Imagen: Mila Amarilla Marichal

*Por Kuñambaje

Al conocer el feminismo muchas mujeres entramos en una especie de éxtasis o como lo expresa tan bien Male Pichot, la merca feminista, extasiadas, emocionadas y enérgicas ante éste nuevo descubrimiento… tal vez por eso olvidamos que todas y todos somos fruto de la misma cultura patriarcal, la misma que nos oprime, anula y hace odiarnos visceralmente entre mujeres.
Nos emocionamos leyendo artículos y libros, aprendemos a pronunciar perfectamente el apellido de la gran Simone, de Judith, de Silvia, repetimos como mantra sus frases. Pero ¿qué tanto de coherencia existe entre nuestras prácticas y nuestras frases?
A las mujeres se nos ha enseñado y aleccionado con la sumisión. No tenemos derecho a confrontar. No debemos expresar nuestros deseos. No tenemos derecho a enojarnos. Mucho menos a decir lo que nos molesta.
Pero sí sentimos enojo, sí sentimos rabia, sí nos enojamos.

Estamos tan aleccionadas con el mandato de ser siempre complacientes y amables que se nos atraganta el deseo de enojarnos y gritar y se nos salen por los poros en acciones sutiles pero que no dejan de ser violentas. Repetimos prácticas hetero-patriarcales machistas entre las mismas mujeres mientras marchamos y gritamos el patriarcado se va caer. Deslegitimando a la compañera por cuestionar prácticas a otras reconocidas como referentes, excluyéndolas sin confrontarlas, repitiendo sin cansancio frases de teoría antipunitivista para deslegitimar las denuncias de violencia machista de las víctimas porque el agresor es amigo o «aliado», midiendo cuán feminista es la de a lado y señalando con autoritarismo cuál fue su último error, midiendo que tanto hace por la causa…
Creo que la maldad y la envidia son conceptos que nos insertaron en los cuentos infantiles, no existe tal concepción mágica, la violencia entre mujeres sí existe, es real y duele hasta enfermar y aislar a las que no son capaces de responder un golpe bajo con otro, sí esa violencia silenciosa, esa mirada de desprecio y excluyente, eso también es violencia «compañera».
Si no nos revisamos profundamente y aprendemos a identificar cuánta misoginia nos habita no se va caer el patriarcado de ninguna manera, sólo lo vamos a seguir sosteniendo.
La misoginia del macho enoja y da rabia.
La misoginia de la compañera duele y enferma.

Kuñambaje es una psicóloga feminista.

Deja un comentario