Por Danae Prado C.

Por Vesna Madariaga*

La violencia de género es una pandemia mundial presente desde siempre en la historia de la humanidad y hasta el momento ningún país ha logrado erradicarla. En contexto de emergencia, la violencia machista aumenta y se deben desplegar acciones robustas de mitigación. En Chile, en promedio ocurren 130 mil casos de violencia intrafamiliar (VIF) al año y un 38% de mujeres ha sufrido violencia alguna vez en su vida. A la luz de lo ocurrido en Europa y Asia, se estima que el Covid-19 traerá aparejada la propagación de esta pandemia; especialmente violencia de pareja, proyectando un incremento de un 20% a un 30% de casos en Chile, con mayor riesgo de violencia extrema hacia mujeres y disidencias sexo-genéricas.

El confinamiento doméstico impone proximidad física permanente con el agresor y propicia el riesgo de violencia, su gravedad, reiteración y cronicidad. Las tácticas de poder, control y sometimiento de los agresores tienden a intensificarse provocando la pérdida progresiva de autonomía y aislamiento de las mujeres.

Las negligentes medidas adoptadas por el gobierno de Sebastián Piñera ante la emergencia tendrán efectos nefastos con una mayor precarización de la salud y la vida de las personas, potenciando el empobrecimiento y con ello factores que, si bien no son la causa, inciden en una mayor expresión de la violencia machista.

Lo anunciado por la ministra (s) Carolina Cuevas como Plan de Contingencia está lejos de ser una respuesta estructural y tampoco contempla recomendaciones hechas por el Comité de Expertas del Mecanismo de Seguimiento de la Convención de Belém do Pará (MESECVI) sobre medidas para mitigar las consecuencias del COVID-19. Se nos dice que se refuerza la atención del fono 1455, que habrá coordinación con otros organismos públicos y protocolos para Centros de la Mujer y Casas de Acogida, pero se modificó el único programa destinado específicamente a prevenir la violencia hacia las mujeres y fortalecer el tejido social dejando sin prevención comunitaria a mujeres de 29 años y más.

A esto se suma que la inyección de recursos extras destinados a la emergencia es un misterio y sabemos que quienes absorberán el aumento de atención son justamente las trabajadoras de los dispositivos de SernamEG, quienes trabajan externalizadas a honorarios, sin reconocimiento como trabajadoras del Estado y al arbitrio flexibilizador de sus derechos laborales por parte de “ejecutores colaboradores”, susceptibles además de contagio directo de COVID-19.

No es posible prevenir integralmente la violencia machista sin considerar el aumento del desempleo, la incertidumbre, el hacinamiento, el teletrabajo, la sobrecarga de labores reproductivas (domésticas, de cuidado y crianza), el mayor empobrecimiento, el consumo problemático de alcohol y drogas, entre otros elementos que la facilitan. Por ello la Coordinadora Feminista 8 de Marzo ha levantado un Plan de Emergencia Feminista, que pone el foco en generar redes de apoyo, estrategias de cuidado colectivo, alternativas de economía comunitaria, solidaridad y organización.

Las feministas decimos que nosotras nos cuidamos entre nosotras/es, tal como lo hicimos cuando cerca de 3 millones de mujeres, niñas y disidencias marchamos el 8 de marzo más colorido y masivo que se registre. Marchamos desde todos los territorios y con todos los pueblos para denunciar la violencia patriarcal y las violaciones a los derechos humanos en Chile. Y, porque no le perdonamos su silencio, marchamos para exigir al unísono la salida de la exministra Plá, quien a los cinco días figuraba renunciando en La Moneda. El plan de su sucesora apunta a que sean las mujeres las que acudan al sistema, llamando o denunciando, pero olvida que no toda la población de mujeres tiene acceso a las redes comunicacionales y esta brecha se acentúa en las de mayor edad.

Las mujeres les decimos a esas otras mujeres que tengan siempre a mano un bolso de emergencia con sus documentos personales y algunas prendas básicas, que les enseñen a sus hijes cómo llamar y qué decir en una situación de violencia, que ante una agresión inminente eviten lugares de peligro en la casa -como la cocina- y que por sobre todo mantengan contacto con una amiga, con vecinas y vecinos, la señora del almacén o cualquier persona que pueda ayudar o buscar ayuda, contar una casa segura entre vecinas/os, amigas/os para resguardarse. Si bien la violencia afecta de manera transversal a todas las mujeres, la capacidad de superar la situación será mayor mientras más redes tengamos y ante la negligencia de las autoridades, nuestra respuesta siempre debe ser comunitaria.

*Vesna es especialista en violencia de género y Presidenta de la Asociación de Funcionarias/os del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género.

** Columna publicada en El Mostrador.

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