@labaron.ilustra

 

Geo Alvarez*

El hombre propone, la mujer dispone

Al feminismo le debo el haber entendido e interiorizado el no tener que explicar mi deseo sexual. Antes de eso, la manera tradicional de entender la sexualidad me había hecho creer que era el varón quien debía asumir un rol de conquista, era el dueño del deseo sexual. El rol de las mujeres, el mío, debía ser un rol pasivo, más receptivo que propositivo. Siempre educadas para complacer sin preguntarnos por el propio placer, el propio deseo. Pero ¿Qué pasa con las mujeres que, consciente o inconscientemente, nos salimos de esa norma?

Deseo «desbordado».

Mis primeras experiencias fueron con varones como lo establece la heteronorma, pero en medio de esas experimentaciones adolescentes estuvieron los besos con amigas, las caricias y el sexo oral como forma de juego prohibido, de entrenamiento, de curiosidad. Tardé casi 15 años más en salir del clóset.

Mi deseo sexual, mi relación con mi deseo era patologizada. Yo «siempre tenía ganas» era una «calentona» era «ninfómana». No era normal que tuviera deseo, no así tan explícito, tan tangible, tan activo. Ese tipo de deseo no era admisible para una mujer. Incluso hoy en día a veces me encuentro con este prejuicio sobre cómo lo expreso. No todos los varones están en condiciones de no sentirse amenazados. No todos los varones se han logrado desligar de la dicotomía puta/santa que les enseñan.

La letra escarlata

Yo perdí mi virginidad a los 15 años y al poco tiempo me dejó mi novio, el comentario de mis amigas era “qué pena, rota y sin novio». Incluso en los años 2000 (durante mi adolescencia) la condena moral seguía siendo fuerte. Se me pedía que reprimiera mis deseos sexuales  y como no lo había hecho era castigada con el rumor y la categoría  de “mala compañía».

Solo 15 años tenía y experimenté el aleccionador castigo de separar la paja del trigo, lo bueno de lo malo. Yo era de las “malas» y los novios de mis amigas no querían que se junten conmigo, sus novias podían contagiarse de mis malos hábitos. ¿cuáles eran esos malos hábitos? El de vivir mi sexualidad como la viviría cualquier varoncito de mi edad.

El segundo círculo del infierno

Al llegar a los 20 me propuse hacer caso omiso de las reglas morales, es más me propuse ir en contra y me acosté con cuanto muchacho me gustaba. Esa maravillosa autonomía desentendida del prejuicio me duró hasta que me enamoré. Me puse de novia y por ese entonces el que era mi novio me manifestaba que sentía celos de mi pasado sexual, pasado que no podía cambiar. Entonces empecé a sentirlo como una carga, de nuevo el estigma, la mancha.

Cuando esa relación terminó (gracias al universo) comencé una búsqueda sin saber bien qué estaba buscando. Así como los pecadores de Dante son arrastrados eternamente por un tornado infernal, así de perdida estuve durante bastante tiempo en cuanto a lo que concierne a mi sexualidad y mi deseo. Arrastrada muchas veces por caprichos o impulsos. Saboreando el placer por primeras veces pero casi sin adueñarme de mi deseo.

La lujuria está permitida e incluso justificada en los hombres por cierto sentido común biologicista que  adjudica a la testosterona el deseo sexual masculino. Las mujeres  no tenemos ese deseo sexual, no propiamente. Las mujeres deseamos ser deseadas, al menos eso es lo que se dice.

Mi deseo sexual, mi líbido, mi lujuria ¿en qué me convierte? ¿En un hombre? ¿En una pecadora? Puta, sucia, cochina. Eso somos las mujeres que expresamos nuestro deseo sexual.

“Putita”

Lo interesante fue que en los  años posteriores  llegué a encontrarme, asumiendo mi orientación sexual, mi deseo y mi cuerpo. Son 20 años de construcción y empoderamiento. Para poder vivir mi deseo sin culpa tuvo que pasar mucho, asumir mi bisexualidad y empezar a desligarse de ese mandato de “servicio al deseo masculino” me llevó a empezar a descubrir que las mujeres podemos ser seres sexuales activos con un fuerte deseo y un rol de conquista. Los mandatos patriarcales dividen los roles sexuales y nos hacen creer que existen categorías y que debemos ubicarnos en una u otra. La hegemonía masculina les da a ellos el privilegio de la masturbación, el deseo y la conquista. Yo reclamé para mi misma estos privilegios.

 

Geo es estudiante avanzada de letras en la UNT. militante feminista, tallerista de género, literatura y teatro.

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