Por Danae Prado Carmona*

Polera naranja fluor, calzas negras, zapatillas doradas. Todo listo para salir. Hace tres días las Mujeres Autoconvocadas de Macul decidimos sumarnos al llamado de LASTESIS y hacer la intervención callejera «Un violador en tu camino», en las afueras de la 46 Comisaría de Macul, acusada de torturas, apremios ilegítimos y abusos sexuales contra mujeres y niñas en el marco de las movilizaciones del estallido social.

Llevamos solo un mes organizadas, pues después de un llamado a Cabildo de Mujeres de este territorio  decidimos seguir juntas, reconstruyendo tejido social. Somos una de las miles de organizaciones sociales que han surgido al calor de las movilizaciones que tienen en vilo al sistema neoliberal en Chile, el hijo predilecto del modelo.

Nos subimos al auto, vamos camino a una plaza donde nos reuniremos para ensayar la coreografía y la letra de la intervención. Conversamos de varias cosas, pero es claro que estamos nerviosas: ¿cuántas llegarán?, ¿habrá represión policial?, ¿podremos coordinarnos?, ¿cómo reaccionarán las y los vecinos?

Llegamos a la plaza. Un grupo de unas 15 compañeras ya se reúnen para coordinarse. La mayoría son de la organización. Al llegar seguimos sumando brillos a nuestra vestimenta: siendo muy obedientes a las instrucciones LASTESIS, vamos de flúor, como listas para una fiesta. A mi me agregan una corona brillante porque estoy en mi cumpleaños número 39. Qué gran momento para cumplir años.

Entonces, caminamos hacia el punto. Vemos desde lejos que ya hay muchas mujeres reuniéndose en la  esquina. Son cientas. Nos reunimos en una vereda y empezamos a ensayar. Las micros y autos pasan por la calle y nos tocan la bocina en señal de apoyo. Una extraña sensación de complicidad nos envuelve a todas y, tal como dicen los carteles de las calles, no nos conocemos pero nos necesitamos y nos encontramos en la convicción.

Ya listas, avanzamos hacia la Comisaría. Ya somos casi 300 mujeres y nos tomamos la calle, nadie pretendería decirnos lo contrario, la convicción de que estamos en lo correcto nos hace caminar diferente y apropiarnos del espacio público que siempre nos han negado. Desde los albores de la sociedad moderna cuando nos dijeron que la casa era nuestro lugar natural, que el espacio público estaba destinado a los hombres, que eran más «fuertes» y menos «sentimentales» que nosotras, y luego, cuando nos tomamos el espacio público y nos siguen diciendo que no caminemos por ciertos lugares por que nos puede pasar «algo» o que no intentemos ocupar espacios de poder porque no podremos cumplir. Hoy todo eso queda atrás, nos tomamos las veredas, las calles, los parques y las plazas.

Nos instalamos frente a la Comisaría. Llevamos escotes y brillos, mostramos piernas y bailamos, les incomodamos. Instalamos nuestras cuerpas diversas frente a sus ojos para que les molesten, porque somos libres de tomar nuestras cuerpas y usarlas para luchar,  quitándoles el poder que se han tomado cuando nos detienen y nos obligan a desnudarnos, nos manosean en las detenciones e incluso, nos violan.

Y empezamos a cantar. El grito surge con fuerza. Las compañeras que cuidan la actividad nos arengan. Decenas de celulares nos graban y fotografían. La mayoría son hombres, vecinos, amigos y compañeros  de quienes bailan. Pero también son transeúntes, que se impactan cuando gritamos a todo pulmón «el violador eres tú» y apoyan cuando decimos que el violador es «el Presidente».

