Ilustración: jasoptic_o

*Por Julia Duarte

Leí la invitación para escribir durante la cuarentena y de inmediato anoté el correo y decidí enviar algo. Escribir me gusta mucho y lo hago bastante pero cuando me senté a pensar en un tema me di cuenta de que jamás se me ocurrió escribir sobre ser mujer y mucho menos, hacerlo en un espacio para mujeres.

Como el tema en general era la cuarentena pensé en escribir sobre la situación de las mujeres que se encuentran trabajando en casa y realizando al mismo tiempo las tareas del hogar y cargando en los hombros la educación virtual de los chicos, con todo lo que eso representa, puse manos a la obra y realmente lo sentí impersonal, si bien es cierto que me encuentro trabajando desde casa y también que hago más tareas domésticas de las que acostumbro particularmente pertenezco al pequeño grupo de mujeres que pueden decir que no se sienten agobiadas por esa situación, deseché el primer borrador y continué con la tarea.

Me planteé lo poco interesante que es mi vida en algún punto hasta que recordé una anécdota que me pareció interesante compartir.

En uno de esos días en los que una resuelve ordenar su vida, cambiar su mundo, reiniciar y emprender un camino a la mejor versión de sí, puse manos a la obra para buscar videos que les pueda mostrar a mis hijas con contenidos que si bien no son curriculares me gustaría que conozcan. Dando vueltas en internet encontré un video que contaba la historia de un nene de Clorinda que se encontraba con Rigoberta Menchú, que le proponía iniciar un viaje por “la lucha de las mujeres en américa latina”. No pensé más de un segundo, coloqué el video en el televisor y llamé a mis dos pequeñas para que se sienten frente a él.

Sé que parece que me encamino a posicionarme en un pedestal de superioridad y dejarles la enseñanza de que hay cosas interesantes en internet y que “querer es poder” en cuanto a la educación de las niñas y niños en esta cuarentena, pero nada puede estar más lejos del punto que quiero expresar.

Empezó el video con Rigoberta enseñándole al niño que las mujeres lucharon por sus derechos, hasta ahí todo bien pero unos segundos más adelante la activista le explicó que por años solo los hombres podían estudiar y trabajar y con palabras bastante explícitas, le señaló con vehemencia como los conservadores se habían opuesto tanto tiempo a la conquista por los derechos de las mujeres.

El caso es que, pausé el video, me asusté, no había nada que yo no piense en las palabras que decía, nada que yo no quiera que mis hijas piensen, entonces ¿Por qué paré el video? Porque me pregunte a mí misma que iba a pasar si mis nenas iban a la escuela y reproducían lo que escucharon. Me pregunté que podía decir la profesora si preguntaba a mis hijas cómo pasaron la cuarentena y ellas respondían que su mamá les puso videos con la historia de Frida y Eva Perón, que iban a pensar de mi como madre. Sí, yo misma, que me considero una feminista en construcción /deconstrucción, que les llevo a las marchas, que les repito hasta el cansancio que pueden ser lo que quieran y hacer lo que se propongan, yo me comporté como la más retrógrada de las retrógradas, yo censuré, yo me acobardé.

Creo que resulta fácil compartir nuestros logros, defender lo que consideramos correcto, posicionarnos según nuestros ideales, pero es casi imposible compartir nuestros pequeños retrocesos, los seres humanos por naturaleza tenemos miedo a la desaprobación. Pasaron los días y decidí mostrarles el video completo a mis hijas pero me quedé pensando en que, como yo, seguramente hay muchas mujeres que tienen estos pequeños debates internos en la crianza de sus niñas y pocos espacios donde hacer un poco de catarsis para recordar, cuando hace falta, que todas estamos en un viaje y que nadie tiene un manual.

En estos tiempos en que hay tanto miedo y tanta incertidumbre, en una sociedad que nos juzga mucho, un espacio que permite conectar con alguien luchando con los mismos temores y desaciertos de una, es un oasis.

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