Ilustración de @grettaconganas

 

*Por  Sol Conte, Jimena Alsina González y Celeste Szklanny

 

Abriendo el juego

A lo largo de esta escritura buscamos reflexionar en voz alta sobre el valor del juego en general y su resignificación en el contexto tan particular que nos toca atravesar mundialmente. Desde ese lugar, intentamos dialogar con las exigencias y autoexigencias que se nos presentan en estos días, buscando aportar a la construcción de una perspectiva feminista que piensa el lugar del juego en las infancias y los vínculos en tiempos de pandemia.

Es casi imposible hablar de juego sin tomar como punto de partida la definición que guía la mayor parte de escritos sobre este tema. Se trata del trabajo del historiador holandés Johan Huizinga “Homo ludens”. Esta obra define el fenómeno del juego desde una perspectiva cultural y resulta, aún hoy, una de las obras más sistemáticas y completas sobre el tema.

Este autor define el juego como una “acción u ocupación libre que se desarrolla dentro de unos límites temporales y espaciales determinados, según reglas absolutamente obligatorias, aunque libremente aceptadas; acción que tiene su fin en sí misma y va acompañada de un sentimiento de tensión y alegría y de la conciencia de ‘ser de otro modo’ en la vida corriente” (1968).

 Una primera característica que nos permite delimitar el concepto de juego es su carácter de libertad. 

Para el autor, el juego es libre como opuesto de aquello que consideramos obligatorio, por eso el juego se inscribe en el más campo del ocio. La delimitación de las actividades se vuelve difícil cuando todo lo que sucede es en casa. Se acota el espacio y la novedad, y el tiempo se vuelve algo «líquido». A su vez, por ser una actividad voluntaria, no se puede obligar a otrx a jugar, pero sí se pueden extender invitaciones creativas, interesantes, motivantes, cautivantes. De esto hablaremos más adelante.

La segunda característica es que el juego instaura una esfera y una lógica propia, distinta a la de la vida cotidiana, al mundo de lo real y lo obligatorio. Esta lógica propia, en la que nada es lo que parece, debe entenderse como un “como si”.  ¿Qué pasa cuando lo real -como habitual- toma tintes de a momentos surrealistas? quizás él “como si” oficie de espacio seguro donde encontrar refugio, donde crear por un rato nuevas reglas, donde poder por un rato ser otrxs sin dejar de ser nosotrxs. 

En relación con esta otra realidad -la del juego- que se desarrolla dentro de la vida corriente, encontramos otra característica: el juego queda encerrado en sí mismo, es decir, dentro de sus propios límites de tiempo y espacio, crea un “círculo mágico”. Allí dentro las reglas de la cotidianidad se vuelven obsoletas, para que tomen protagonismo las reglas del juego, únicas soberanas. 

A su vez, una postura interesante es la que aporta la filósofa argentina Graciela Scheines, que fue sin dudas una de las autoras más prolíficas sobre el tema en nuestro país. Para ella, “jugar es fundar un orden y, una vez fundado, someterse voluntariamente y con placer a él” (2017). Nos dice la autora, y en medio de tantas incertidumbres, ¡cierto orden placentero puede ser reparador!

 También nos dice Scheines que el juego se despliega entre el orden y la libertad, entre las reglas y las iniciativas de lxs participantes. Entonces… esta libertad de armar escenarios compartidos, ¿nos permitirá pensar en nuevos y distintos tiempos? Tiempos de encuentros, de placeres, de vínculos, de diversión, de puesta en escena del cuerpo en su integralidad. 

La autora nos invita a pensar que un juguete es cualquier cosa. “Una silla, la escoba, un polín, pueden convertirse en juguetes si se los vacía de utilidad, usos, valor, etcétera; si el jugador los relaciona con otros objetos y se vincula a sí mismo con ellos de manera especial” (2017). De modo que creemos que más necesario que contar con juegos de mesa o juguetes especiales, lo esencial para comenzar a jugar es permitirnos este tiempo diferente al cotidiano, animarnos a entrar a ese círculo mágico que implica pausar una realidad, para crear otras.   

¿Dale que…?

Desde la sociología, el francés Roger Caillois (1986) alude a lo incierto e improductivo del juego, ya que por un lado nunca se sabe cómo va a terminar, y por otro, no se crean bienes ni riquezas dentro del “como si”, y cuando se sale de allí, las cosas vuelven a empezar como la primera vez. Allí donde la incertidumbre rompe con la monotonía, lo improductivo nos permite tomarnos “licencias” o “vacaciones” del trabajo, las tareas, las exigencias, los temores… y hasta de nosotrxs mismxs por un rato. 

Atravesamos hoy un tiempo de excepcionalidad universal: personal y socialmente nos vemos afectadxs por una pandemia inédita. “La idea de “aprovechar el tiempo” en esta cuarentena puede resultar alienante: se volvió un imperativo que se suma a los mandatos preexistentes de tener “una vida plena”. Y en el caso de Argentina y Sudamérica es más desesperante, porque se suma a la necesidad básica de tener una vida sobre la línea de pobreza, con las comidas diarias” (Cosecha Roja, 2020). 

