*Por Fabio Franco Pacua

Nuestra formación profesional, en general, es bastante elitista y lejana de varias realidades. Básicamente cuando los profes hablan, poco a poco insertan en su discurso un aspiracional de trabajo, un “cliente” de clase media alta.

Los manuales de intervención, muchas veces no ponen en cuestionamiento las brechas de desigualdad social y el marco político de nuestro “hacer”, se plantea un paso a paso que es útil para ese sector de la población, él que si puede cumplir con las cinco recomendaciones para “estar bien”.

Poco nos entrenan en el rescate del saber local, en poner en tensión nuestras prácticas con una ética y de situarnos en un contexto concreto más allá de nuestro “cliente aspiracional”.

Por lo tanto, no debe ser raro, en el marco de la pandemia del covid-19, que la mayor parte de las medidas y estrategias sean pensadas en esa representación de ciudadana/o clase media-alta urbana y desde la reproducción de manuales y protocolo hecho en otros contextos. Sin embargo, las realidades de las poblaciones empobrecidas son muy distintas a la de los “flyer” de concientización, por ejemplo.

Las poblaciones peri-urbanas de Asunción viven situaciones concretas que aparentemente no indignan ni preocupan tanto, difícil encontrar respuestas en los manuales y protocolos, algunos de ellos son:

-Desabastecimiento del agua potable (¿?) y aguas servidas en los territorios por donde caminan (háblame de lavado de manos)

-Hacinamiento en cada hogar, donde en pocos metros cuadrados se debe (sobre)vivir entre muchos (háblame de aislamiento)

-Electricidad, muchas veces sin luz por largas horas (hablame de actividades dentro de la casa)

-Trabajo, pocas personas con suerte ganan un jornal diario mínimo (cuando hay trabajo), muchas de ellas dentro del “mercado informal”; ¿cómo se puede comprar comida sin dinero por delivery? (hablame de que es mejor quedarse en casa y trabajar on line)

-Salud, hace rato que las patrulleras de la comisaria son las ambulancias (hablame de cuidado sanitario)

-Educación, para tener la educación media pública y gratuita hay que salir de la comunidad e ir al centro de Asunción (hablame de que la educación es la base de todo)

– Violencia, esta situación de emergencia desnuda una vez más la violencia social y económica: ¿cómo se hace para acompañar las poblaciones que viven dinámicas sociales complejas en este contexto de crisis y desigualdad, cuando la inversión social y el alcance de las políticas públicas todavía son una expresión de deseo? (hablame de responsabilidad y conciencia)

La lista podría y los ejemplos podrían continuar, más aún en un país donde la amenaza es “AMENAZA” cuando le toca a cierto sector cuyo mérito es tal, que todo está pensado para ellos (Háblame de Estado)

En este punto no puedo de dejar de preguntarme ¿a quién(es) cuida el Estado?, ni tampoco dejo de pensar en un líder comunitario que conocí acompañando la pasantía como docente de la cátedra abordaje comunitario II de psicología comunitaria de la UNA. Él hace poco me dijo, refiriéndose a su comunidad, “acá somos albañiles, pescadores, trabajadoras domésticas, recicladores, si no salimos a trabajar no comemos, nuestro trabajo es el día a día, ahora no tenemos nada, los niños toman cocido sin azúcar para no tener hambre”. Pienso en él y en su señora, quienes tanto quieren cuidar a su hijo, pero no pueden, y el no poder se experimenta como dolor y sufrimiento.

Mientras, el tiempo institucional del Estado no se mueve al mismo tiempo que el hambre, ese que grita en el estómago y en los ojos. Él y su señora ya son mirados como clandestinos, primero por vivir donde viven (los de ahí son todos ladrones y son pobres porque quieren), segundo porque si se atreven a salir está un lince u otro ojo/garrote al acecho, brindando una performance de lo irresponsable que son para hacer lo que hacen (apareciendo en tu celular como espectáculo pedagógico), tercero porque ahí luego no hay respuesta del Estado, y entonces hay que empezar a sobrevivir de cualquier forma (ninguna de esas formas probablemente estén en los manuales y protocolos).

Mi intención no es hacer un cancionero derrotero, menos ser pesimista en tiempos donde el mandato es ser optimista y tener siempre presente la “garra guaraní”, total, esta epidemia nos va a dar lecciones para ser mejor persona.

Al mismo tiempo, pienso en lo que siempre aparece cuando la vida está en peligro, los lazos de cuidado y las redes de protección, esas personas que siempre están (antes, durante y después). Muchas respuestas no se construyen con esas personas, pero su sabiduría de cuidado-afecto-acción-compromiso permite (sobre)vivir y construir un futuro más próximo y humano. No me parece raro que ni figuren en los manuales, son invisibles, probablemente porque no se las puede institucionalizar ni academizar. Son esa reserva de esperanza que están tres pasos más adelante, en un trabajo de sostén y acompañamiento.

*Fabio Franco Pacuá es psicólogo Comunitario – Miembro del Centro de Estudios Humanistas Arandú Saité y del colectivo de psicologxs Narrativa PY.

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