A través de su relato pudimos conocer sus ideales más firmes y sus pasiones. En esta entrevista Ana Casamayou habla de su obra fotográfica, del amor,del feminismo y su lucha por libertad.

 

Por Karina Cicovin*

Una mañana soleada nos encontramos con Ana en su casa de Montevideo.   Ella es fotógrafa y milita desde su arte por los derechos de la mujer. Nos recibe con un mate bien uruguayo y bizcochos caseros.  Nos acomodamos en la cocina, cálida y luminosa como ella, para comenzar la charla. 

– Ana, ¿recordás cómo apareció la fotografía en tu vida?

Empecé en México, tenía 35 años. Ahora tengo 71. Para mí fue un gran descubrimiento. Había  salido joven de Uruguay como exiliada política, a fines del año 72. Pasé por Argentina,  Chile y luego estuve en Cuba, Colombia y me quedé en México. Antes había iniciado la Facultad de Química que nunca terminé. 

En México trabajé de todo lo que pude, vendedora, costurera y trabajos breves.   En 1984 formé pareja con un fotógrafo mexicano, Carlos Amérigo, y ahí descubrí mi pasión por la fotografía y se vuelve mi actividad laboral para siempre. Comparto con él y otras dos personas algunos trabajos para una agencia, que era cogestionada, se llamaba Cámara 2. En esa época ocurre el terremoto de 1985 en México y cubrí esa situación. Fui muy nómada en México, estuve por pueblos muy chiquitos. Y finalmente terminé en el DF. Me dediqué a cubrir todas las cuestiones sociales. Finalmente me pude repatriar, antes no lo hacía porque era una presa política.

– ¿Cómo fue tu regreso a Uruguay, como acomodaste tu vida? 

 – Recién en marzo de 1985 fui amnistiada y volví a Uruguay en noviembre de 1986, porque teníamos compromisos laborales en México. 

Antes de exiliarme militaba en el MLN, Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros. Había estado presa 20 días y me fugué con otras 38 mujeres en al año 1971. Cuando volví no milité en ningún grupo porque era un país desconocido para mí. La situación era totalmente diferente.

Conseguí trabajo en un medio de prensa que fue  Mate Amargo y en diferentes organizaciones audiovisuales.

Después abrimos nuestro estudio fotográfico y luego creamos una escuela de fotografía llamada Dimensión Visual, con una nueva propuesta en Montevideo. Ahí estudiaron y dieron clases Daniel Sosa, que hoy dirige el Centro de Fotografía (CDF) y Sandro Pereyra, fundador de La Diaria un periódico creado y gestionado por sus trabajadores. Un orgullo enorme verlos tan profesionales…  

Estuvimos siempre  en el centro de Montevideo, primero en Uruguay y Ejido y luego cerca de Plaza Independencia. En aquel momento la enseñanza de fotografía no era formal, era un oficio. Muchas de las personas que hoy están trabajando profesionalmente en el medio se formaron así. En aquella época existían pocos lugares, el Foto Club, nosotros y luego abrió Aquelarre, una hermosa escuela que aún existe en Montevideo.  Al tiempo con Carlos nos separamos como pareja y la escuela tuvo también modificaciones y la sociedad no siguió. Lo bueno es que formamos mucha gente, grandes profesionales. 

Nos miró sonriendo, “los bizcochos…”,  dijo como quien olvida algo muy importante.  Se paró con calma y en esa pausa agregamos más agua caliente al termo y cambiamos la bombilla de lugar, ya estábamos uruguayísimas

Regresa con un tesoro para compartir, una caja repleta de fotos…

–  En una línea de tiempo, ¿podrás  mencionarnos algunos de tus trabajos y momentos que consideres importantes? 

A lo largo del tiempo siento que tuve diferentes etapas. Un inicio muy marcado por la fotografía documental, relacionado con lo laboral y que tiene que ver con esas fotos que hice en México y las que tomaba aquí en Montevideo cuando llegué. Incluso, las primeras muestras fueron documentales y colectivas. 

