*Por Noelia Díaz Esquivel

“Y después de la gran hecatombe, ¿a quién se le debe el Paraguay de la reconstrucción? A la mujer y nada más que a la mujer” dijo Carmen de Lara Castro cuando defendía su posición sobre considerar a la mujer paraguaya como “reconstructora” y no como “residenta”. En ese momento histórico Paraguay estaba bajo el régimen dictatorial y entre 1964 y 1970 se encontraba en plena tarea de exaltación nacionalista de la Guerra del 70. No era para menos, pues se cumplían 100 años del devastador conflicto bélico, y el propio dictador se presentaba como el “segundo reconstructor” de la nueva república.

Fue la historiadora Beatriz Rodríguez Alcalá quien publicó un artículo en La Tribuna el 1 de marzo de 1970, en el que analizaba la figura de la mujer en la Guerra contra la Triple Alianza y manifestaba el deseo de la visibilidad femenina, ya que todas las “presencias” de la guerra se centraban en sus grandes héroes masculinos. La figura femenina defendida por la historiadora fue la de la reconstructora, aquella mujer que había contribuido con esfuerzo al Paraguay de la posguerra.

La Asociación de Graduadas, una organización compuesta por mujeres coloradas, confrontó la visión de reconstrucción del país por parte de las mujeres, presentando a la Residenta como ejemplo femenino paradigmático de aquello que se entendía eran las heroínas del 70. Estas mujeres coloradas defendían la imagen de la “residenta” como aquella mujer que siguió abnegada e incondicionalmente a Francisco Solano López hasta el final en Cerro Corá. Claramente se percibía en el argumento la imagen femenina aceptable y funcional al régimen. Ambas posturas se enfrentaron utilizaron para ello prensa, adhesiones personales, institucionales e hicieron “lobby” en el Congreso.

No tardó el Estado en ofrecer respuesta, en julio de 1970: la única llamada reconstructora era la mujer sobreviviente, incondicional, que había acompañado al ejército de López hasta el último momento.

Ínterin se gestionaba la restitución, por parte de Brasil,  del Álbum de Oro que las mujeres entregaron al Mariscal, en 1974 el Instituto Femenino de Investigaciones Históricas promovió activamente el establecimiento del Día de la Mujer Paraguaya para 1975. La fecha propuesta: 24 de febrero, el día que comenzó la Asamblea del Bello Sexo Nacional. La iniciativa fue planteada en el Congreso Nacional por la diputada Carmen de Lara Castro, y aprobada en diciembre del mismo año.

La paraguaya de hoy

Luego de este relato histórico al cual accedimos gracias a los aporte de la historiadora Ana Barreto, estoy cada vez más convencida que las mujeres somos, fuimos y seremos reconstructoras, creadoras y fundadoras del Paraguay de ayer y de hoy. La paraguaya actual es protagonista de luchas por demostrar su capacidad para liderar en distintas áreas y en ámbitos antes ocupados solo por hombres y aunque hubo avances significativos, la equidad aún es una utopía por la discriminación y altos índices de violencia.

Las mujeres trabajadoras paraguayas se han destacado en el ámbito del arte y el espectáculo, así como también en el campo científico, en el liderazgo de empresas en variadas áreas, en el campo sosteniendo la agricultura familiar campesina, ni que decir las indígenas que son las preservadoras de su cultura. Pero lastimosamente, no todo es positivo. Feminicidios con singular saña, agresiones bestiales, altas tasas de abuso sexual infantil, reiteradas denuncias de acoso y de discriminación ponen su nota negativa a la evolución de la mujer paraguaya.

La ONU Mujer identifica cuatro áreas temáticas priorizadas de acuerdo con las necesidades identificadas en el país, y consideradas estratégicas para lograr el progreso y la igualdad de las mujeres y que son las siguientes:

–Liderazgo y participación política de las mujeres. En nuestro país, el voto femenino se aprobó recién en 1961.

–Empoderamiento económico de las mujeres. La brecha salarial entre hombres y mujeres persiste, aún cuando ejercen las mismas funciones.

–Eliminación de la violencia contra las mujeres. Los índices son alarmantes.

–Promoción de marcos normativos internacionales y de compromisos políticos intergubernamentales en materia de igualdad de género y empoderamiento de las mujeres. La Ley de Equidad “duerme” en el Congreso.

En términos de salud, las mujeres paraguayas se enfrentan a la mayor tasa de mortalidad materna en Latinoamérica, de 101 por cada 100 mil niños nacidos vivos. Las muertes maternas afectan más duramente a las gestantes jóvenes. En los últimos años la participación de las muertes maternas del grupo de adolescentes entre 15 y 19 años en el total de muertes maternas del país se duplicó y la de las mujeres entre 20 y 24 años creció en un 30%.

La discriminación en términos de salario y participación podrían tener origen en la desigualdad en la educación. La problemática del analfabetismo registra mayor incidencia en mujeres que en hombres en el país. La falta de educación limitan las oportunidades de acceso de las mujeres a mejores condiciones de salud, de empleo y de participación social y política.

La violencia familiar es otro gran desafío al que se enfrentan las mujeres. Si bien se han logrado progresos importantes en el abordaje de la violencia machista, los datos disponibles indican una alta incidencia y su fuerte arraigo en prácticas y representaciones de la cultura tradicional, que contribuyen con su legitimación y percepción como parte de las relaciones sociales de género.

Para reducir la discriminación contra las mujeres, se deben tomar acciones en varios niveles. En lo normativo, el Estado debe implementar políticas públicas adecuadas para poder incidir en la problemática.

Las paraguayas dejamos de lado adjetivos como “abnegadas y gloriosas” exigimos ser reconocidas como fuertes mujeres que hacemos nuestro día a día y estamos seguras que juntas y organizadas seguiremos luchando por las transformaciones que sean necesarias para lograr la igualdad entre todos y todas.

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