@labarondelacervezailustra

I got my heart full of hope
I will change everything
No matter what I’m told
How impossible it seems (we got the power)
We did it before
And we’ll do it again
We’re indestructible
Even when we’re tired
And we’ve been here before
Just you and I
Don’t try to rescue me
I don’t need to be rescued
We got thePower.

Gorillaz

Por Alejandra Iriarte y Manuela Bares Peralta*

Un domingo al mediodía cualquiera, estamos sentadas alrededor de una mesa, cuatro amigas de entre 26 y 36 años. Es agosto de 2019. Les pibes hablan de feminismo hasta en la sopa. Hay glitter, trap y Jimena Barón. MarilinaBertoldi ganó el Gardel de Oro y parece que las más pibas ya no tienen que esperar que un varón las salve de las boybands y sus estribillos pegadizos.

Pero a nosotras, que empezamos a escuchar rock de la mano de MTV, MuchMusic y VH1, que mirabamos de reojo la Rolling Stone y la Inrockuptibles en el puesto de diario, que estamos poco familiarizadas con Wos y con Rosalia, nos falta algo. Sentimos que una parte de las nosotras adolescentes aún está dolida.

Así como miles de pibas recuperaron el fútbol -ese deporte “de varones”- que ellas jugaban a escondidas y veían en silencio entre tíos, primos y hermanos que gritaban sin parar- para  nosotras, poco encariñadas con los deportes, fue otra cosa la que nos robaron.

Nos vamos dando cuenta de a poco, mientras conversamos de la  música que nos gusta, la misma de siempre. Nombramos al azar las bandas de Rock que nos marcaron: Red Hot Chili Peppers, Pearl Jam, FooFighter, Audioslave. ¿Vieron que Audioslave fue la primera banda yanky en tocar en Cuba? – No, no lo fue. Nos enteramos después, por otra amiga, que sufrió la exclusión de joven roquera durante su adolescencia porteña -¿Acaso vieron el último video de Tom Yorke? ¿Cuándo se murió Chris Cornell?-

Son todas bandas que se convirtieron en hitos y marcaron a más de una generación, pero en los 90 para ser parte de esa generación había que ser varón. Casi nos adentrabamos al nuevo milenio cuando “ScarTissue” sonaba en todos los rankings de música, y canales como MTV emitían, diariamente, ese video donde un grupo de varones viajaba en un auto descapotable atravesando el desierto. Pero si eras mujer la ceremonia de ese fenómeno era algo que se vivía en soledad o de la mano de un varón: novios, hermanos, padres.

¿Por qué las adolescentes de los noventa y principios de este siglo no pudimos relacionarnos con la música de otra forma? ¿Por qué no aprendimos a tocar la batería, el teclado, el bajo o la guitarra?

¿Por qué para los varones de nuestra edad aprender a tocar dos acordes en la viola era una manera de garantizarse el éxito con las mujeres? ¿Fue solo de vagas que nos quedamos aplaudiendo al boludo que tocaba dos temas? ¿Por qué no le sacamos la guitarra y nos fuimos a tocar con nuestras amigas?

Para empezar a entender un poco qué es lo que nos alejó de la música que nos gustaba, y nos obligó a sentirnos unas bichas raras entre amigas que preferían menear con los temas brasileros de moda, tratamos de pensar cuándo fue la primera vez que escuchamos alguna banda. Por ejemplo, Gorillaz.

La escuchaba mi hermano. 

A mi me la hacía escuchar mi papá. 

Yo por un novio, que se dejaba los CDs de Gorillaz en mi casa. 

Yo escuché poco, en mi casa éramos todas mujeres. Alguna vez me quedé escuchando algún tema por MTV o MuchMusic, antes de que empezara a sonar un video de Madonna

“She’s overbored and self assured”

Himnos del grunge como “Smellsliketeenspirit” eran la voz de una época cantada por y para varones, Iggy Pop musicalizaba las escenas de un grupo de pibes que se debatía qué  “modelo de vida seguir” a base de una dieta de pastillas prescritas y drogas sintéticas. Un grupo de varones que consumía, tenía buenos y malos flashes, eran desalineados y sexys, podían autodestruirse y rehabilitarse, renegar de la vida burguesa que tenían sus viejos y después conseguir un trabajo con vacaciones pagas. Eran un grupo de varones que escuchaban la mejor música de la época y reeditaban una vieja campaña anti-drogas al ritmo de: “Chooselife… Butwhywould I wantto do a thinglikethat?”

