Por Manuela Bares Peralta y Mariel Baiardi 

Albert Camus en su novela “La Peste”, publicada en 1947, describe una sociedad herida por la tragedia de una epidemia. Casi como un paralelismo, el gobierno decide imponer un aislamiento obligatorio sin concesiones. Esa sociedad imaginada por Camus está atravesada por sentimientos humanos como el terror, el aburrimiento y la monotonía, exacerbadas por la peste. En ese contraste difuso, nace un sentido de comunidad, a partir del cual esa sociedad se reconstruye poniendo en crisis los cimientos que la fundaron. Ese relato de Camus tiene un final: la indiferencia deja de ser el motor sobre el que se erige esa sociedad inventada. Acá, el aislamiento todavía no tiene fecha de vencimiento y, las consecuencias económicas de la cuarentena comienzan a notarse. Una industria paralizada, un sistema de salud pública que aún paga las consecuencias de cuatro años de desfinanciamiento y un Presidente que debe gestionar un país en crisis.

La imagen de la novela de Camus aparece casi como una excusa para distanciarnos de esta realidad: el virus se convirtió en una realidad tangible, existe entre nosotros. Las colas en las farmacias y los temores por el posible desabastecimiento comienzan a imprimirse en nuestro subconsciente.

En tiempos donde la discusión pública sobre las brechas está a la orden del día, hay una brecha que es la que nos resulta más difícil de analizar: la brecha entre el mundo que fue y el mundo que vendrá. Un poco por la «distancia arquímedica» (también habrá que teorizar sobre la multiplicación de las distancias), porque no estamos ante el fin ni ante el principio de nada, estamos sumergidos en el propio medio; un poco porque nos resulta más asequible pensar causas y consecuencias que la brecha espesa y pantanosa en la que habitamos hoy mismo y que no nos permite una mínima base de sustentación sobre la que hacer pie para oxigenarnos. 

A cada paso, a cada palabra se abre un precipicio de metáforas. Muriéndose el campo semántico, nos aferramos desesperadamente a todos los sentidos conocidos para pensar sentidos nuevos que no alcanzamos a vislumbrar. La pesadilla del trastorno de ansiedad de las sociedades del neoliberalismo y el posneoliberalismo.

Hay algo, sin embargo, que surge con contundencia: la narrativa de lo que aún no comprendemos está ya en disputa. Informe, inacabada, fragmentaria, va tironeada de un lado a otro. La revalorización de lo público y la necesidad de un Estado fuerte que tome las riendas de la gestión de la crisis se enfrentan al daño económico que esos estados sufrirán como destino inevitable. El cuestionamiento feroz de la otra brecha, la desigualdad brutal del planeta, frente a la imperiosa necesidad de recursos para hacer frente a la precaria infraestructura sanitaria del mundo. La velocidad de respuesta frente a la progresión geométrica de las curvas de contagio y muertes, frente a la ralentización de los procesos productivos del capitalismo y la inevitable recesión global. Los liderazgos gubernamentales frente a la aversión anti política y la apelación a la racionalidad científica-tecnológica como única fuente de legitimidad en la toma de decisiones. La universalidad de los esfuerzos contra el virus versus la necesidad de situar el pensamiento y la acción de acuerdo con las características de cada una de las sociedades afectadas por la misma problemática. La importancia de la gestión ordenada de las políticas y el riesgo de los excesos autoritarios cuando se recurre al auxilio de las fuerzas de seguridad. Las consecuencias diferenciadas del aislamiento social en las clases medias y los sectores más vulnerables que no tienen resto frente al parate económico.

La incertidumbre nos gobierna y, por eso, es tarea del Estado gestionarla. Hace tan sólo unas semanas, las imágenes de una China azotada por un virus desconocido se imprimían en diarios y resonaban en los noticieros. El ideario de una pandemia importada incapaz de llegar a nuestro continente se dinamitó en menos de treinta días. Los canales de aire reestructuraron su programación en tiempo récord. Las noticias empezaron a repetirse compulsivamente, la desinformación también. Adquirimos el hábito de contrastar los datos que deja a su paso el coronavirus en el mundo, podríamos estar peor y es verdad.

Esa sociedad imaginada por Camus ya no parece tan lejana, los vestigios de la 2da Guerra Mundial que le sirvieron como punto de partida para crear su obra, podrían parecerse a los que vendrán sobre el mundo, una vez que acabe la pandemia. 

La urgencia se convierte en la protagonista de la vida de toda la sociedad argentina y sobre ella, irrumpe un nuevo discurso y, quizás también un nuevo liderazgo. Un relato que se construye sobre la marcha y la premura de las necesidades y los acontecimientos. Si bien Alberto es el mismo cuyo capital político recayó en su capacidad de generar consensos y en la permeabilidad de sus palabras para contener al arco político más vasto posible, la situación ya no es la misma. 

En este momento, producto de la emergencia, de la demanda y también de la época: Alberto se erige como un bombero en tiempos de crisis y con paternalismo didáctico decreta el aislamiento obligatorio. Con pulso firme, sin ceder ante un escenario económico frágil y a la luz de las secuelas que la pandemia estaba causando en los países europeos, esa medida puede ser leída como un acto inaugural de esta nueva era. A la par que la figura de Alberto suma adhesiones también crece como un ente indisoluble la del Estado. Hasta para sus detractores, el Estado se convierte en la única institución capaz de impartir orden, cuidarnos y brindarnos soluciones mientras dure esta emergencia.

El aislamiento se va a prorrogar y, a medida que pasen los días, las fisuras de ese primer pacto social comenzarán a aparecer. Pero ningún liderazgo fuerte se construyó sin fisuras y crisis, por lo menos, no en esta Argentina. Alberto tiene un doble desafío: conducir el dispositivo estatal y construir su propia retórica. Si Macri hizo de la grieta su mayor arma discursiva, Fernández deberá plasmar en el suyo los consensos que requiere esta nueva etapa. Una etapa que, por momentos, promete poner en crisis el sistema económico y político en su conjunto y, en otros, parece que sólo lo sacudirá un poco sin romper las lógicas capitalistas que lo sostienen. 

Estamos frente a una coyuntura muy dinámica: el gobierno ensaya soluciones, todo es prueba y error, recalcular y subsanar, la indefinición y la incerteza paralizan. La figura de Alberto ocupa un rol esencial al igual que la de gobernadores, ministros e intendentes. El valor de la gestión se lleva puesta la agenda de la política. Para bien o para mal, este tiempo parece haber zanjado una discusión central: sin el Estado nada.

Conducir el barco, requerirá de capacidad para construir respuestas rápidas y soluciones eficaces pero también de mano firme y cintura política. El Estado se edifica como el gran catalizador de demandas, frustraciones, deseos y miedos, mientras que, Alberto será el encargado de articular la demanda de la ciudadanía con las posibilidades reales de nuestro sistema político. Fernández hizo su apuesta al igual que Camus, “la solidaridad será la viga maestra de la reconstrucción nacional” sostuvo en la apertura de sesiones parlamentarias. Esta crisis sin precedentes quizás nos permita cambiar el curso de la historia, del sistema de acumulación y del Estado. Pero a diferencia del relato de Camus, todavía es muy pronto para hacer cualquier estimación o pronostico, todavía seguimos atravesando la tormenta.

 

Manuela Bares Peralta es integrante de la Red de Abogadas Feministas y del Centro de Estudios de Políticas Públicas Comunidad Buenos Aires

Mariel Baiardi es Licenciada en Ciencias de la Comunicación con Especialización en Opinión Pública y Comunicación Política

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