En cuanto a mi obra, pude establecer un cambio cuando logré involucrarme con cuestiones que  me sacudían internamente. En los últimos trabajos hay un desarrollo de obra más personal ligado a lo social y a los derechos de las mujeres. 

Puedo distinguir dos ejes en mi trayectoria fotográfica que se unen en mis propios intereses. Por un lado lo documental, la ciudad  con sus conflictos sociales y su patrimonio y por el otro el abordaje desde un lugar más íntimo y artístico, siempre hacia una conexión colectiva. 

 Recuerdo el momento cuando Graciela Lopater, artista visual y fotógrafa uruguaya, me dijo, ¿y vos cuándo vas a sacar lo tuyo? Y yo dije, ¿qué es lo mío?  Al tiempo  nace un trabajo muy profundo que se llamó Olor a adolescencia. Tenía cuarenta y pico de años y fui rescatando esas zonas de mi cuerpo que sentía con mucha vida. Era muy joven, pero daba cuenta de mis cambios corporales.  Son obras que marcaron un momento muy importante para mí. Expuse ese trabajo en la Intendencia, en pequeño formato.  Es tal vez, mi obra más íntima…

En 1995 volví a México, fui a San Cristóbal de las Casas y realicé retratos a obreros de la construcción. Tomé pocas fotos, traté de capturar ese momento en plena miseria. 

Hijo y padre es de 1997,  una serie de retratos a mi hijo menor, quién a los 16 años estaba con un tema muy delicado de consumo y decidió  vivir en México con su padre. Para mí fue muy fuerte, me dolió mucho, pero me aconsejaron que no me opusiera. Así que comencé a viajar y a retratar a mi hijo Eduardo y a su padre Antonio, enfermo en ese momento. La serie es en blanco y negro y la expuse en un tamaño chico también, en 20 x 25 cm como se exponía en aquella época. Era necesario ese acercamiento para todos, conectamos de manera muy intensa. Mantuvimos una relación muy cordial y terapéutica a través de los viajes y pude realizar una serie fotográfica muy linda. 

Ceba un mate, y al pasarlo nos cuenta que  tiene una hija y dos  hijos. Que se siente aliviada porque viven en Montevideo. Pensó que por haber nacido en Cuba y México podrían haber elegido alguno de esos lugares. Pero, ya de grandes, se establecieron en Uruguay. Hicieron muy buenas amistades y decidieron vivir acá. Se la ve feliz. Retoma la charla.

Las exposiciones de mis trabajos fueron casi siempre colectivas. Éramos un grupo de mujeres fotógrafas, de diferentes escuelas de Montevideo,  que nos reunimos para editar y reflexionar sobre nuestros trabajos antes de mostrarlos. No éramos un colectivo establecido como tal. Muchas veces participaron curadoras externas al grupo, para darle una nueva mirada. 

Otra cuestión importante a destacar es la llegada de la cámara digital, con ella llega finalmente el color a mi obra. No me gustaba la idea de darle mi trabajo al laboratorio y que ellos definieran mi foto. El pasaje a digital me resulta cómodo,  tanto en costo como en la decisión final de la imagen, porque logro manejar el color luego de la toma. En la era sólo analógica, íbamos al laboratorio a reclamar los colores virados. Recupero el color y mi independencia de los retoques de laboratorio. 

 Hice en el año 2008 un trabajo llamado Violencia  fueron desnudos en estudio y luego comencé a pensar en Fugadas del año 2009, la serie que hice de mis compañeras con quienes  nos fugamos de la cárcel. 

En ese momento, nos abre su pasado, trae un banner de tamaño humano, donde se lee “Las 38 sediciosas evadidas” y en la imagen se ven los rostros en blanco y negro de las jóvenes  fugadas, simulando la noticia de los periódicos de aquella época. 

– Vamos por un rato al año 1971, ¿cómo fue la fuga de la cárcel? 

¿Cómo fue el proceso creativo para esta serie fotográfica?

