Ilustración: Lola Vendetta

 

Por Daniela Poblete Ibañez*

En estos últimos años, afortunadamente, hemos escuchado y leído mucho sobre acoso callejero. Digo afortunadamente, pues es importante poner en discurso violencias tan naturalizadas como el acoso que- hay que decirlo- no sólo ocurre en las calles sino también en los ámbitos académicos, de trabajo, de militancia social y política y en todo ámbito de la esfera pública donde las mujeres desarrollen su vida.

Entre el lunes 8 y el domingo 14 de abril se desarrolla la “Semana Internacional de Lucha Contra el Acoso Callejero” en diversos países del mundo, convirtiéndose en un buen momento para profundizar un poco más sobre el tema y para reflexionar sobre cómo desandar una estructura cultural hetrero y patriarcal que es sostén ideológico y político de un sistema de explotación: el capitalismo.

¿Que tendrá que ver el capitalismo con el acoso callejero?

Es la misma pregunta que me hice hace un par de meses y leyendo e investigando he llegado a algunas reflexiones que comparto con ustedes.

Con el surgimiento de capitalismo nacieron una serie de discursos para justificar este nuevo sistema de opresión en donde el trabajo productivo se convirtió en la única actividad productora de riquezas y, por lo tanto, en el único trabajo valorado y puesto jerárquicamente por encima de cualquier otro. Por otro lado, el trabajo reproductivo asignado a las mujeres, deja de reconocerse como un trabajo y al no ser pensada como una actividad creativa, se entienda como una actividad natural de quienes no poseen la capacidad de crear, pensar, ni sobrevivir por sí solas. Nace así la división sexual del trabajo y la división de roles protagonizado por varones en la esfera pública y por mujeres en la esfera privada.

Es importante remarcar lo anterior, porque junto con esta tajante división se constituyen una serie de estereotipos asignados a los roles de género que ocupan una u otra esfera. Es así como se naturalizó que las mujeres somos: sensibles, inestables, intuitivas, irracionales, débiles, dependientes, temerosas, poco concretas, etc. versus los estereotipos masculinos que son: racionales, eficaces, agresivos, racionales, con capacidad de mando, independientes, fuertes, concretos, objetivos. De esta forma las mujeres nos convertimos en objeto de tutela de quienes sí poseen aquello que realmente importa y, al contrario, para ellos protegernos es un tarea asignada al rol masculino que no busca involucrarse con las aptitudes consideradas naturales de las mujeres pues fueron consideradas irrelevantes.

Así nació la idea de la mujer ama de casa. Pero esta no era cualquier mujer tampoco. La idea burguesa de la buena mujer además está representada en la imagen de una mujer blanca, de buena posición económica, que se dedica exclusivamente a las tareas del hogar y el cuidado de niñes, que viste recatadamente con colores pasteles y poco maquillaje y que es sostenida económicamente en su totalidad por un marido que todos los días cruza el umbral de la puerta hogareña para realizar el trabajo verdaderamente importante.

Pero no es cierto que la totalidad de las mujeres no trabajaran para recibir un salario. En la gran migración del campo a las ciudades no se nos cuenta que en ese proceso migratorio también existieron mujeres que no estaban acompañadas de varones que les permitieran sobrevivir en ciudades azotadas por pestes y hambrunas ¿Qué sucedió con las mujeres viudas? ¿Qué sucedió con las hijas solteras de esas mujeres viudas?, por ejemplo.

Las mujeres encontraron en las ciudades la maximización de la pobreza y encontraron como medio de subsistencia trabajos que fueron perseguidos y criminalizados como mecanismos disciplinantes de una clase sobre otra. La venta de productos que podían competirle a un mercader y la prostitución, símbolo de lo contrario a lo que una buena mujer tiene que ser, fueron algunos de los lugares que aquellas mujeres encontraron para sobrevivir a la hambruna. Fue así como se constituyó el estereotipo de la mala mujer, aquella que ocupa un lugar dentro del espacio público que no le pertenece y que realiza tareas que no le corresponden, porque una buena mujer no se podía ocupar de producir ni comerciar ni bienes ni servicios.

La historia nos llevó a las calles y el trabajo productivo

Con el desarrollo del capitalismo y la voraz necesidad de aumentar las ganancias el capital necesitó mayor mano de obra y aceptó que las mujeres ocuparan puestos de trabajos que, de más está decir, eran profundamente desvalorados y abusivos.

Producto del desarrollo industrial y económico, durante el siglo XX las mujeres ingresaron al mundo laboral remunerado ocupando lugares del ámbito público que les eran vetados. Esto, sin lugar a dudas, es un avance en lo que refiere al reconocimiento de derechos, pero la relación desigual de género que se crea en el capitalismo no se volvió más equitativa, sino más bien, se reprodujo automáticamente en la esfera pública y se tradujo en acciones disciplinantes como el acoso callejero.

