Ilustración: María Herreros

*Por Clemen Bareiro Gaona

Los nombres reales de este relato fueron reemplazados por ficticios para no interferir en el desarrollo del juicio vigente.

 

Poco tiempo antes del Día Internacional por la Eliminación de las Violencias Contra las Mujeres recibí la llamada de Eva, una mujer paraguaya que se casó con José, hombre español con el que fue a vivir a España. Tuvieron un hijo. Sin muchas vueltas me dijo: “No aguanto más, quiero salir de esta situación violenta”.

Lo primero que hice fue preguntarle: “¿te pegó?”. Mi primera idea fue la violencia física porque es la que se ve, la que se comprueba, la que tiene posibilidad de quedar registrada en imágenes o en un informe médico. Al instante recordé a Rita Segato, quien en el estudio que se titula Las Estructuras Elementales de la Violencia, expone sobre la violencia moral o psicológica, esa que no se ve a simple vista y que se infiltra en las relaciones de las familias más normales y bien portadas, que construye un sistema de estatus, es decir, que hay jerarquías en el relacionamiento, hay personas más importantes y menos importantes y esto se establece como organización natural de la vida social.

Comenzó su relato. A Eva se la escuchaba nerviosa, pero segura. “No, no me pegó, pero me maltrató de todas las formas posibles, estoy cansada y sola con mi bebé de 8 meses. Ya no aguanto MÁS. Hasta tuve que llamar a la policía porque me dio empujones y yo con el niño.”

Pasaron unos días y Eva arribó a Paraguay con su bebé, después de haber hecho una denuncia en la línea española de la mujer (016). Denunciar presencialmente por coacción y violencia psicológica en la dependencia correspondiente. La respuesta que recibió fue devastadora, sólo palabras de desaliento para una mujer que acababa de tener un hijo, estaba amamantando  y  lejos de sus seres queridos, amigos y amigas. Solicitó la ayuda de una trabajadora social, le dieron turno para un mes y medio después, es decir, 45 días que ella debía esperar en convivencia con su maltratador.

Decidió entonces tomar a su hijo y volver a Paraguay. Pensó que era un lugar más seguro cerca de sus afectos. Creyó que si un océano la separaba de su agresor, ella y su hijo estarían en condiciones más favorables para el desarrollo del niño y de ella como individualidad y como madre. Que así, José se tranquilizaría y comprendería que ella ya no daba más y que sería consciente de que para el niño es mejor crecer en un ambiente libre de violencias.

Al contrario de eso, los malos tratos y la persecución se agudizaron, empezó con una denuncia por restitución. Cada vez que José se presentaba en Paraguay era hostil y las amenazas e insultos no pararon. No contento con los maltratos acumulados y los nuevos que comenzó a ejercer sobre Eva, le propuso darle dinero equivalente a una casa y a un departamento con la condición de que ella nunca más se acerque a su hijo y deje que él lo críe solo.

En ese momento Eva decidió hacerle una denuncia en el juzgado de paz de Paraguay, donde le dieron medidas cautelares y de protección para ella y fijaron un régimen de visitas para el padre y el hijo. Eva obtuvo la primera victoria en el primer juicio, sin embargo, José apeló por lo que hasta ahora el juicio sigue.

Con respecto a la restitución del niño, la jueza a cargo del caso explicó que José tácitamente consintió que el niño esté en Paraguay, ya que lo visitó muchas veces y que en el desarrollo del juicio estuvo más enfocado en perjudicar y hacer daño a Eva que en buscar el bienestar del niño.

Al mismo tiempo que ella está con el dolor que significa e implica haber sido víctima de violencias durante mucho tiempo, tener un niño pequeño a quien criar y recomenzar toda una vida laboral y social en Paraguay, soporta dos juicios paralelos en España, donde el argumento expuesto por José para que el niño esté con él es que España es un país de primer mundo y además el fiscal de la causa española apoya ese discurso discriminador y xenófobo.

José afirma que tiene derechos como padre, sin embargo, no cumple ni cumplió con sus obligaciones como papá del niño.

Mientras tanto, Eva pelea en el Tribunal de Apelaciones, confía en la justicia paraguaya, ya que en España le hacen sentir el peso de provenir de un país tercermundista y recae sobre una madre que lo único que quiere es volver a ser feliz a lado de su hijo, el peso de una justicia española que es patriarcal y colonizadora hasta el paroxismo.

 

Deja un comentario