@fuegodeazar

 

Por Alejandra iriarte*

El peligro no es ser mujer y querer hacer política, el peligro es que en pos de la política haya un otro que nos anule y someta.” Escribió Manu Bares Peralta hace unos días en un artículo donde relata una vivencia de abuso dentro de la militancia política. Manu no da nombres, los nombres propios, a veces, no son necesarios.

Pero su relato se vuelve imprescindible para nosotras. Nos obliga a develar todo eso que fuimos tapando, nos obliga a mirarnos a nosotras mismas, a destapar las  heridas que no dejamos cicatrizar porque las cubrimos para seguir adelante. Nos obliga a buscar palabras para describir lo que nos pasó.

Nos encontramos en el relato de la otra, cada una de sus palabras podrían ser propias. Sin embargo, necesitamos las nuestras; encontrar la forma propia de decir, para seguir adelante. Entonces trato de armar un relato, trato de recordar lo que sentí y lo que siento. Un poco para sanar, y otro poco para soltar y contribuir a la construcción de este nuevo mundo trans feminista, más justo, más solidario, más empático. Un mundo que tenemos la obligación de construir desde el barro, tal vez… Parafraseando a Spinetta Si no escribo lo que siento, me voy a morir por dentro…

“No soy una nena” “me lo busqué” “fui porque quise”. Un montón de cliches que no por reiterativos dejan de retumbar en mi cabeza. Están ahí y los usamos para sobrevivir, para sentirnos capaces de decidir. Porque de todo, al menos para mí, lo que más cuesta asumir es la pérdida de la posibilidad de agenciar nuestras propias vidas. Nos gusta sabernos libres, autónomas, nos gusta pensar que todo el tiempo somos capaces de decidir, que elegimos con quien tenemos sexo y con quien no, con quién nos tomamos una cerveza y con quién no. Solo por hablar de las pequeñas decisiones cotidianas.

Por suerte, en la mayoría de los casos es así. La mayor parte del tiempo elegimos. Muchas veces nos equivocamos. No somos infalibles. Nos duele y sufrimos. Pero nada se compara con el momento en que nos damos cuenta que algunas situaciones no sucedieron porque quisimos. Cuando vemos los hilos del poder, cuando detectamos ese detalle que preferimos negar.

De pronto la frase “fui porque quise” adquiere otro sentido. “¿Qué quería?” Quería gustarle, quería que me respete, quería sentirme par. Pero cada vez que lo intentaba volvía frustrada, ni el informe, ni el proyecto, ni el desvelo para satisfacer sus pedidos parecían suficiente. Siempre faltaba un poco más. Ningún trabajo estaba a la altura. Lo que yo podía dar nunca era lo correcto. Cada día terminaba un poco más anulada, un poco más sometida. La desconfianza en mi misma empezaba a crecer. Al mismo tiempo que aumentaba su poder.

Entonces se articulan otras estrategias, otras formas parecen ser más eficaces. De pronto, sin saber cómo, terminas donde nunca quisiste estar. Terminas siendo tu peor versión. La más débil, la más sumisa. Porque quizás, así si podes llegar a gustarle; y, entonces, vas a ser capaz de creer más en vos y de empezar a gustarte a vos misma.

Develar todo este entramado de poder no es nada fácil. Pero al final aparece la posibilidad de perdonarnos. No fuimos cómplices, fuimos víctimas. Un lugar donde nunca quisimos estar. Porque reconocernos como víctimas es lo más difícil. Nadie quiere ser víctima. Nadie quiere reconocerse en esa posición. Pero ahí estuve, seguramente más veces de las que soy capaz de admitir.

Releo lo escrito y detecto que en la narración uso el plural y el singular indistintamente. A vos soy yo, y otras soy nosotras. Trato de ordenar el texto, pero no puedo. Seguramente use el plural para esconderme. Pero también me gusta sentir que el yo es parte de un nosotras. Entonces me permito esta posibilidad. La de soltar este texto siendo yo y siendo todas, para que entre todes podamos empezar a construir las redes y diseñar los caminos donde seamos capaces de repensarnos y de vivir con la libertad con la que nos deseamos.

Mientras escribo en mi cabeza resuena Spinetta. Me cuesta pensar la vida sin acudir a las canciones. Entonces pienso este texto como un barro a ser moldeado donde “mi cerebro escupe ya el final del historial del comienzo que tal vez reemprenderá”

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