Ilustración: Día Pacheco

* Por Clemen Bareiro Gaona

El ministro de la Secretaría Nacional de Emergencias de Paraguay, Joaquín Roa, el 25 de marzo comunicó a la población que se cancelaron los kits de alimentos que estaban previstos para las familias más “necesitadas” y que en su reemplazo entregarían, a través de transferencias monetarias, 230.000 guaraníes (USD 35) a 330.000 trabajadores y trabajadoras.

El anuncio de la entrega de kits fue hecho por el ministro Roa sin tener claro ni el contenido, ni quiénes distribuirían, o quiénes serían los y las destinatarias. La actuación de Roa parecía más un gesto para ganar puntos políticos que acciones de un gestor público.

Mujeres y hombres recurrieron a las municipalidades para retirar una provista que en realidad nunca existió. No se dónde determinaron que se acabe el circo y el ministro se dedicó a explicar en los medios de comunicación que él nunca se prestaría a sacar provecho político de una situación tan grave, que renunciaría si alguien quería manipular políticamente la entrega de kits. Ni renunció y en algún lugar se decidió que los kits no eran la opción.

La nueva propuesta de transferencias monetarias beneficiará a 330.000 trabajadores y trabajadoras, es decir, igual número de familias de 5 miembros, como promedio. Muchas de ellas, con niñas, niños y o adolescentes en edad escolar. Las personas deben cubrir los gastos de manutención de sus viviendas, algunas pagar un alquiler y otros gastos de servicios: salud, educación. Pero tengamos en cuenta que solamente la canasta básica familiar, según cálculos del Ministerio de Agricultura y los supermercados de plaza, llega a G 236.016. 

No me queda más que preguntar de qué manera piensan que sostendrán sus vidas estas personas que tienen que cumplir con la medida sanitaria y garantizar la alimentación de sus familias. Lo que el gobierno les ofrece como alternativa ni siquiera cubre el total de la canasta básica.

Me pregunto cómo hacemos como sociedad para que la indignación no sea selectiva con quienes salen a las calles a buscar alternativas para soportar esta crisis que va mucho más allá de la sanitaria. ¿Cómo pararse en este mundo donde hay privilegios para pocos y carencias para la mayoría? Esta crisis del coronavirus nos llama a todas y todos a frenar y sentirnos, es cierto, pero también a mirar más allá de nuestros espacios seguros para comprender que no es azaroso que el sistema de salud colapse. No es extraño que no haya suficientes uniformes para las profesionales de blanco, mascarillas o alcohol en gel, que trabajen sin bioseguridad ni que el primer fallecido por COVID-19 sea un médico. Ni hablar de las camas de terapia intensiva en los hospitales.

Nada es al azar. Hoy varios medios publicaron datos respecto a la cantidad de camas de terapia con las que cuenta el país. Quedó en evidencia que entre 1947 y 2008 se instalaron apenas 70 camas. Entre 1954 y 1989, durante 35 años de dictadura, un pequeño grupo se enriqueció. Hoy, gracias a esos años de enriquecimiento a costa del empobrecimiento de otros, ese pequeño grupo tiene la capacidad de construir hospitales para sus familiares o llevarlos al extranjero mientras la mayoría ni siquiera posee el monto para cubrir una canasta básica familiar.

En 1989 el Gobierno dictatorial cayó y tuvimos avances sobre todo en libertades públicas y en términos legales, en los papeles. Pero los privilegios y privilegiados continuaron y se fortalecieron. Limpiaron sus rostros y blanquearon sus riquezas. Profundizaron las desigualdades, se fortalecieron entre ellos. Nos gobiernan los de siempre.

Entonces, ¿por qué tanta gente sigue diciendo que no le importa quién gobierne, que no es necesario participar en las elecciones y hasta reivindica la figura del dictador Alfredo Stroessner o de cualquiera de sus aprendices? Gente que sigue creyendo que el problema central es “el paraguayo que no entiende y sale de noche con su remera de Cerro”. ¿Acaso las políticas públicas no son importantes o esto es como un partido de futbol?

Esta crisis demostró y demuestra cada día, con el aumento de los contagios por coronavirus, que la salud debe ser gratuita, universal y de calidad, así como la educación, que necesitamos un sistema de salud que integre a todas y a todos; que los que más ganan deben pagar más impuestos.

La crisis pide a gritos que nos revisemos como sociedad y como Estado. Nos pide que dejemos la indiferencia de lado, que asumamos nuestra responsabilidad, recuperemos la memoria y comprendamos que esto no es azar, es el resultado de años de un sistema excluyente que genera pocos privilegiados y millones de carenciados.

Deja un comentario