Por Pamela Méndez y Rosario Radaelli*

La pandemia del nuevo coronavirus COVID19 desnudó un sinfín de fragilidades que, en contextos de normalidad, pasan desapercibidas para la gran mayoría de la población ¿De qué hablamos? de la falta de acceso a recursos y servicios indispensables, por ejemplo el agua, una vivienda digna, internet, etc. La precaria situación económica de casi el 50% de lxs asalariados, la forma en la que viajamos en el transporte público y también hablamos de las personas privadas de su libertad.

Animarse a hablar de quienes están presxs es meterse en un terreno complicado, polémico. Inmediatamente el odio de clase aflora y se recrudece cuando de ellxs hablamos. De todos modos, para muchxs de nosotrxs no existe opción: hay que hacerlo. Si queremos realmente construir una sociedad más amena para todxs, es menester hablar de las cárceles y cómo viven quienes se encuentran allí ¿Es posible creer que podrán “reinsertarse” en la sociedad viviendo de ese modo? ¿Es factible forjar una sociedad que se sustente en el respeto con ciudadanos que no les tiembla el pulso a la hora de afirmar que matarían a un delincuente?

No hace falta haber estudiado las condiciones carcelarias en Argentina, la cárcel no funciona como la institución de corrección y reinserción de la que nos hablaron en las escuelas. Es lisa y llanamente un castigo, un castigo para pobres.

Actualmente, el servicio penitenciario de Argentina deja muchísimo que desear, en Buenos Aires las cárceles tienen una superpoblación del 100%, y qué decir de las condiciones en las que viven. Las mujeres que se encuentran en el pabellón 1 y 2 de la unidad penitenciaria 46 de José León Suárez redactaron un manifiesto en dónde expresan lo siguiente:

Nos dan la carne dura y morada, los patys verdes y babosos, el chorizo crudo y las viandas son chicas y no te las dan llenas, por lo cual nos quedamos con hambre” (…) “Nos dan un poco de cloro una vez por semana, está rebajado con agua y con eso tenemos que desinfectar las celdas, el pabellón, duchas, patio y no alcanza ni para un día. Con el tema de la pandemia, el Servicio Penitenciario nos dio jabón lysoform vencido en el 2019, no te dan barbijo ni alcohol en gel y sabemos que, los agentes, cuando hacen el cambio de guardia, vienen de la calle y estamos expuestas al contagio

Luego de los reclamos en unidades penitenciarias como las de Florencio Varela y Devoto (donde ocurrió la masacre del Pabellón Séptimo en 1978 que dejó un saldo de -al menos- 65 muertos), el tema de los reclusos pasó a formar parte de la agenda mediática y pública de la sociedad. La furia social creció cuando el Ministerio de Justicia hizo caso a las recomendaciones de organismos internacionales -tales como la Organización Mundial de la Salud, la ONU y la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos- y detalló que quienes hayan cometidos delitos leves y no violentos (narcomenudeo, los hurtos, las estafas y hechos ocurridos sin el uso de armas o violencia. Quedan excluidos los homicidios, la violencia de género, los delitos violentos contra la integridad sexual, el robo con armas y delitos similares) podrían tener prisión domiciliaria para descomprimir la sobrepoblación de las cárceles, gran foco de contagio en el mundo entero. No es muy difícil pensar que lxs policías entran y salen de las unidades, si el virus brota allí, podrían contagiarse y esparcir el COVID19  por las ciudades.

Uno de los grandes ausentes en el debate social fue justamente que en el mundo entero se pensó en esto. En el linchamiento mediático que vivimos por estas horas se omitió que la problemática que hoy tiene centro en la opinión pública en Argentina, no es exclusiva de Argentina. Es que la pandemia llevó a todos a poner los ojos en los puntos débiles del sistema como las tareas de cuidado, el confinamiento con los agresores, el acceso a anticonceptivos, los abortos en medio de la cuarentena y otras situaciones con las que convivimos en la “vieja normalidad”. Tal es así que mientras que en los últimos años hubo una avanzada de los sectores de derecha a nivel mundial, hoy producto de la crisis el Estado vuelve a cobrar protagonismo.

Aquí viene el problema: hecha la ley, hecha la trampa dice el refrán

La liberación de femicidas y abusadores no está contemplado como una posibilidad, por lo tanto si quedan en libertad poniendo en riesgo a las víctimas, y revictimizándolas, la integridad física de las mismas es pura responsabilidad del poder judicial que, indudablemente, representa al costado más turbio de la República. Está formado por una casta de señorxs con mucho poder, escasa -escasísima- perspectiva de género y lo peor de todo es que no hay mayoría que los elija. Para colmo, siempre caen bien parados ¿o acaso con este tema no quedaron fuera de las críticas? ¿Dónde está la corporación judicial cuando lo que se discute es esto y no sus salarios?

Que los jueces liberen femicidas, abusadores o violadores no es novedad, lamentablemente. No hace falta una pandemia para que la “justicia” saque a relucir su accionar patriarcal, el tema es que ahora encontraron una excusa para hacerlo. Lo que sí es novedoso es la cantidad de tipos que se “enteraron” de esto ahora, en su afán de criticar una medida extendida a lo largo del mundo se agarran del feminismo para repudiar la liberación de agresores sexuales y encima tienen el tupé de escudarse bajo el hashtag #DondeEstanLasFeministas o pegándole también a los movimientos de Derechos Humanos; nos resulta indignante que quieran disimular su posición reaccionaria con nuestras causas y más nos indigna que crean que no estamos. Ahora bien, nosotras nos preguntamos ¿Dónde estaban ellos antes? ¿Dónde estaban cuando alguno de sus amigos le tocó el culo a una chica sin su consentimiento? ¿Dónde estaban cuando desaparecía una piba y alguien decía “seguro se fue por ahí”? ¿Dónde estaban cuando nosotras marchamos contra la justicia patriarcal? ¿Dónde estaban cuando alguno de sus amigos acosó a una piba en la calle? Acá estamos las feministas, este movimiento no va a ser punitivista y, mucho menos, van a usar al feminismo como excusa para justificar la falta de empatía y el odio de clase. No en nuestro nombre.

Por último, pero no menos importante, si algo podemos rescatar de esta situación es que pone a la vista lo necesario que es el debate y un rápido accionar sobre el sistema carcelario. Pero, una vez más quedan de lado la situación de las reclusas ¿Se habló estos días  de cómo viven las mujeres privadas de su libertad? No. Una vez más las mujeres quedamos en último plano, de hecho las internas de la Unidad 46 de José León Suárez recalcaron en su manifiesto que son “las olvidadas”. Están olvidadas hasta cuando la opinión pública pone el ojo en las cárceles y lxs presxs. Algo que podemos hacer en este momento es subvertir el orden de los debates y empezar a hablar sobre el estado calamitoso en el que se encuentran lxs detenidos (¿hace falta aclarar que son seres humanos y que el castigo por su delito no debe traducirse en una crueldad?), sobre la necesidad de pensar políticas para que baje la tasa de delitos (Spoiler alert: nada tienen que ver con el punitivismo) y no olvidarnos de las presas, quienes en su mayoría son pobres, el 70% carece aún de condena firme y el 60% está detenida por delitos menores y no violentos.

 

*Pamela es estudiante de Ciencias de la Comunicación y del Profesorado de Ciencias de la Comunicación en la UBA. Es hincha de Racing, le gusta tomar mate, comer asado y tomar cerveza 🤭
*Rosario es periodista y estudiante de Ciencias de la Comunicación en la UBA. Está cansada de estar precarizada

 

 

 

 

 

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