Por Solana López*

En la compleja relación entre las contradicciones principales y secundarias, aparece a menudo la pregunta:

¿Cómo construir correlación de fuerzas a la vez que vamos produciendo transformaciones en nuestro acontecer y nuestras vidas con perspectiva feminista?

En la relación entre, el despliegue de las nuevas formas superadoras en la política y lo instituido y/o naturalizado de los modos patriarcales y opresores, existe una tensión con una lábil limitación entre un campo y el otro. Y ahí en ese desarrollo dialéctico de fuerzas entra en juego el poder ¿Cómo construir poder con perspectiva feminista?

Podemos decir que una base conceptual y política es el poder popular. Pero aún en los términos solidarios y comunitarios de desarrollo de correlación de fuerzas y organización es necesario recalcar el carácter feminista como desafío de la impronta de un nuevo poder.

El para qué y el cómo tiene la misma relevancia, el mismo estatus ideológico y político atravesado por una ética. Les sujetxs no somos extraídxs de la realidad en la que vivimos, al contrario, nos constituimos como sujtxs en ella. Por eso es un esfuerzo consciente el que debemos hacer las feministas para lograr construir contrapoder desde una ética con dimensión sorora.

Así como exigimos consciencia de perspectiva de géneros en quienes portan privilegios otorgados por el sistema patriarcal y son compañeres del campo popular, también debemos lograr que desde el feminismo disputemos poder desarrollando una política y una práctica también feminista:

¿Cúal es el eje principal desde donde pararnos en la praxis?

Considero que debe ser ubicarse siempre contrarias a la opresión. No hay disputa de poder a un sistema de opresión siendo engranaje de otro sistema de opresión. Ubicarnos contrarias a la matriz de opresión requiere de organización, proyecto y unidad. Requiere de política con mucha amplitud, la necesaria para que sea integral ante la realidad e inclusiva pero revolucionaria en el sentido de potencial transformador, de capacidad de rupturas con lo que nos bloquea en lo cotidiano para la dialéctica de la superación. De ruptura con los modos patriarcales y las falsas promesas de la posmodernidad que nos llevan a perder potencia colectiva y creadora, cuando lo que necesitamos es que el feminismo aporte hacia una humanidad mejor, más justa y solidaria.

Se va produciendo en cada una de nosotras un proceso que es personal y colectivo al mismo tiempo, una refundación de “La Condición Humana” porque hace a una nueva identidad, pero a la vez se desarrolla un principio ético de equivalencia humana. Este principio ético es desarrollado por Marcela Lagarde (1) y refiere a la idea de igual valor entre todas las personas y por ende la incorporación de la lucha por la dignidad, la paz, la libertad, la solidaridad y la justicia a nuestra praxis feminista. Esta nueva Condición Humana requiere de un poder, que a su vez disputa poder.

La opresión en todas sus formas es un ejercicio de un tipo de poder. Ubicarnos contrarias a la opresión es desarrollar un contrapoder, no sólo por la ubicación contraria sino por su tipo. Un contrapoder que despliegue contracultura, que funde una nueva cultura, la de la equivalencia humana.

*Solana es psicóloga social, militante política y referente nacional de la Corriente Lohana Berkins.

(1)María Marcela Lagarde y de los Ríos es una académica, antropóloga e investigadora mexicana, especializada en etnología, representante del feminismo latinoamericano

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