Imagen: Takeo Doman Ilustraciones

*Por Montserrat Fois

Lo que sucede actualmente con el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología  (Conacyt) en Paraguay no es casual. El ataque a las Ciencias Sociales, mucho menos. Lamentablemente, son aún pocas pero muy valiosas las científicas y científicos que en el área de las Ciencias Sociales vienen investigando hace décadas, a partir de esfuerzos individuales y colectivos, enfrentando la precariedad laboral que incluye, no solo salarios lamentables de menos de Gs. 600.000 (USD 100) mensuales en el caso de docentes sino también una terrible inestabilidad laboral.

Disculpándome por el excesivo reduccionismo, cabe recordar que ante la escasa institucionalización de las Ciencias Sociales en Paraguay, su conformación como campo de estudio se ha consolidado gracias a organizaciones privadas (principalmente oenegés conformadas por investigadoras/es y activistas sociales y políticos) que han producido conocimiento muy importante a través de la adjudicación de fondos para llevarlos adelante.

Esos centros de investigación —que por temor a omitir alguno no los nombro— hicieron y siguen haciendo posible que Paraguay se encuentre en circuitos académicos de relevancia internacional. Las universidades, tanto públicas como privadas, como las instituciones encargadas de la producción de conocimientos no cuentan con planta docente a tiempo completo dedicado a la investigación y a la formación de investigadoras e investigadores. Tampoco cuentan con recursos para financiar grupos de investigación en diversos temas fundamentales para seguir pensando y reescribiendo el pasado, entender el presente y pensar el futuro. Recientemente, muchas de estas organizaciones han sido denostadas en los 140 caracteres que permite twitter. Por supuesto, eso no es lo más grave. Lo más grave ha sido que el organismo rector de la política científica en Paraguay, el Conacyt, haya reparado en atender a esas denuncias tan ligeras.

En casi ningún país de la región se dudaba, hasta hace muy poco, de la relevancia de la Sociología, la Historia, la Antropología, la Filosofía, las Ciencias Políticas y la Economía como áreas pertinentes del conocimiento. De todos modos, estas disciplinas nunca han estado exentas del desfinanciamiento (en aquellos países donde alguna vez contaron con él), ni de su deslegitimación o su marginación. Sin embargo, el ataque contemporáneo a las Ciencias Sociales, en general, y a los Estudios de Género, en particular, se han recrudecido de manera organizada por grupos conservadores a nivel mundial.

Esto sucede en un contexto político, económico y social muy complejo de resurgimiento de movimientos y gobiernos neofascistas, como es el caso de Jair Bolsonaro en Brasil. Desde estos gobiernos impulsan como respuesta a la pauperización de las condiciones de vida de tanta gente —a la incertidumbre respecto del futuro, un desgastado humor social, desalojos forzosos, la criminalización a identidades disidentes, varones pobres, migrantes, negrxs, mujeres, indígenas, militantes de izquierda— la militarización, la censura, la estigmatización y la persecución. Dicha respuesta es dirigida hacia quienes cuestionan las actuales estructuras productivas, las prácticas represivas, autoritarias e ilegales del Estado, la flexibilización laboral, el carácter social y cultural del género y la familia tradicional, la discriminación y la grosera desigualdad en todos los órdenes.

Es sabido que mientras todo aquello ocurre extendidamente, un pequeñísimo grupo de privilegiados sigue generando riquezas desmedidas a costa del sufrimiento de muchas personas, negando arbitrariamente en este caso el derecho universal al conocimiento y a la información. Esto, sin dudas, se ha convertido en una constante y preguntarnos por qué sucede y  qué formas adquieren, es tarea de las Ciencias Sociales.

Las ciencias no son neutrales, ninguna de ellas. Ni la biología, la agronomía, como tampoco las ciencias sociales. Eso no significa, bajo ningún punto de vista, que el conocimiento producido por las mismas no sea científico. Al seleccionar el objeto de estudio, el abordaje metodológico y los marcos teóricos-interpretativos, implícita o explícitamente tomamos posiciones políticas, seamos o no conscientes de ello. Con la politización de la vida cotidiana, las feministas de los setenta como Kate Millet habían advertido que el mundo privado es también político. Pero con eso además, reactualizaron las discusiones en relación a las implicancias político-ideológicas en la producción científica. Por tanto, permítanme disentir con quienes entienden que es producto de la ignorancia atacar a centros de investigación y sus producciones por hacer referencias a autores críticos como Gramsci o Marx. Muy por el contrario, eso es fruto de posiciones fascistas y autoritarias, no simple ignorancia.

Que en el Consejo del Conacyt, los gremios de la producción —como la Unión Industrial del Paraguay (UIP), la Asociación Rural del Paraguay (ARP) y la Federación de la Producción, la Industria y el Comercio (Feprinco)— así como el Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) tengan mayor representación que la comunidad científica es una decisión política y un claro posicionamiento en relación a las políticas científicas.

Que sometan nuevamente a evaluación proyectos de investigación de oenegés abocadas a los estudios sociales, que ya habían sido aprobados por pares expertos, a causa de denuncias informales vía twiter no es casual, mucho menos neutral o científico.

Mi incursión en el campo de la investigación en Ciencias Sociales —en Antropología Social, específicamente— es incipiente pero, no por eso, menos entusiasta. Supe, desde siempre, que es a lo quería dedicarme porque (y aquí tomo prestadas las palabras de Judith Butler) no podemos aprehender al mundo sin las humanidades. Y agrego: porque como muchas personas más, estoy convencida que desde las Ciencias Sociales es posible elaborar nuevos paradigmas y marcos interpretativos que permitan imaginar y construir sociedades más justas, donde nadie, por ningún motivo, quede afuera. Y en definitiva, lo que molestan a los grupos conservadores son estas ideas porque interpelan al status quo y porque contraponen resistencia a su proyecto político y cultural hegemónico.

 

Montserrat Fois, una antropóloga feminista en formación.

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