Ilustración: EL Universal

*Por Kuñambaje

Vivir en una sociedad patriarcal es un factor de riesgo para la salud mental de las mujeres, es necesario decirlo para visibilizarlo, problematizarlo y hacernos cargo como sociedad de toda la carga imperceptible que normalizamos a través de décadas de enseñanzas que han pasado de generación en generación.
No es menor la responsabilidad de trabajadores de salud mental y medicina clínica. Como señala la Dra. Batres; conceptos implícitos en teorías psicológicas en donde la mujer es vista con características desvalorizadas como si fueran algo innato, natural, biológico e inevitable; teorías que actualmente forman parte del entrenamiento de médicos/as, psiquiatras, psicólogos/as que se articulan y operan en la práctica clínica y generan actitudes sexistas en la relación terapéutica.

Las mujeres en las sociedades patriarcales (en mayor o menor grado rudimentarias) son puestas en un status de ciudadanas de segunda categoría, de subordinación y al servicio de los hombres y el sistema capitalista que las sobreexplota, al ser exigida a ser buena madre, a la vez buena amante (bien puta pero no tanto, solo con su dueño), cumplir con los estándares de la belleza hegemónica, ser buena profesional sin descuidar sus roles de cuidadora y asumidos en absoluta soledad, no enojarse, no cansarse y no quejarse, el trabajo mental que supone organizar y prever todos los cuidados, aún cuando en sus diferentes roles y espacios ya sean privados o públicos, sean acosadas y violentadas.

La sociedad las llaman locas o histéricas, claro; ¿cómo se van atrever a enojarse o verse agotadas y sobrepasadas por las exigencias y las opresiones?
Las afecciones a la salud mental están relacionadas a la incompatibilidad de estas funciones estereotipadas con las necesidades y aspiraciones de muchas mujeres y a la sobrecarga que le impone la triple jornada. (Batres, 1997).

¿Afecta la salud mental de las mujeres vivir, convivir y tratar de sobrevivir en una sociedad que desvaloriza, cosifica y menosprecia a las mujeres desde la normalización y legitimización de estos hechos?
Parece obvia la respuesta pero pasa inadvertida en el día a día. El costo emocional es muy alto y trae consigo si bien no afecciones emocionales, afecciones psicosomáticas o una combinación de ambas. Existe un término que es asignado a quienes han pasado por hechos de extrema violencia; el estrés post traumático, éste suele darse en sobrevivientes de guerra, sobrevivientes de desastres naturales y sobrevivientes de violencia de género.

A nivel mundial, la carga de salud por la violencia de género entre las mujeres de 15 a 44 años es comparable a la representada por otros factores de riesgo y enfermedades. Investigaciones feministas han constatado que la violencia es correlativa a la condición genérica, a la condición de subordinación de las mujeres, y que se presenta a lo largo de toda su vida. Las mujeres se enfrentan cotidianamente a diferentes niveles de riesgo hacia su salud. La desigualdad de género menoscaba la plenitud individual de las personas y frena el desarrollo de los países y la evolución de las sociedades.

Los efectos en la salud mental de las mujeres son alienantes en sociedades como las nuestras; Los síndromes depresivos han sido reconocidos desde Hipócrates (Shader, <br>1994), pero el identificar que las mujeres lo sufren en mayor medida es más reciente.
Estudios demuestran que las depresiones afectan principalmente a las mujeres y una razón por la cual éstas se deprimen más que los hombres, es por tener menos fuentes de satisfacción, ser discriminadas.

La terapia género-sensitivo tiene como tema central el reconocimiento de que para las mujeres, vivir en una sociedad sexista, ha tenido un costo en su salud mental. Que la opresión que ha vivido, basada en el género, la clase y la etnia, han generado grandes problemas en su autoestima y en la falta de poder y autonomía. La práctica terapéutica debe devolverle el poder a las mujeres. (Batres, 1999)

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