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Y Atenea le entrega a Perseo no la espada, sino el espejo para que por reflexión el héroe viese la belleza ambigua, prometedora del fruto final del Océano insondable; el espejo para que no viera a la Medusa de inmediato y se librara de todos los sentires concomitantes con la visión. Una figura vista en el espejo carece de ese fondo último que la mirada va a buscar más allá de la apariencia. Pues que la vista se une al oído. Cuando se mira directamente, se espera y se da lugar al escuchar. Nadie escucha a la figura reflejada por un espejo.

María Zambrano[1]

Por Andrea Ugalde*

“Chile Despertó”, se dice eufóricamente a raíz del estallido y revuelta social que ya lleva casi dos semanas en todo el país. La represión y el terror de estado, desatados desde el comienzo de las multitudinarias evasiones del pasaje en el metro de Santiago, han llevado sus estrategias hasta límites impensados para una sociedad que vivía en “democracia”. En este contexto, y como si se tratara de la firma de un asesino serial,  más de un centenar de personas han sufrido agresiones graves en uno de sus ojos.  Hasta ahora (31 de octubre)  se cuentan en aproximadamente 128 los que han perdido un ojo, sin contabilizar quienes padecen de traumas oculares severos. En el transcurso de las manifestaciones más intensas, multitudinarias y constantes de que se tenga registro, el mensaje aleccionador que quiere entregar Piñera y el aparato estatal en su conjunto no quiere dejar lugar a dudas. Disparar directamente a los ojos está siendo una estrategia paradigmática a estas alturas. Parece ser que la radicalidad de este despertar los advierte de la profundidad de un estallido social que viene tejiéndose hace décadas, y que ha logrado poner en un espacio público casi extinto los cuerpos insumisos de varias generaciones.

¿Cuál es la lección que buscan darnos, al apuntar directamente a los ojos? Mutilar los ojos de quienes han invadido las calles, denunciando la precarización extrema de la vida y lo insostenible de la opresión que amenaza una y otra vez la dignidad humana, es la estrategia de un sistema que no puede aceptar la falla, la incompletitud y la monstruosidad que representa esta gran otredad que es, nada más ni nada menos, que el pueblo. Como ha declarado la primera dama, se trata para la elite chilena de una verdadera invasión alienígena, algo que, en tanto irrepresentable, no figura en las categorías de lo humano. Y entonces se declara que ese irrepresentable, aunque venga a dar cuenta a gritos de la dimensión concreta de lo real, es el enemigo al que no se debe osar mirar a los ojos, pues en su profunda mirada porta la maldición de mostrar que ellos y ellas, dueños de Chile, son también seres precarios y contingentes, para no decir prescindibles.

Todo esto nos recuerda el mítico relato de Medusa que cuenta cómo ella tenía el poder de petrificar a quienes la miraban directamente a los ojos. Símbolo de horror y monstruosidad, puede representar la alteridad radical que en su mueca refleja el misterio y la extrañeza de aquello que se sale de los márgenes de lo conocido y lo normal.

En la versión más difundida, la de la mitología griega, el héroe Perseo –símbolo de racionalidad- logra aniquilarla enfrentándose a ella a través de un espejo, para evitar su mirada directa. Sin embargo, contrarrestando “el orden sociosimbólico patriarcal” como diría María-Milagros Garreta, una lectura feminista del mismo mito concibe a Medusa como un poderoso símbolo relacionado con un orden sagrado prepatriarcal. La arqueóloga María Gimbutas prueba que el poder del simbolismo de la Medusa se encuentra en la fusión de la vida y la muerte, y la regeneración constante. Además, era usado como un símbolo contra el mal de ojo, como escudo o amuleto protector. Por su parte, para la filósofa española María Zambrano, la interpretación de la mitología griega donde Perseo decapita a Medusa manifiesta la intención patriarcal de separar la visión de los sentires que vienen asociados a ella. Porque claro, la visión no está nunca disociada sino que se comunica con todos los sentidos del cuerpo, lo que permite que se constituya eso que llamamos “sentido de realidad”. Cuando se la toma por solitaria capacidad humana, entonces se establece una ficticia relación con lo real, desprovista de la magnitud de lo corporal.

Esta breve digresión viene a enriquecer la comprensión del castigo ejemplar que se quiere imponer a la legítima desobediencia civil del pueblo, categoría refrescada gracias a estos últimos acontecimientos. Si se comprende la intención detrás de este castigo, quizás, tan sólo quizás, se pueda contrarrestar su sentido aleccionador, para invertirlo, anularlo y desafiarlo.

Disparar al rostro, a los ojos, es disparar a la Medusa que viene a representar esta revuelta social. Es querer anular el poder radical de lo vivo, porque dicho levantamiento es una lucha por la vida, una demanda por la precarización a la que ésta es sometida. En esta revuelta, los ojos son el vehículo de exhortación y resistencia más sincera y directa a las fuerzas que median entre la elite chilena y el pueblo.

Es un desafío al brazo armado de una cúpula que pretende desmoronar las condiciones que hacen posible la vida, privatizando el agua, contaminando el aire, expropiando nuestra potencia colectiva. Se busca decapitar a la Medusa para anular la posibilidad de mirar a esos ojos que se multiplican y disgregan por las calles, y escuchar su legítima demanda, pues como dice María Zambrano, “cuando se mira directamente, se espera y se da lugar al escuchar. Nadie escucha a la figura reflejada por un espejo”.

La ofensiva de la elite chilena es construir el espejo de Perseo en base a los montajes, a la violencia indiscriminada que a priori corre por las aguas de su democracia, en base al silencio e irresponsabilidad de los que gobernaron estos últimos 30 años. Es querer incrustar la ley del Padrea punta de metralla, violación y muerte.   Si creemos que el espejo basta para decapitarnos, entonces nada habrá valido mucho. Pero si pensamos que no hay espejo posible, que nuestra fuerza reside en nuestros sentidos aunados, inconmensurables a su pedagogía de la crueldad  (esa que nos quiere obligar, como dice Segato, a través de hábitos y prácticas a transmutar lo vivo y su vitalidad en cosas), entonces nuestros heridos y nuestros muertos serán la tierra fértil para que la Medusa se regenere una y otra vez, y sus ojos, despiertos infinitamente, no vuelvan a cerrarse nunca más.

*Andrea  estudió filosofía en la Universidad de Chile. Vivió 7 años en Argentina, y actualmente realiza estudios de doctorado en la Universidad de Barcelona sobre filosofía feminista.

[1]Claros del bosque, Apéndice. El espejo de Atenea I, Barcelona, Seix Barral, 1986.

 

 

 

 

 

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