Ilustración: @gauna_dibuja

 

Por Gustavo Pecoraro*

Las compañeras de la Revista Emancipa me proponen que escriba sobre las nuevas masculinidades y la importancia de la deconstrucción de los varones frente al revolucionario avance del feminismo.

En principio siento la necesidad de confesar que -más allá de mis privilegios de puto clasemediero porteño y con acceso a la comunicación- no me siento para nada incluido en ninguna necesidad de deconstrucción ni mucho en un grupo que abarque a las llamadas “nuevas masculinidades”.

Segundo, intentaré explicar mis puntos siempre escapando del problema de los varones heterosexuales (entre otras cosas por mi más profundo desinterés en las cuestiones de los pakis y porque son ellos quienes deben abordarlas). A esos problemas hay que combatirlos. Cosa que pocos varones heterosexuales hacen. Allá ellos.

Prefiero ubicarme en lo sencillo que significa presentarme como maricón, puto, trolo o marica.

Una loca.

Bah, otra como tantas. Me resuena la canción del actor transformista Eduardo Solá que dice: “donde abunda tanta loca, que importa una loca más”.

La loca que bordó Néstor Perlongher en sus textos, la marica (ética) de Paco Vidarte, el puto viejo que describe con maestría la consecuente carrera investigativa de Ernesto Meccia, el manfloro de la tetera de la estación de Ramos Mejía, el Café Paulista de Pueyrredón y Corrientes, los baños de locales de comida rápida que fundía la avenida Corrientes con el paraíso, o el extraordinario urinal público (¿púbico?) de la estación Tres de Febrero.

Maricón, puto, marica, loca desde la prima pubertad. Oliendo a escondidas el primer slip que vi en mi vida: el de mi tío Remo.

Soy el putito gordito y goloso que se sentaba en las butacas del cine Cosmos con la excusa de ver los ciclos de ballet del teatro Bolshoi y buscaba ansioso la entrepierna amiga. El mariconsín al que se cogía en las clases de taller su compañero Sánchez.

Soy el trolo que al recibir el resultado de VIH lo guardé en el bolsillo de mi pantalón y me fui corriendo al cine porno de Once donde le chupe la pija al mismo pibe que nunca me daba bola en el boliche.

Soy el puto viejo -con pretensiones literarias- que escribe poesía de amor marica y que cuando puede se da el gusto de ese muchacho tan encantador que ofrece sus servicios a cambio de dinero.

Me gusta no contener(me) en nada y que mi desclasificación desoriente la mirada ajena.

Un indigerible. Un ortiva, dice un amante que dicen por ahí.

Como tratando siempre de estar insatisfecho de ese lugar al que llego para luego derrumbarlo porque sí.

Sin importarme en nada la opinión ajena, menos la que llega desde las certezas.

Me gusta parafrasear a Tita Merello:

“Podrán decir, podrán hablar,
Y murmurar y rebuznar,
Mas la fealdad que
Dior me dio
Mucha
kuma me la envidió.
Y no dirán que me engrupí
Porque modesta siempre fui…
Yo soy así”

 

Construcción no es sólo una canción de Chico Buarque:

No entiendo de eso de deconstruirse de algo que ya no somos. ¿Por qué quienes se “deconstruyen” posan casi como piadosos mártires?: “No vamos a las marchas de mujeres y nos juntamos a repensarnos”, dicen. Y me parece bien que se junten y no vayan a las marchas de mujeres. Hagan lo que quieran, pero suelten las plumas.

Plumas al viento para vivir y volar en libertad.

Esas plumas que son las que son condenadas en todos los cuerpos maricas pero más en esos cuerpos maduros, gordos, que no caben en la modernidad del glitter aunque la convocatoria diga “bienvenida”.

En algún lugar bien cercano -bastante más de lo que piensan quienes promueven estos espacios de varones deconstructivistas- todos los putos viejos desencajamos ante sus “nuevas masculinidades”. Somos -a la mirada de muchos bienpensantes- gordos, viejos, privilegiados.

Igualito a como nos tratan fuera de esos espacios. Igual que en las redes de levante tipo Grindr o similares.

No sea cosa que el puto gordo se ponga en culo y nos arruine la foto de los 70 kilos. No vaya a ser que el puto viejo se caliente con el pendejo empoderado. No vaya a ser que haya otras construcciones que fugan de nuestra pose.

El nivel de tu inseguridad no te lo envidio, amiga.

Paco Vidarte señaló esa exclusión como: “una responsabilidad inalienable por todos aquellos a los que la lucha por nuestros derechos ha excluido, silenciado, pisoteado y mantenido al margen de cualquier mesa de negociación” (Ética marica, 2007).

Una exclusión que es etaria y social, pero también física y emocional.

A la que en el barrio podríamos responder con un “me chupa un huevo lo que opines de mí”, pero que esta invitación de las compañeras de Revista Emancipa merece una respuesta un poco más elaborada.

“La revolución -afirma Vidarte- no es una cena entre amigos. Ni la negociación política tampoco. Sobre todo en una situación de subordinación, dominación, discriminación y opresión, históricas, seculares y perfectamente actuales, cotidianas” (Ética marica, 2007).

