y un poco te voy a extrañar pero otro poco lo voy a disfrutar porque me gusta cuando estás pero también me gusta cuando te vas y no me decido de qué manera me gusta más. Y voy a pensar que espero que no se vaya todo al carajo porque me gusta mi casa y un poco soy feliz y porque es mucho trabajo físico y mental y sobre todo emocional que todo se vaya al carajo. Pero también porque me gusta cuando estás y sobre todo me gusta que cuando me canso de que estés te vayas, y me gusta que te vayas porque sé que vas a volver.

 

[*] El título es un fragmento de la letra de la canción “Revolución turra”, de Andrés Calamaro, que venía al caso.

 

*Ludmila es del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires

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