Mi nombre es Fátima Morínigo, paraguaya, docente, de 37 años de edad. Pensé y analicé mucho sobre la pertinencia de este escrito que a continuación leerán. Tanto análisis ¿por qué?
Porque no soy yo la protagonista directa pero sí son personas a las que amo con todo mi ser y mi esencia de mujer.
Porque al no ser la protagonista directa de esta historia de horror debo ser cautelosa en compartir la intimidad del dolor y del sufrimiento de las víctimas.
Lo hago por ellas, porque creo que el mundo merece saber que la Violencia se debe parar desde el inicio, la violencia en todas sus formas (física, psicológica, sexual, mediática) debe ser denunciada y debe ser atendida con igual nivel de celeridad y prontitud.
Quiero hoy expresar mi dolor, gritar mi frustración, responsabilizar mi miedo por la vida e integridad de mi hermana y mis sobrinas.
No tengo recursos económicos para pagar importantes abogados y abogadas que representen a mi hermana en este horrible proceso judicial que hemos iniciado como familia con ella.
Pero sí tengo un cerebro, dos manos y un corazón que serán la voz para gritar desde el caso de mi hermana muchos otros casos de violencia, las injusticias que nos tocan vivir como personas en condición de desventaja solo por ser mujeres.
Merecen mi hermana y mis sobrinas dejar de ser víctimas, ellas se merecen una vida basada en el respeto a su dignidad de personas, en un ambiente sano, seguro y pleno.
Por eso el mundo debe saber cómo actúa una persona que ejerce violencia sobre una mujer y sus hijas.
El mundo debe saber que la persona que ejerce violencia hace un trabajo de hormiga, desde el noviazgo genera esa relación tóxica de dependencia emocional que se agranda como una bola de nieve con el paso de los años.
El hecho concreto de la violencia física, «esa trompada aceptada» por la sociedad o las mujeres testigos presenciales de los hechos; víctimas también que por interés, temor o ignorancia apañan el hecho justificando que «ella luego le incito» es la guinda del pastel que se hornea con mucha paciencia con ingredientes perfectos como el aislamiento, el hostigamiento, los insultos y el menoscabo a la dignidad de la mujer.
Sumado a lo anterior, la violencia económica, la privación de la posibilidad de generar sus propios ingresos, de coaccionarla bajo amenazas de «te corto el chorro» del nivel de vida que llevas o «de que vas a trabajar si no servís para nada» que obligan a someterse a las amenazas y manipulaciones del agresor y que ante la más mínima posibilidad de liberación, bloquea su salida laboral llamando a los contactos que podrían contratarla o darle trabajo.
El agresor no acepta un NO como respuesta a sus berrinches y reclamos.
Existieron muchas situaciones a lo largo de estos años de convivencia que han denotado su falta de empatía hacía las demás personas, especialmente en los momentos de enfermedad, internaciones, etc.
El agresor no es capaz de sentir empatía por nadie porque es una persona egoísta.
Al agresor no le mueve el sufrimiento ni el dolor de nadie, no disfruta de la alegría de la otra persona aunque esa persona sea cercana a sus afectos. Las pocas participaciones a las actividades escolares y extraescolares eran tras mucha insistencia.
El agresor es un manipulador que toda su vida manoseo la dignidad de mi hermana y de mis sobrinas. En su vida nunca colaboró con los quehaceres diarios que implican la convivencia y la crianza.
Toda la vida se burló de la condición física de las personas; en su boca los adjetivos misóginos hacia las personas eran; gorda avevo, akashara, gorda croqueta. Tiene amigos solo porque paga la ronda de las cervezas. Las relaciones interpersonales son banales y hasta triviales con él. Sé que muchas personas que lo conocieron coincidirán conmigo en esta descripción.
Pero este agresor sigue sin presentarse ante la justicia.
A pesar de la orden de detención y de captura que posee sigue hostigando a mi hermana.
A pesar de la orden de detención y de captura que aunque la Policía Nacional sabe donde está viviendo no procede a capturarlo para que se haga cargo de los daños psicológicos, físicos, patrimoniales que tienen mi hermana y mis sobrinas.
A pesar de todo eso sigue ejerciendo presión en el sistema policial y judicial re victimizando a mi hermana y a mis sobrinas que deben seguir batallando la vida, que continúa a pesar del daño que el produjo y sigue produciendo con sus chicanas, estrategias y bajezas judiciales.
Como bien lo decía Martín Luther King, Jr. en su carta desde la cárcel de Birmingham el 16 de abril de 1963; «Sabemos por una dolorosa experiencia que la libertad nunca la concede voluntariamente el opresor. Tiene que ser exigida por el oprimido», hoy felicito de manera admirable a mi hermana por haber roto las cadenas de la opresión y le pido perdón por haber permitido tanto daño a su dignidad y a la de sus hijas y no haber hecho más de lo que hice para evitarlo.
Exijo que la justicia actúe manera pronta, efectiva, eficaz y pertinente ofreciendo seguridad para mi hermana y mis sobrinas lejos de la perversa mente y del malvado corazón de ese agresor.
Ya no más violencia: ni física, ni psicológica, ni económica para ellas ni para ninguna mujer.

 

 

CARTA ABIERTA POR LA NO VIOLENCIA HACIA LAS MUJERES

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