La “deconstrucción” -entonces- no es un fin en sí. Debe ser la consecuencia de una línea de tiempo.

Si hay tanto para deconstruir es que hay mucho que no se ha construído. “Menos reuniones y más maricones“, se me ocurre una buena consigna.

¿Quieren deconstruirse? Construyan(mos) un nuevo marica. Uno que ayude a sentirme acompañado en el asco de ser varón.

Vomitemos el ser varón que nos agrupa con los violadores, los asesinos, los odiantes, los machos golpeadores.

No quiero seguir marcando el casillero de varón ni el del sexo masculino.

No soy un varón.

Resignificarse es desde nuestras propias nominaciones. Maricón, puto, marica, loca, trolo, kuma, o como quieras llamarte.

Pero nunca varón.

Y si el “ser varón” es la frontera a derribar, hagámoslo desde lo que somos, no desde lo que queremos no ser.

Porque más allá de las buenas intenciones se sigue repitiendo la no fuga.

Alianzas con los varones trans y las personas no binarias deberían ser una forma colectiva de pensarnos desde el lugar marica.

La no fuga de lo varón -aunque sea nominativa- es una simbolización de un mal comienzo, aún (o quizás a pesar) de las experiencias honestas que andan rondando.

Es que en definitiva, si no partimos desde el escalón adecuado terminaremos torcidos.

Claro ejemplo, la justificación de las alianzas con representantes de la Iglesia en pos de acabar con el neoliberalismo…pero ¿a costa de qué? ¿cuántas decisiones personales quedarán relegadas en esas alianzas?

Mariconear es la tarea:

“Hacer el maricón” es “hacer la izquierda”, decía Ricardo Llamas.

Crecí haciendo la izquierda y haciéndo(me) el maricón. O quizás por qué fui maricón desde pibe es que “hice la izquierda”, aunque esa izquierda no entendiera mi pluma loca. Y aunque esa izquierda me ignorase yo no quise hacerlo con ella.

La genealogía de este presente puto viejo, mariconazo, tiene una huella inicial. Esa -de ninguna manera- me lleva a una deconstrucción.

Reivindicar ese camino me obliga a  no quedarme en casa “pensándome” sino pararme en el cordón de la vereda a acompañar las columnas del Paro General Internacional y Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, No Binaries, Gordes e Intersex de la clase trabajadora.

Ese inicio permite escucharles, apartarme de esos protagonismos que aún a la hora de la “deconstrucción” siguen existiendo (Flaco, ¡seguís robándole la escena a las pibas con tu performance en un corpiño que ni siquiera rellenás!).

Ese inicio de “hacer el maricón” me lleva a rebelarme (en una única atrevida participación) contra las fascistas Terf; porque excluir a las travas es fascismo, negar a las travas es fascismo, el biologicismo es fascismo. Ya lo advertía el Frente de Liberación Homosexual “Machismo es Fascismo”.

Cuando veo el dedo acusador que me apunta y exclama: ¡callate “varon cis”! reafirmo que lo mejor que le ha pasado a mi vida es hacer tenido tantas amigas travestis y trans que me han ayudado a entender la relevancia de la palabra identidad.

Mi identidad es marica. Lo otro, ese cartel que quieren colgarme impunemente tiene que ver más con algo que aquella o aquel que la haga necesitar apartar.

Apartar y excluir: palabras que se unen.

Qué paradoja para algunxs que luchan por ser respetadxs como sienten ser.

Y si, en casa de herrerx, cuchillo de palo.

También aplica en este caso eso que Perlongher describió como “el maquillado virilismo que el chonguito despliega en un campeonato de astucias libidinosas -la inflexión de la curva de la nalga, la cuidada inflación de la entrepierna, la voz que sale de los huevos…,toda esa disposición de la superficie intensiva en tanto película sensible, estaría, por así decir, “antes”, o más acá, de los procedimientos de sobrecodificación que, en su nombre, se internan y funcionan”.

Parafraseando a Ricardo Llamas una vez más: el activismo debe intentar ser un poco menos solemne (o hacer creer que pueden serlo), y perder ese miedo a que se los considere maricones, o (peor aún) ese genocida miedo a descubrirse tales.

Se interrogaba Perlongher: “Tal vez en el gesto militar del macho (de los varones, digo yo) está ya indicado el fascismo de las cabezas. Y al matar a una loca se asesine a un devenir mujer del hombre.

Amigo puto, conmigo no te deconstruyas varón.

Conmigo construíte maricón.

* Gustavo es escritor, guionista, periodista y poeta. Activa en favor de los derechos LGTBI desde 1984 integrando la Comunidad Homosexual Argentina y luego -en 1991- como fundador de Gays DC (organización con la que fue uno de los convocantes de la Primera Marcha del Orgullo en Buenos Aires). En 1995 funda ACT-UP Buenos Aires.
Preside la Asociación Civil El Vahído e integra la red de podcasts de El Vahído. IG y TW @gustavopecoraro/IG 
Ilustración: Ruben Gauna/gaunabeart.com.ar/IG @gauna_dibuja

 

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