Por Gustavo Pecoraro*

Finalmente terminé «Las malas», la última novela de Camila Sosa Villada.

Durante toda la lectura me acordé de Lohana Berkins y me vino a la cabeza un fragmento de un reportaje que le hice para Corresponsales Clave: “A fin de año fui con un grupo de amigas a pasar el 31 de diciembre a la casa de una de ellas, y entre todo el jolgorio, nos metimos a la pileta….y nos metimos todas ‘destrucadas’. Algo impensable hasta ahora, porque nosotras venimos con toda una armadura sobre nuestros cuerpos, y de ciertas cosas como que no se habla. (…) Estábamos ahí hablando de nosotras mismas: de nuestras sexualidades, de nuestras parejas, de cómo era hacer el amor, del sexo. Lo que me sorprendió enormemente es que por primera vez pudimos hacerlo sin agresiones, sin desvalorizaciones, sin el ‘yo de eso no hablo’.”
La cotidianeidad trava, sororidad se diría ahora, «hablar de nosotras mismas» con las palabras de ellas mismas.

Eso hace Camila, que eligió como portada de su libro una foto del Archivo de la memoria Trans (que creó la fundadora de ATTTA, María Belén Correa) y que muestra a la actual presidenta de ATTTA Luisa Paz, muerta de risa con otra amiga, subida arriba de un caballo.
Todas ellas, las «nosotras» en una misma simbología de pertenencia.

La Sosa Villada hace de «Las malas» un ejercicio literario de realidad y ficción desde una perspectiva completamente honesta. Testimonial.
Este relato es la obra de una escritora en un punto muy alto de su carrera literaria, pero también es la obra de una travesti que se construyó entre violencias, amores correspondidos y los que no, peligros, fiestas, amigas, calabozos, golpes, familia, historias truncas.
Y todo ese relato regado de nombres y cuerpos que necesitó nombrar para crear un nosotras entre todas esas otras. Con la muerte pisándole los talones, y también la violencia familiar, o la trompada del chongo, o el patrullero, o el sida.

Ante esto: las risas y las carcajadas, la compañía trava, el agradecimiento a aquella que como Lohana siempre nos contaba «me aconsejaba y me daba un plato de sopa cuando no tenía que comer», y que puede ser una Tía Encarna o una Norma Giraldi. La Trava Madre de las travas que ellas mismas dan a luz, cuando dejan de tener miedo al golpe y el rechazo familiar y construyen su verdadero hogar lejos de la crueldad.
O al menos de la crueldad de quienes te parieron.

Camila escribió este libro y pienso que quiso meternos en un juego: ¿cuánto de ficción y cuánto de realidad tiene «Las malas»?.
Tengo una certeza, ¿acaso importa?

La historia trava, no aquella que se escriben con palabras que la mayoría de las personas no entendemos, tiene un misterio que vale la pena escuchar. Lo aprendí un poco de pendejo cuando supe que más allá de mi realidad de puto clasemediero porteño había otras urgencias más urgentes y dramáticas, lo seguí aprendiendo de más grande, y lo sigo aprendiendo ya siendo un cincuentón. Basta con acercarse a la Casa Trans, sentarse a tomar un mate con alguna activista travesti que milita lejos de la ciudad de Buenos Aires, revisando de nuevo los audios y textos de Lohana, o leyendo «Las malas».

Cuando la empecé, creo que en la página 30 o por ahí, lloré desconsoladamente por la historia del Hombre sin Cabeza y la Tía Encarna. Hojas después volví a llorar y le puse cara a los nombres que Camila nos trae no sólo para que sepamos quiénes estuvieron con ella cuando era una pendeja, sino también para reclamar un lugar para todas ellas. Tantas muertes jóvenes que nunca aprenderán que significa la palabra vejez pero que dignificaron la palabra libertad.

No digo que es el mejor libro que leí en lo que va de 2019 porque leí muy buenos libros, y -lo que más me alegra- muchos de autoras y autores de este país.
Pero si digo, y sin vergüenza a lo que opinen les demás, que Camila ha logrado con «Las malas» que el legado de Lohana caiga finalmente en buenas manos y no se pierda en los vericuetos académicos ni en las voraces fauces de quienes olvidan que antes que alguien siempre hubo otras.

 

* Gustavo es escritor, guionista, periodista y poeta. Activa en favor de los derechos LGTBI desde 1984 integrando la Comunidad Homosexual Argentina y luego -en 1991- como fundador de Gays DC (organización con la que fue uno de los convocantes de la Primera Marcha del Orgullo en Buenos Aires). En 1995 funda ACT-UP Buenos Aires.
Preside la Asociación Civil El Vahído e integra la red de podcasts de El Vahído. IG y TW @gustavopecoraro/IG 

 

 

Deja un comentario