*Por Arami Ullón

Apenas llegué a Suiza, una persona con la que trabajaba me dijo: nunca vi a una mujer tan baja.

En ese momento filtré la agresión, y pensé: ¡qué pocas mujeres vio este tipo en su vida! ¡Me dio hasta curiosidad!

La misma persona, en otro momento, me preguntó por qué no adelgazaba. Me dijo que al ser tan baja me quedaría mejor tener menos peso. Esa vez sí identifiqué la agresión.

Entonces, me puse a hacer memoria y empecé a recordar historias de mi vida. Me di cuenta de que nunca fui –de manera natural– lo que la gente, en general, considera «flaca».

Desde chica tuve piernas gruesas y pancita.

El único momento de mi vida –que fueron varios años– en que fui «flaca», fue cuando menos saludable estuve: era anoréxica, pesaba 39 kilos, tomaba pastillas para adelgazar, contaba cada caloría en un cuadernito y usaba cualquier droga que me ayudara a perder el apetito.

No sé como salí de esa, pero hasta hoy siento la presión de tener que ser más delgada de lo que naturalmente mi cuerpo puede.

Desde que vivo en un país donde la fisionomía es otra, donde las mujeres tienden a ser naturalmente fibrosas y más altas que yo, la sensación de no pertenecer se intensificó.

Me di cuenta de que el modelo es blanco, europeo: que no tiene que ver con mi latinidad, ni con mi constitución física, mis elecciones. Ni siquiera con mi herencia genética.

Y en Paraguay, pese a estar muy lejos de ese modelo (blanco, europeo), las mujeres nos matamos por estar siempre flacas. Lo más flaca posible, cueste lo que cueste.

Yo no puedo serlo. Y la primera que debería aceptar eso soy yo.

Esos modelos impuestos por la hegemonía flaca, blanca, europea, nos alejan de estar bien con nosotras mismas.

Pero, algo hay que hacer.

Para empezar, al menos ser conscientes de ello.

Intentar desmontar estos estereotipos de belleza impuestos y abrir espacios de sinceridad se tornaron para mi una necesidad, y en ese sentido me gustaría aclarar algunos puntos:

  • El suizo de la historia es solo un ejemplo de muchos otros hombres, y en algunos casos, mujeres.
  • También de otras nacionalidades. Entre elles, les discriminadores, hubo un montón de paraguayes.
  • Las mujeres flacas también sufren discriminaciones por diferentes motivos, pero en este caso lo que intento hacer es visibilizar el rechazo que tenemos a la gordura. Incluso a la de une misme.

Y ya que estamos, quiero hablar de otro tipo de discriminación que no pasa por el peso. Esta situación ocurrió en Paraguay.

Cuando era una adolescente, tenía un novio, que me dijo repetidas veces: «las morenas culonas están buenas para coger, y las rubias con cara de muñeca para casarse».

No pasó mucho tiempo antes de que me deje. Estaba claro que el  target era otro.

Y acá de nuevo, no tiene que ver con este personaje en particular, que evidentemente tenía las ideas coloniales y patriarcales bien frescas en su cabeza. Escribo esto para que podamos pensar en la discriminación que nosotres ejercemos sobre nosotres mismes.

En nosotres cuando le asignamos un mayor status a una persona blanca, o cuando pensamos en una mujer casada, como pensando en una propiedad patriarcal.

Arami es directora, productora y escritora de cine. Paraguaya migrante. Dirigió El Tiempo Nublado (2014) y edita su segundo largometraje documental, Apenas el Sol.

Deja un comentario