Después de que mi viejo alquilara “The Wall” en el videoclub que quedaba a 5 cuadras de casa y que contaba con una ínfima traducción sólo sobre los pocos diálogos que tenía la película (tuve que esperar varios años a que saliera el dvd para poder leer las letras enteras de las canciones), vino “Trainspotting” y “Reality Bites”. Vino Pink Floyd, Iggy Pop, Bryan Eno. Un mundo al que sólo tuvimos acceso a través de un varón, una experiencia que sólo podíamos compartir con ellos o en soledad.

Eran los 90 y una buena forma de escuchar esas bandas era ir a una disquería. Los reproductores de CD de los shoppings te permitían escuchar el primer minuto de cada canción del disco, un pequeño pantallazo. Después podías elegir comprar el disco entero, un disco que no ibas a escuchar con tus amigas, un disco que no ibas a llevar a la escuela, un disco que ibas a escuchar sola en tu casa.

El patriarcado limitó nuestro acceso a la música, nuestra capacidad de soñar con ser rockstars desalineadas y nos obligó a renunciar a la ceremonia colectiva con la que los varones disfrutaban turnándose para usar el discman en el recreo. Porque; qué es el patriarcado sino el chaboncito de la esquina, ese que es buen pibe, pero que creció con todos los privilegios intactos de la masculinidad. El que a los quince años agarró una guitarra y nunca la soltó. Ese que nos gustaba, admiramos y aplaudimos. Ese con el que queríamos chapar, pero a quién nunca se nos ocurrió pedirle que nos pase la guitarra, porque nosotras también queríamos tocar.

Anjali mehta

Stay on the path that leads to the well”

Los dos mil vinieron de la mano de la banda ancha, del acceso irrestricto a internet. Ya no había que llegar a las cinco de la tarde para ver los últimos videos que se volvían a repetir en los canales de música de tv paga. La música se empezaba a consumir irrestrictamente en diferentes formatos. Para nosotras significó empezar a crear nuestros propios rituales, resignificar una nueva manera de disfrute con la música y las bandas que en nuestra adolescencia apenas pudimos disfrutar.

En el año 2007 mi viejo me llevó al Estadio de River a ver “The Dark Side of the Moon”, nos encontramos con un amigo de él y su hijo varón, que tenía unos años más que yo. Era la primera vez que escuchaba ese disco. Hace 12 años atrás, mi viejo me invitó a compartir por unas horas un rito: un canto unísono que acompañaba a Roger Waters desde el campo del estadio, el vibrar del piso al compás de cada acorde, las gradas que se movían. Ese día, por unas horas, custodiada por 3 varones disfrute del privilegio de escuchar en vivo uno de los mejores discos de los años 70

Ir al recital con los pibes (prometer ir todos juntos, nunca separarse como única condición para acceder a semejante evento), hacer pogo, esperar varias horas para entrar al estadio, convertir esas horas en una hazaña que amerita ser contada. Ese ritual les pertenecía.

Nosotras escuchamos, imaginamos cómo sonará en vivo ese disco que hacemos reproducir una y otra vez. 

Ese día sólo le conte a una amiga, no me animé a decir lo que iba a ver, creo que dije: “una banda que le gusta a mi viejo. Ese recital lo revivimos muchas veces después con papá, le agradecí -en varias oportunidades- haberme llevado sin tener que pedirselo. Dos años después fui con una amiga a escuchar The Killers en GEBA, las reglas eran otras.

Nuestra experiencia con el rock estuvo llena de obstáculos, casi igual de caótica como un pogo que se abre mientras suena “ByTheWay” de los Red Hot ChilliPeppers. Para las pibas las reglas eran otras: más precauciones y menos disfrute que para los pibes.

Nosotras, durante muchos años, nos perdimos entre los exhibidores de las disquerías intentando descubrir e interpretar una música que sólo los varones podían disfrutar. Ahora, las pibas recrean su propio pogo con sus propias reglas y nos encanta ser parte de esto.

Estamos desarmando las reglas que nos excluyen siempre del disfrute; mientras tomamos las riendas de nuestro propio placer, vamos reconociendo aquello que nos impidieron disfrutar. Estamos redescubriendo el goce, porque sabemos que tenemos el poder de hacerlo, hemos conseguido el poder para hacerlo. It’s evolution, baby. 

*Alejandra es Abogada. Integrante de la Red de Abogadas Feministas. Escritora y Tucumana.
*Manuela es estudiante de derecho, integra la Red de Abogadas Feministas, militante y activista feminista.

 

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