Ilustración: Chuleta Prieto, especial para MUTANTE

*Por Fabiola Ivaszuk

Cada 1 de Diciembre se recuerda el Día Mundial del Sida, todos los países del mundo ratifican su compromiso para eliminarlo, incluyendo el nuestro. Se resaltan los avances médicos, ya el VIH/sida dejó de ser una enfermedad “infectocontagiosa” para volverse “crónica”, tanto que hoy en día una persona que vive con VIH tomando una pastilla al día puede lograr carga viral indetectable y no transmitir el virus.

Lastimosamente a nivel de prejuicios sociales no se dieron los mismos avances que en el aspecto Biomédico; el estigma y la discriminación matan más que el mismo virus, entonces nos toca preguntarnos ¿qué es lo que hace que un diagnóstico de VIH sea mucho más impactante que un diagnóstico de cáncer u otras enfermedades crónicas?

Lo que pasa es que el Vih está relacionado con la sexualidad y las prácticas sexuales, y  los moralismos tienen un impacto decisorio en la epidemia del VIH. En nuestro país “tan provida” y “profamilia” tener un diagnóstico de Vih significa directamente la muerte social, ser el foco del chismerío del barrio y la habilitación de todo tipo de maltrato, incluso en las familias.

Además, el nivel de discriminación no es el mismo para todas las personas que viven con VIH, ya que varía según el género, orientación e identidad sexual, y nivel de empobrecimiento. La desigual distribución del poder por cuestiones de género juega un papel importantísimo tanto para la transmisión del virus, en la adherencia al tratamiento y en la calidad de vida de las personas que viven con el virus.

Si bien es cierto que el Estado, a través del Ministerio de Salud provee los insumos, la atención y los medicamentos para el VIH, el enfoque de género dentro de las políticas estatales sigue siendo muy retórica, está plasmada en sus planes pero no pasa de lindas intenciones con escasos recursos, a parte que todavía siguen visualizando el género como sinónimo de niña/mujer, con una mirada binaria, excluyente de toda la diversidad en nuestro país.

En las escuelas prácticamente está prohibido hablar de sexualidad, y si se aborda se hace desde la mirada moralista, utilizando la antigua fórmula del miedo y el castigo, y es en este marco en el que se habla de VIH como «shake! lo que te puede pasar si tenés relaciones sexuales», no se habla del preservativo, sexo seguro, ni mucho menos de los vínculos y las relaciones de poder que se dan en una pareja. Y es así como se crea y se reproduce el imaginario colectivo del VIH como un fantasma que persigue a todo aquel que tenga varias parejas sexuales, que realice el trabajo sexual, tenga relaciones homosexuales u ose tener una identidad sexual diversa.

Se crece pensando que el VIH es un problema de “otros” y que es el castigo por romper las normas morales y las buenas costumbres. Y es justamente esta creencia la que vuelve más vulnerable a una persona a adquirir el VIH, siendo la práctica de riesgo más común la de tener relaciones sexuales sin protección.

Se realza la abstinencia y la fidelidad como métodos de prevención, teniendo como contexto una sociedad machista, donde se estimulan las prácticas sexuales riesgosas en el varón, se condena la sexualidad de las mujeres, se niegan y satanizan las relaciones homosexuales.  Y para completar el paisaje aparece el discurso de la culpa individual y desaparece la responsabilidad estatal cuya obligación es la de brindar una educación que dote de las herramientas necesarias para que las personas puedan disfrutar de su sexualidad de manera segura y placentera, apuntando a erradicar el machismo que mata y nos violenta todos los días.

Está tan invisibilizada la sexualidad en nuestro país que incluso en las formaciones universitarias, principalmente en el ámbito de salud, no se analiza como una dimensión más de la vida de las personas, a no ser que algún docente o grupo de estudiantes se arriesguen y traten de romper el estatus quo proponiendo una visión integral. Por eso, no es de extrañar que en la praxis en los servicios médicos, de enfermería, de salud mental se discrimine, se estigmatice y se siga reproduciendo el mismo modelo juzgador y castigador.

Es innegable que se logró dar un paso importante con la gratuidad del tratamiento del VIH en Paraguay, pero para garantizar el derecho a la salud de todas las personas es imprescindible remover las barreras socio-culturales que mantienen y alimentan los prejuicios, el estigma, la discriminación, y que se traducen en violencia institucional por acción y por omisión.

El Estado debe dar respuestas integrales en todas sus políticas, siendo la medida más urgente y necesaria la de no permitir la injerencia de las Iglesias en las decisiones públicas y sacar la sexualidad del clóset del Medievo.

Fabiola es psicóloga, feminista, trabajadora de la salud mental con perspectiva feminista y forma parte del colectivo feminista Espacio Juliana.

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