Los Enamorados (Tarot)

 

Por Manuela Bares Peralta*

¿Quién diría que el título de un cuento de Raymond Carver sería el disparador para hablar del romanticismo argentino? Una época impregnada por voces masculinas que darán origen a las obras más importantes de la literatura romántica argentina: peleas a cuchillo, enfrentamientos entre unitarios y federales. Relatos que sobrevivieron los cambios de época y todavía invaden las curriculas escolares. ¿Cómo podemos hablar de amor en la era pos-moderna sin volver sobre las historias que le dieron origen?

Era el siglo XIX: una generación de escritores inspirados en el romanticismo europeo construyen su propio género. Llanuras, kilómetros de campo virgen, una civilización anquilosada en el Puerto de Buenos Aires  y una barbarie convertida en mito. Sobre los vestigios de los enfrentamientos entre unitarios y federales se construyeron las grandes obras románticas que marcarán la historia de nuestro país. Relatos que en su afán de someter la identidad de las provincias del interior terminarán por inmortalizar a los héroes románticos de una época como Facundo Quiroga y el gaucho Martín Fierro.

Los personajes del romanticismo argentino no tienen nada que envidiarle al Heathcliff creado por Emily Bronte. Dos décadas después, Hernández construye un Fierro igual de indomable y forajido que el personaje de Cumbres Borrascosas, obligado a vivir en un exilio permanente alejado de la civilización para luego condenarlo a ser un engranaje más de una sociedad asediada por la injusticia, donde los indios serán aniquilados por los mismos terratenientes y políticos que forjaran las grandes obras de esta época.

Borges fue uno de los primeros escritores del siglo XX en cuestionar esa mirada aleccionadora sobre la historia y le ofrece a Fierro en su cuento “El fin” la posibilidad de morir en un enfrentamiento a cuchillo, una muerte mucho más justa que la domesticación a la que Hernández lo había sometido en la La vuelta«.

¿Cómo podemos desentrañar la idea del amor en la literatura argentina sin retrotraernos a la época que lo constituyo como la columna vertebral de su retórica? ¿Cómo podemos hablar de amor sin rastrear en los orígenes del movimiento literario que describió los escenarios en los que fue parido y criado?

Años después, escritores argentinos se animaron a desafiar al propio género y construyeron  otras realidades posibles para ese personaje romántico del siglo XIX y, al construirlas desafiaron a las historias que le dieron inicio al amor en nuestra literatura. Martín Kohan en su cuento “El amor« nos muestra a un Fierro que sucumbe ante el amor con otro hombre. Ambos comparten un beso de hombres, un sexo de hombres, un amor de hombres. En esta nueva época, la literatura argentina se anima a ofrecerle a este gaucho un final mucho más valiente: «Se echan mansos el uno junto al otro. Se pasan de mano en mano el cigarro que Cruz ha encendido. Ven los humos que cada cual sopla mezclarse en el aire y hacerse uno solo. Sonrién satisfechos: son felices y lo saben. Han descubierto el amor».  Porque al redefinir su historia, redefinimos el género porque, tal como lo hizo Borges años antes, al cambiar el final de uno de los cimientos de la literatura romántica argentina modificamos la literatura toda.

Gabriela Cabezón Cámara se anima a ir más lejos y le da voz a otro personaje “La China« y, a través de ella a todas las mujeres de una época contada sólo por varones. “La China» ama pero no ama a Fierro, el gaucho que la ganó en un partido de truco y la desposo a los doce o a los hijos que tuvo con él, sino que ama haberlo perdido, en definitiva, ama su nueva libertad: Jamás pensé en ir tras Fierro y mucho menos arriando a sus dos hijos. Me sentí libre, sentí cómo cedía lo que me ataba y le dejé las criaturas al matrimonio de peones viejos que había quedado en la estancia. Les mentí, les dije que iba a rescatarlo. El padre volvería o no, no me importaba entonces: tenía catorce años más o menos y había tenido la delicadeza de dejarlos con viejos buenos que los llamaban por sus nombres, mucho más de lo que nunca había tenido.

El romanticismo argentino, los cimientos de la literatura que daría origen al género gauchesco y a todos los géneros que vinieron después fue contado y protagonizado por hombres. Hombres que describieron el amor a través de llanuras y matanzas, que envidiaron a otros hombres hasta transformarlos en villanos de su época, que ignoraron a las mujeres que los rodeaban y las condenaron a ser una parte más del paisaje, no se animaron a escribir odas de amor y terminaron por construir manifiestos de odio que, por momentos, rozaron la admiración ¿acaso no es el Facundo una confesión de amor?

A través de estos textos tenemos la oportunidad de reescribir el origen del amor, de desafiar a las voces que lo escribieron y contaron. Y es, a raíz de este desafío, que podemos comenzar a edificar una nueva concepción de amor: más diversa, más posible y más cercana. Nos animamos a pensar el amor desde otras formas: una celebración travesti, una maternidad no deseada, una amistad invencible. Esta nueva concepción de amor recrea relatos menos idealistas y más terrenales, nos regala una felicidad y una decepción posibles. Ya no nos obliga a exiliarnos porque a esta nueva concepción de amor la reclamamos: fue creada y parida por nosotres, es nuestra y nos pertenece.

*Manuela es estudiante de derecho, integra la Red de Abogadas Feministas, militante y activista feminista

Deja un comentario