Imagen: Nadia Gómez

*Por Juliana Quintana Pavlicich

El kintsugi es una técnica japonesa que consiste en pegar las piezas rotas de una vasija con oro derretido. En lugar de ocultar la grieta, la intención es que se vea más que antes. Lo mismo sucede con el texto. Para Josefina Licitra, nuestra forma de mirar el mundo está condicionada por nuestras coordenadas de valores, generacionales, geográficas, familiares, económicas y sexuales. Por eso, considera que, en lugar de esconderlo, es mejor hacerlo evidente.

A Josefina el cabello negro le cae sobre las orejas. ¿Qué te pasó en la derecha? “Es una malformación, nací así. Después me hice una serie de operaciones que fueron un fracaso”. Las líneas de su historia están escritas en su piel, y pareciera que así también se propone narrar las marcas que dejamos en el mundo.

En su publicación Escrito sobre el cuerpo habla de las tres operaciones que tuvo de adolescente: “El plan médico buscaba reconstruir el pabellón auditivo, quitar cartílago de una costilla, darle forma, envolverlo en piel —mi propia piel, quitada del lado interno de un brazo— y transformar semejante manualidad en una oreja que nos dejara a todos contentos”, escribe.

La están entrevistando para un programa de radio en el corazón del Jardín Botánico de Medellín. Es el Festival de Periodismo Gabriel García Márquez y escuchamos cómo le preguntan por el uso de la primera persona en el periodismo, por las herramientas literarias en el texto, por la construcción de escenas, por el futuro del oficio. Su voz se escucha estridente y aguda. Así escribe Licitra.

Quienes no la conocen, paran a escucharla.  Está diciendo que a nuestra generación le falta un relato propio. Que todavía la voz de los jóvenes está muy imbuida por lo que sus padres quieren que digan. “Yo espero un poco más de rebeldía, en ese sentido”, dice. Repite un par de veces que no tiene mucho “prurito” con el uso de la primera persona (le gusta mucho esa palabra) y hace un zig zag mientras habla, como si se estuviera editando en vivo.

Decir de Licitra que escribió para la Rolling Stone, Newsweek, Vogue, Brando, El País Semanal, Etiqueta Negra y Gatopardo, todavía es poco. En el 2004 ganó el premio CEMEX-FNPI en la categoría texto. Dictó talleres de crónica periodística y publicó los libros “Los imprudentes. Historias de la adolescencia gay lésbica en Argentina”, “Los otros. Una historia del conurbano bonaerense”, “El agua mala. Crónicas de Epecuén y las casas hundidas” y “38 estrellas. La mayor fuga de una cárcel de mujeres de la historia”. Josefina Licitra marca los ritmos de la narración periodística latinoamericana.

 

38 estrellas

Para la cronista platense, el periodismo narrativo le quita maniqueísmo y le aporta complejidad a las personas y a las historias. Anular la primera persona en el relato no tiene nada que ver con la pretensión de objetividad, porque la objetividad no existe. “En Orsai, por ejemplo, nos interesa más encontrar a gente herida, de alguna manera, que tenga algún tipo de grieta interna y que en esa herida pueda encontrar universalidad. A veces, buscar formas nuevas no es ir a buscar muy lejos, capaz que es ir a buscar para adentro”.

Para la elaboración de 38 estrellas trabajó con una de las herramientas periodísticas más complicadas: la memoria. Escribió sobre las 38 presas políticas que se escaparon de una cárcel de mujeres en Montevideo en 1971, la mayor fuga de mujeres de una cárcel en Uruguay conocida como la Operación Estrella. Para eso accedió a 15 entrevistas personales con las protagonistas que integraban el Movimiento Tupamaros en aquel entonces.

“Lo que pasó creo que es como una idea casi religiosa o filosófica de lo que es la verdad. Ontológicamente es imposible saber qué pasó con nada. Uno siempre tiene versiones, salvo las cosas que le pasaron a uno mismo, pero, incluso, uno sobre sí mismo se construye relatos. Traté de manejarme de una manera casi matemática. Cuando veía puntos de intersección entre relatos suponía lo más cercano a una verdad. Pero fue muy difícil”, confiesa la cronista.

Pero, ¿por qué nadie hablaba de este episodio histórico antes que ella se propusiera escribir el libro? Josefina manejó dos hipótesis: la primera, es que dos meses después, en septiembre del mismo año, en Uruguay 111 varones se escaparon del penal de Punta Carretas. Esto tapó gran parte de las acciones militares y de propaganda que se hicieron en fechas próximas al acontecimiento. Y la segunda hipótesis, es que la Operación Estrella sucedió en un tiempo en que las mujeres ocupaban un lugar menospreciado y desatendido.

“Para ellas era muy lógico que no se hablara de lo que pasó. Forman parte de un status quo que va más allá de los tupamaros. Sucedía en Uruguay, en Argentina, en el continente, en el mundo. Siempre las mujeres fueron como carne de cañón. Eran base entre los movimientos de izquierda, que fueron muy piramidales y las mujeres no cumplían funciones de mando salvo excepciones”, explica.

 

Crónicas sin molde

¿Sobre qué vamos a escribir? ¿Cómo lo vamos a contar? ¿Por qué esta historia y no otra? Son algunas preguntas que Josefina nos planteó en el taller Crónicas sin molde que impartió en el Festival Gabriel García Márquez. Más de 500 personas se anotaron al taller, y es que desde las distintas latitudes de América Latina nos damos cuenta que, de a poco, nuestras formas de escribir se están anquilosando. Queremos conocer el secreto de Licitra. En cuatro horas de clase, Josefina desarmó las fórmulas prefabricadas del periodismo narrativo y nos despertó de un largo sueño de los lugares comunes en la narración canónica.

Le dedicó un apartado importante al problema del silencio. En un momento en el que se pondera el tiempo real de la noticia, el slow journalism adquiere un nuevo tono. Reducir la velocidad, aumentar los tiempos dedicados a la reflexión y al análisis son algunas de las características que hacen a la subcultura del periodismo lento. Surge como una alternativa al ruido producido por el periodismo mainstream y hace sus esfuerzos por producir un texto de buena calidad.

“Creo que tiene que ver con que no hay ese silencio que te permite parar y decir bueno, ¿qué es esto? Tengo este problema, ¿qué hago? entro y salgo del texto. Esas preguntas no se las hacen muchos periodistas. En general, por falta de tiempo, y ya después porque se transformó en una forma de trabajo”, expresa.

En un momento del taller, Josefina contó que una amiga fotógrafa, un día le dijo que no existe tal cosa como la crisis de la página en blanco. Porque no existe una página en blanco. La página está poblada de palabras y de posibles fórmulas, lo que hacemos al escribir es ir borrando el “excedente”. Quizás, un poco, hablar de lo que dejamos en el texto es hablar de una cicatriz que compite por ser recordada.

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