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Por Victor Calero

    El origen del poder seductor del patriarcado moderno es aún un misterio. De un modo que parece inexplicable, después del colapso de la sociedad feudal, el varón occidental pasó a gobernar un hogar y a ser el único participante legítimo del ámbito público. Hicieron falta siglos de denuncias para poder hacer visible que, con la Revolución Francesa y la Industrial, el capital y los derechos habían sido distribuidos de manera absolutamente desigual. Mal que les pese a las declaraciones universales, su existencia contribuyó más a sostener la desigualdad, que a cuestionarla.

    Que el título de varón signifique ser depositario de la suma del poder público es un fenómeno pocas veces visto a nivel sociológico. Desde luego, fueron varones los césares y los pater familiae, casi todos los faraones, los papas y los caballeros andantes. Pero, en ninguna de esas sociedades el varón merecía una cuota de poder por el mero hecho de ser tal. Había que cumplir otras condiciones, muchas veces imposibles para grandes sectores de la sociedad: ser un quirites, ser miembro de una familia noble, pertenecer a un grupo social en particular. El igualitarismo iluminista lo cambió todo, y de pronto, un varón heterocis cualquiera fue elevado a la dignidad de ciudadano, por encima del resto, especialmente de las mujeres y les niñes.

    Este antecedente histórico forjó, en los siglos de la modernidad, el pacto social que legalizó la existencia de una clase privilegiada que ostentaba derechos hipócritamente universales. Así, se diseminó en lo social una potencialidad antes reservada a ciertas formas de organización, tales como las cofradías y los gremios profesionales. El capitalismo necesitaba crear las condiciones de competencia individual que pusieran la energía de los cuerpos al servicio de los modos de producción. Para llevar a cabo ese proyecto, puso en la cúspide al individuo varón.

    Por entonces, resultó imperioso legitimar las ínfulas de quienes tenían que creerse los dueños del mundo para sentirse orgullosos de participar en la empresa dominadora de unos pocos. Así, los capitalistas comenzaron a tolerar de buena gana el ascenso del narcisismo popular del macho, porque era síntoma claro de que había un torrentoso manantial fluyendo hacia su molino. Pero el narcisimo pudo ser explotado por el capitalismo de una manera tan efectiva porque es algo más que una simple creencia en el valor propio.

    Desde el punto de vista clínico, se trata de un mecanismo de defensa que separa a la persona del registro de sus propias emociones. Pero, lo que aquí nos interesa es la manera en que la da forma a los vínculos sociales “más allá” de la psiquis. Al contrario de lo que podría suponerse, el narcisismo no es una forma de autonomía, sino un mecanismo que reproduce un alto grado de dependencia. Como lo explica Florencia Abadi en El sacrificio de Narciso: “El narcisista está lejos de ser un egoísta: si el egoísta es aquel que se prioriza a sí mismo por sobre los demás, el narcisista se posterga a sí mismo para ser amado por el otro. En definitiva, para sostener una imagen que supone condición del amor del otro”. 

    En el nivel sociológico esta actitud subjetiva se traduce en una práctica perniciosa: seducción, abandono, falta de responsabilidad afectiva, son todas características del narcisista de manual, que exige a los demás una moneda de cambio falsificada: el amor incondicional a su imagen. Si tiene éxito, lo cual es muy común, castigará toda conducta que ponga en cuestión su hegemonía vanidosa: críticas y competidores serán el objeto inefable de su odio y su desprecio. 

    Políticamente hablando, el narcisista divide y conquista sin mirar atrás. En general, lo que queda a su paso es un tendal de paranoia y vínculos desechos. Personas aturdidas por la ausencia de la falsa seguridad que el narcisista les había provisto. En la pugna entre la certeza de adorar su imagen o la incertidumbre natural de la vida, gana con frecuencia la primera.

    El problema social entonces no es únicamente el maridaje entre el narcisista y el capital sino, sobre todo, la aprobación y el apoyo que su epopeya suscita en los demás. En este registro entran las fratrias que se autodisciplinan con violencia y las masculinidades frágiles cuyas susceptibilidades son justificadas, incluso, por sus propias víctimas. También, pueden contabilizarse aquí las exclusiones sutiles de la discriminación y una multitud de pequeñas injusticias de la vida cotidana. Así es, la complicidad con el narcisista se parece demasiado al machismo nuestro de cada día.

    Lo que aún confunde de todo este panorama es su discordancia con el libreto social que lo sostiene. Nos narramos una y otra vez el relato de los derechos pero no los podemos disfrutar en la familia, en el trabajo o en el recreo. Estamos presos de los caprichos del Narciso de turno. A su lado, no hay libertad de expresión, no hay libertad de asociación, no hay libertad de tránsito sin pagar el peaje que nos impone su autoestima herida de muerte. 

    La modernidad trajo a lo social un ejército de varones narcisistas nunca ante visto. Cebados por sus privilegios vienen sosteniendo una batalla campal a fuerza de seducción y abandono, cuando no, de violencia. Es un genocidio de la sensibilidad y los afectos perpetrado a plena luz del día que nos plantea grandes dificultades a la hora de distiguir aliades, de cómplices. Ante la incertidumbre y el miedo, el narcisista saca ventaja, y en general, no hay quien denuncie sus viles procederes.

    Para la mitología griega era inútil denunciar al narcisista. Su destino estaba sellado por los dioses. Los mismos dioses que condenaron a Narciso a morir ahogado. En un intento final por fundirse con la imagen que le devolvían las aguas, se arrojó a su muerte. Esas deidades comprendieron que no era bueno dejar impune tanta crueldad, aunque fuera ejercida de manera inconsciente. Hoy, los relatos que perduran son una metáfora útil para compreder el problema del individuo. Pero su utilidad es relativa si queremos abordar contextos sociales donde lo que se necesita es romper el aislamiento y poner un límite a la crueldad que los narcisistas ponen acción.

    Quizá por eso sea necesario destapar esta olla infesta para que el programa del feminismo pueda encontrar mejor su cauce en la sociedad. Es necesario recrear una pedagogía que nos enseñe a adoptar una posición subjetiva firme frente al narcisismo. Cada vez que concedemos a los machirulos el poder de anularnos, silenciarnos o ningunearnos alimentamos el silencioso poder de Narciso. Dejemos de sucumbir a esos encantos para que la igualdad de géneros nos permita realizar una distribución más justa y coherente de los bienes sociales.

 

Víctor es abogade, militante lgtbiq+

 

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