El acoso: una acción individual y social

Volvemos entonces al acoso sexual callejero, moviendo el foco de la discusión sobre piropo si o piropo no, piropos buenos o piropos malos, o si nos gusta o no la galantería. Toda estructura de dominación necesita de herramientas de control y disciplinamiento, el patriarcado ha creado las suyas y el acoso es una de sus herramientas más naturalizadas y utilizadas.

Cada vez que 10 de cada 10 mujeres es acosada en el espacio público, lo que sucede es una acción que nos recuerda que este lugar no es de mujeres y que, como este espacio le pertenece a la masculinidad, todo lo que exista dentro de él le pertenece. Salir hoy a la calle es sinónimo de constantes cuestionamientos: cómo nos vestimos, cómo nos maquillamos, cómo caminamos, cómo conducimos, cómo nos reímos, cómo nos sentamos, etc. Y es que salir a la calle aún mantiene en sus cimientos la idea de la mala mujer que no opta por quedarse en su casa cumpliendo roles que se le han asignado y que se interpretan como naturales. O se convierte en objeto de oferta para quienes deseen poseerlas. La acción disciplinante nos recuerda que podemos salir de nuestras casas pero que no podemos apropiarnos ni de del espacio que transitamos ni de los privilegios que significa poseerlo.

Los vínculos sociales de género que se reproducen en el espacio público se basan en esa relación desigual de poder entre hombres y mujeres y otros géneros. Y esta posición desigual se origina con la construcción cultural de base que asignó a la mujer al trabajo reproductivo de la sociedad (ámbito privado) y al hombre al trabajo productivo de ésta (ámbito público), es decir división sexual del trabajo. La relación es desigual pues fue necesario denigrarnos por malas mujeres o por ser buenas mujeres, cuyo trabajo doméstico reproductivo no tiene valor y es irrelevante para el desarrollo de una sociedad.

El acoso supone un ataque moral, un maltrato psicológico, humillación y una agresión contra la dignidad, integridad física, psíquica y social de las mujeres; necesario para poder seguir sosteniendo un discurso excluyente, discriminador y de explotación múltiple hacia nosotras.

No se trata solo de la acción del acoso, se trata de mantenernos atemorizadas para que no queramos disputar un espacio en el cual se toman las definiciones de una sociedad como es el ámbito público. Se trata de que no busquemos romper esa barrera estructural que impide que seamos, no sólo reconocidas, si no que tratadas como ciudadanas en igualdad de condiciones y que nuestros derechos sean plenos.

El acoso se reinventa más agresivo y violento

Hoy, me atrevería a decir, que muches estamos decididas a apropiarnos y empoderarnos de este espacio y lo estamos haciendo de forma individual y colectiva. Pero también, lamentablemente, han crecido las múltiples versiones de acoso en el espacio público y han aumentado en violencia y forma. Por ejemplo; empoderarnos y llevar a diario nuestro pañuelo verde se ha convertido en motivo de que se nos diga cualquier tipo de comentarios con connotación sexual que nos intimide, o que se nos pueda agredir verbal o físicamente. Esto, además de ser una acción individual, es una acción profundamente social y patriarcal, pues es la herramienta de control la que está actuando para que recordemos que no podemos exigir libertades sexuales y reproductivas porque no somos las mujeres las capacitadas para definir sobre nosotras. O actuar desinhibidamente en la calle sin cuestionarnos del qué dirán por cómo nos vestimos o cómo nos movemos se ha convertido en motivo de violentos acosos sexuales para que dejemos de hacernos notar.

Se podrían nombrar un sinfín de ejemplos, pero es importante remarcar que todas estas acciones tienen un origen y una explicación profunda y basada en la instalación y mantención de un sistema opresor que necesita que continuemos en ese lugar de relegamiento, temor y silencio. Por eso cada vez que somos acosadas en la calle, el trabajo, en nuestro lugar de estudio o de militancia lo que estamos recibiendo del otro lado es una acción con un alto contenido de esa ideología burguesa que nació hace un par de siglos  y explica la necesidad de esta alianza capitalista y heteropatriarcal para poder seguir gobernando sobre nuestres cuerpes, pensamientos y derechos.

¡Revelémonos y revolucionemos el espacio público que se nos ha negado y construyamoslo nuestro!

 

*Daniela es Editora en Argentina de Revista Emancipa, Integrante del Observatorio Contra el Acoso y la Red de Abogadas Feministas.

Ilustración: @lola.vendetta

 

Deja un comentario