Ilustración: Amanda Mijangos

 

*Por Natalia Ferreira

Y la verdad que sí, a mí también, como a varios de mis compañeros, la paridad me cansa, no termina de cerrarme y me da muchísima rabia.

Porque sí, claro que me encantaría militar en un país, una izquierda y en partidos donde mi experiencia política de años valga por sí sola, donde las luchas que impulso sean importantes porque subvierten el orden de privilegios y son revolución, y no sean tomadas como «temas de mujeres», antipopulares y distractores de la verdadera lucha.

Me encantaría, claro también, que las casas de todo revolucionario (o por lo menos compa que se digne de ser de izquierda y solidario), sea una casa donde las tareas y el trabajo se compartan, que los hijos e hijas de los militantes compartan tiempo con sus papás, más que algunos episodios al año. Tiempo de niños, además de los tiempos de adultos en reuniones o mitines; la tarea del colegio, la fiebre que tuvo el fin de semana, la catequesis, la lectura de cuentos, dibujar, conocer a los amigos, jugar, jugar mucho. En esas casas la mesa la pondría toda la familia, la cocina sería espacio de encuentro familiar y las palabras de todas y todos valdrían lo mismo, se preguntaría y consideraría el tiempo de la otra ¿Qué hiciste hoy?. En el compartir del mate, el tereré,  además de hablar de las preocupaciones, también se hablarían de los sueños y deseos. En esas casas se demuestra cariño, se dedica tiempo también a hacer el amor, pensar en la pareja,  tiempo para producir y reproducir complicidades y también orgasmos y placer. Allí sucede algo importante: los padres, madres, hijas e hijos, así como abuelas, tíos, hermanes y amigues (y todos los etcéteras de modelos de familia), son sujetos con sus singularidades y deseos, y viven sus proyectos de vida.

Los baños partidarios tendrían papel y se podría orinar sentada. Entre militantes y con militantes cada relación sexual sería deseosa y el preservativo sería algo que fluye naturalmente. Las cervezas y largas charlas políticas serían mixtas, nosotras caminaríamos sin problemas a nuestras casas a las 11 de la noche, y no sería un problema para nadie, tener un o una amante, o dos…

Las compañeras dejaríamos de levantar compusilvamente cada basurita y apilar sillas después de las reuniones. En nuestros partidos los varones sabrían los teléfonos de quienes proveen sillas y comida, en esa valoración política de la logística, que es la dimensión del trabajo de cuidado en el partido, tan sostén, tan motor .

Entre nuestros cuadros partidarios habrían bisexuales, lesbianas, compañeros gays y compañeras y compañeros trans, fuera del closet y levantando la bandera arcoiris, con sus voces y reivindicaciones. No llevaríamos agendas separadas. Nuestra leyes de energía, de alquileres y de seguro agrícola, incluirían a todes de forma explícita. Todas las vidas y deseos serían celebrados.

Las guarderías en los congresos partidarios serían una preocupación central de todos,  porque el cuidado de los hijos e hijas también condicionaría la participación de los compañeros varones. Y los niñas y los niños, serían también sujetos políticos y no extensiones de sus padres y madres, y sí, cierto, no habrían entonces guarderías, sino espacios políticos de niñez.

Nosotras hablaríamos sin miedo a equivocarnos, y nuestros errores serían juzgados igual que el de los compañeros.  Nuestra palabra sería tenida en cuenta, ahí mismo cuando la decimos, no existiría la invisibilización que conlleva no ser escuchada, se problematizaría la violencia que implica que tus ideas sean consideradas solo cuando salen de la boca de un varón, se extinguiría ese doblaje  macho que al parecer hace posible la interpretación del mensaje político.

La rigurosidad y la ética sería para todas, para todos y todes. La mirada política pedagógica acompañaría cada espacio. Y se haría política de la vida cotidiana y sus requerimientos, donde nuestra expertís es clave.

El descanso sería un valor, así como el cuidado a nuestros cuerpos y nuestra salud. La abnegación en todo caso,  sería colectiva, y leída como compromiso que se asume porque una/o se siente representada/o en un proyecto de sociedad nueva, más libre, mejor, dónde nuestras vidas van a poder ser más felices y plenas, donde como sociedades no tengamos que sobrevivir, sino vivir, y animarnos -feroz osadía- a elegir el tipo de vida que queremos, todes. No esa abnegación obligada, del reviente, de la renuncia a todo plano individual  que no sea la ambición a un cargo.

El poder también sería otra cosa, sobre todo sería la posibilidad de transformar realidades, y esa transformación vendría de procesos de cuestionamiento de privilegios, de apertura a múltiples  sospechas, a la posibilidad de dudar, como decía Marx, de todo.

Claro que le odio a la paridad, si yo lo que quiero es transformarlo todo, y aunque hace siglos me vienen diciendo que salí de costillas, que vine después de otro, que soy “un complemento de”, que vine “a cuidar a”, entiendo que esa trasformación que quiero aún radica en que los hombres reconozcan que no son superiores, que nosotras nos convenzamos que valemos, que nos reconozcamos en las otras compañeras, y que crezcamos, florezcamos y demos frutas, aunque cada mensaje de descrédito machista sean como un litro de glifosato.

Y no, no pretendo decir que somos iguales a los hombres, pero no hay “un igual a”, no hay original y una copia, hay diferentes. Lo que sí, merecemos igualdad.

Y sí, mucho de lo deseado existe en varios espacios partidarios,  hay hombres compañeros teeté que abrazan la  posibilidad de una escucha crítica, y las temerosas ganas de lanzarse al vacío de no ser el centro, de salir de la luz del reflector, porque entienden que de practicar otras forma de iluminación del escenario político y de la vida misma se trata este desafío vital, con lo propio de autocrítica feroz que tiene este camino.  A veces lo logran y a veces no, como todes en este camino de desprogramarnos nuestros seres heteropatriarcales en pleno capitalismo.

Lo que buscamos no es fácil, son otras formas de habitar la política, de pensar lo colectivo, y de caminar la transformación de nuestras vidas y de nuestro tiempo.

Y así, enojada con la paridad y otras formas adulcoradas de la inclusión, en el medio de esos debates interminables en grupos de wasap, llega María Pia López, con su claridad desde el libro Apuntes para las militancias. Feminismos: promesas y combates. y en él, me llegó la frase que me hizo escribir este artículo:

es importante incluirnos sin soltar esa intuición incómoda, esa alucinada sensación de que mujer es una categoría política. Y que eso nos interesa. Lo que mueve la estantería, no sólo el gesto de reponer en ella lo que falta. Nos interesa la conmoción que arrasa. La que pone otros lenguajes. Las lenguas locas, las colizas, las zapatonas, las trans, las que en su propia corporalidad hacen estallar todo régimen identitario.

Y también pensé en mis compañeras de partido y de frente, y en mis compañeras feministas de otros partidos y otros espacios políticos -incluso los que detestan lo partidario- y lo gigantes y diversas que somos, y en todo lo que tenerlas como compañeras me ha construido como mujer política.  Y sí, enojada y todo, quiero paridad, porque molesta, y eso trae transformación y agrieta cada partido y espacio, y eso significa que más temprano que tarde, se van a desmoronar para reconstruirse.

*Natalia es paraguaya, feminista y militante del partido Convergencia Popular Socialista – Frente Guasu.

 

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