Cuando llegamos a la parte que a todas nos resuena en la mente una y otra vez, se me viene a la mente una y otra vez, que la culpa no fue mía ni donde estaba ni cómo vestía. Tenía 6 años, jugaba en el pasillo de mi edificio y vestía un short y una polera. Un hombre alto y pelado me comenzó a hablar y me convenció de ir hasta la escalera del edificio. Bajó mis calzones infantiles y me tocó. Yo no lograba comprender nada. Solo recuerdo que quería salir de ahí. Una mujer me salvó, pero no lo sabe, pues se sintieron unos tacos bajando la escalera. Entonces, el hombre sin pelo en la cabeza me soltó y yo corrí, corrí a casa. No le conté a mi mama hasta mucho tiempo después. Ella me abrazó y se arrepintió de esos 10 minutos en que no me tuvo a la vista.

Se me vienen a la mente las 300 mujeres con las que canto, bailo y grito con rabia y con fuerza sorora. Mi madre, mis tías, mi hermana, mis primas, mis amigas, mis compañeras, mi hija. Se me vienen a la mente las detenidas desaparecidas, las ejecutadas políticas, las mujeres torturadas y violadas en la Dictadura de Pinochet. Se me vienen a las mente las asesinadas por el Estado conducido por Piñera. Las detenidas y abusadas sexualmente, las secundarias desnudadas en las comisaría.

Porque el patriarcado nos juzga desde que nacemos y nos hacemos mujeres. Define el camino que deberíamos seguir para ser fieles a sus designios y nos oprime, nos golpea, nos aprieta, nos desaparece, nos invisibiliza, nos viola, nos mata, cuando decidimos salirnos de sus designios.

En ese momento no lo sabemos, pero estamos siendo parte de un grito global. Miles de mujeres alrededor del mundo están realizando la misma intervención. En Estambul, en Australia, en Francia, en Italia, en Alemania, en Inglaterra, en Estados Unidos, en Guatemala, en Costa Rica, en Perú, en Bolivia, en Brasil, en Uruguay, en Argentina, en Uruguay, en Colombia, en Paraguay, en El Salvador.

Cuando terminamos de intervenir, gritando con fuerza «El violador eres tú», saltamos y nos abrazamos. Ya no tenemos nervios ni vergüenza. Ya nos sabemos poderosas, fuertes y unidas. Mi corazón palpita fuerte y mis piernas quieren seguir moviéndose. Hacemos una ronda para seguir gritando. No nos queremos soltar.

«¡Vamos a Macul con Agrícola!», «¡vamos a Quilín!», «¡vamos a la Escuela de Suboficiales!», «¡marchemos!». No nos queremos detener. Nos negamos a seguir la vida tan rápido y perder ese momento de profunda solidaridad y unidad. Unas jóvenes sacan a sus madres de la casa y les dicen que vayan a marchar, que se sumen.

Con mis amigas y compañeras nos vamos, pasamos por fuera de una casa y escuchamos a una mujer adulta entonando el coro «el violador eres tú». Estamos en todas partes y nos negamos a volver a ser invisibilizadas. A segunda fila nunca más.

La intervención «Un violador en tu camino» se hizo global. AlgunOs, así con O mayúscula, no se explican cómo pasó esto, pero las mujeres tenemos claro que todas tenemos en común la opresión que el patriarcado pone en nuestras cuerpas en todas las etapas y espacios de nuestras vidas. En nuestros caminos encontramos a representantes de esta opresión vestidos de jefes, compañeros de trabajo, profesores, amigos, parejas; pero también de Iglesia, medios de comunicación, escuela, Estado.

Asimismo, hoy en nuestros camino no solo encontramos violadores, sino que también compañeras que nos tienden sus manos, que nos dan sororidad incluso sin conocernos, que se rebelan a los caminos patriarcales y que nos abrazan en la convicción de que somos más, de que venceremos y que cuando lo hagamos, será hermoso.

 

*Danae es periodista feminista comunista, Editora en Chile de Revista Emancipa. Integrante del Círculo de Acción Feminista Akelarre y de las Mujeres Autoconovocadas de Macul. 

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