 Esta idea de “aprovechar el tiempo” desde la comodidad las casas y el acceso a las nuevas tecnologías no solamente deja a muchas personas fuera, sino que también niega el estado de crisis y excepcionalidad de nuestros días, y sus repercusiones físicas y emocionales. Ante la sobreinformación actual, la inminencia de propuestas para hacer desde casa y la ludificación de la mayoría de las propuestas pedagógicas, consideramos importante rescatar el valor autotélico del juego: jugar como fin en sí mismo. Tanto el arte y el juego como “inútiles”, experiencias altamente reiteradas en estos días, nos permiten elaborar nuevas preguntas en relación al tiempo, y la vivencia singular de ese tiempo. Así, el tiempo de jugar se diferencia del tiempo cronológico y del tiempo de producir, cuando no se trata de un mandato, sino de una invitación libremente aceptada. 

Jugar, ¿quiénes? Jugar, ¿cuándo?

Todxs, y en cualquier momento de la vida. Incluso reivindicando la “inutilidad” del juego, sería ingenuo negar lo que ocurre de modo subyacente mientras jugamos. Implícitamente, el juego nos permite encontrarnos de otra manera, sabernos juntxs, nutrir lo vincular. Creemos firmemente que el juego se vuelve antídoto frente al confinamiento individual: pasar un rato en una temporalidad otra, implica sin dudas una mayor sensación de sanidad y libertad. 

Aquí aparece lo colectivo como sostén del lazo social, donde paradójicamente nos encontramos unidxs en la tarea de quedarnos en casa. De esta manera, el aislamiento obligatorio no limita la proximidad social. Y nos preguntamos: donde todo lo que se desarrolla en nuestras vidas es dentro de esos límites espaciales, ¿es posible crear y habitar otros espacios dentro de los límites geométricos de cada unx?, ¿puede el juego oficiar de guarida para la imaginación y la creación?, ¿para quiénes y en qué momentos?

Frente a la principal obligación de quedarnos en casa, no podemos pasar por alto la reflexión sobre qué lugar queda para el tiempo liberado de obligaciones. Cuando las necesidades más básicas merecen ser atendidas se vuelve un imperativo tener una perspectiva de género y preguntarnos individual y conjuntamente: ¿Cómo se reparten las tareas domésticas, los cuidados, el acompañamiento de las tareas escolares?, ¿Qué lugar hay para la discusión sobre su distribución?, ¿Qué reconocimiento?, ¿Cuánto tiempo libre de obligaciones le queda a cada persona para poder comenzar a pensar en un tiempo de recrearse? ¿Según qué características o atribuciones varía?

Piedra libre a las infancias

¿Cómo pensar entonces la promoción del juego en nuestras casas? El jugar implica el ejercicio de un derecho para cualquier persona, pero queremos hacer foco en lxs niñxs, porque el juego es sin dudas la actividad central en este momento de sus vidas.

De un modo intempestivo, sus posibilidades de despliegue lúdico se vieron cercenadas al ámbito privado, en muchos casos sin poder compartir sus juegos entre pares, en espacios reducidos, y con adultxs que quizá se ven sobrepasadxs por -en el mejor de los casos- trasladar las responsabilidades laborales a sus hogares.

En cuanto actividad principal en la infancia, el juego permite a lxs niñxs poner en escena su mirada desde un lenguaje que les pertenece, permitiéndoles desde ese lugar la apropiación y transformación del mundo que lxs rodea.  En este sentido, queremos destacar la importancia de dejarles espacio y tiempo a las infancias para que surja el juego espontáneo.

Frente a cierta tendencia a ocupar el tiempo con una sobrecarga de obligaciones o actividades dirigidas -incluso lúdicas-, dar lugar al juego espontáneo es importante, teniendo en cuenta que ya de por sí reacomodarnos a este nuevo e inédito modo de transitar la vida les -y nos- lleva un gran esfuerzo. En la interrupción de la cotidianeidad y los vínculos que implica el aislamiento obligatorio, cuando atraviesa la incertidumbre y el miedo, lxs niñxs pueden tramitar de algún modo sus vivencias y nuevos sentires, angustias y deseos en el juego, que es su territorio por excelencia. 

Creemos que es importante entonces dar lugar al momento donde sean ellxs quienes tomen las decisiones. Que puedan elegir a qué jugar, con quién, y cómo, siendo verdaderxs protagonistas, incluso pudiendo invitar – o no- a lxs adultxs a su juego.

 

*Sol (Técnica Superior en Tiempo LIbre y Recreación)
*González Alsina, Jimena (Profesora Nacional Superior de Expresión Corporal y Técnica Nacional en Tiempo Libre y Recreación)
Szklanny, Celeste (Lic. en Ciencias Políticas y Técnica Nacional en Tiempo Libre y Recreación).

Bibliografía

 

  • Caillois, R. (1986); Los juegos y los hombres, la máscara y el vértigo. Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires.
  • Guardia, V;  Kuiyan, A. (2018). Perspectivas en juego. Juegotecas Barriales en la Ciudad de Buenos Aires. Buenos Aires. 
  • Huizinga, J. (1968) Homo Ludens. Emecé Editores S.A., Buenos Aires.
  • Scheines, G. (2017). Juegos inocentes, Juegos terribles. Espíritu Guerrero Editor. Buenos Aires. 
  • Cosecha Roja, 07/04/2020. 

http://cosecharoja.org/mi-cuarentena-no-es-romantica/

 

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