– Ese fue un trabajo que necesitaba hacer. Anhelaba ese reencuentro. Pude armar un hermoso trabajo fotográfico documental, con mi expresión autoral. 

Me propuse mostrar esa parte de la historia de mi pueblo y de mi vida. 

A mis 23 años nos fugamos treinta y ocho compañeras de la Cárcel de Cabildo, antes llamada Cárcel de Mujeres, ubicada en la calle Cabildo y Migueletes.

Estamos trabajando como asociación civil de ex presas políticas para que en ese recinto de las monjas del Buen Pastor se adecúe un espacio, que ya fue declarado como sitio de memoria, para conservar archivos y realizar la difusión de aquella época dictatorial de 1968 a 1977. El lugar fue cárcel de mujeres desde 1899 y continuó hasta hace pocos años.

En aquel  momento, las monjas atendían a las presas sociales y a nosotras no nos querían atender. Estuve ahí en 1971 por 20 días, hasta que me escapé. Viví de forma clandestina en Montevideo, mi padre me ayudó mucho, gracias a él pude exiliarme a fines de 1972. Pensábamos que sólo por tres meses pero regresé en 1986, catorce años después. A través de una acción que se llamó La Estrella, se pensó el escape a través de un túnel cloacal realizado desde el afuera.

El  MLN nos había repartido de a 4 y luego fue la debacle del movimiento.  Mi familia quería que me fuera, pero yo creía que tenía algo importante para hacer y hasta que el MNL no me lo pidió no lo hice. Esas cosas de querer cambiar el mundo cuando somos jóvenes…

Respecto a la obra, comencé por buscarlas a todas. Me entero en ese momento que fallecieron cinco  y a tres no pude tomarles foto porque no quisieron hablar del tema o estaba muy lejos, en el exterior. Así que retraté a 30 compañeras en diferentes lugares que fuimos acordando y yo me acercaba con la cámara. Dejé que ellas también propusieran, ya que era importante ese reencuentro. También me enteré que algunas pudieron exiliarse, otras no y volvieron a caer presas. 

 A muchas les costó ponerse frente a la cámara. Tomé una foto de cada una y para la muestra sólo puse su nombre, su fecha de nacimiento y un texto muy simple.   Una de las personas más conocidas de las retratadas es Lucía Topolansky, la compañera de Pepe Mujica, que fue parte de este grupo de militancia y de “las fugadas”.  En el momento que se inauguró la muestra  Lucía era candidata a la Intendencia de Montevideo y Pepe Mujica era candidato a presidente. Demoró un poquito en contestar, pero accedió y pude hacer un hermoso retrato de Lucía, quien con su gesto colaboró mucho para la muestra que se inauguró en el Museo de la Memoria  en el año 2009 con el nombre La Estrella – La fuga masiva de presas políticas   y se acompañó con una charla. La historiadora Isabel Wschebor contextualizó aquel momento.  Quedó una muestra muy potente. 

Ph: Retrato de Lucia Topolasnsky. Fotografía de obra cedida por Ana Casamayou

Respecto al tema de Lucía, hay una anécdota interesante. Muchos años después, en 2015, me convocan desde FUCAT, una cooperativa de ahorro y crédito que desarrollaba actividades culturales, para exponer mi ensayo. A la muestra en ese momento la llamé Fugadas. Haciendo memoria. Resulta que los socios capitalistas de este lugar, personas de derecha, no querían el retrato de Lucía en la exposición. Por supuesto, el gerente y la persona que me había llamado entendieron que eso no estaba en mis planes y menos en discusión. La muestra se inauguró completa.

 El trabajo fue realizado en impresión digital, de 30 x 40 cm  montadas sobre cintra, sin marco. Utilicé el color, con este recurso tomé distancia del pasado y me paré en la actualidad. Lo separé de mis obras en blanco y negro.

 Fue muy conmovedor, el pasado volvía después de tantos años. Nos sacudió el alma, muchas de ellas no habían contado su historia ni siquiera a sus hijos. 

Agarra el banner otra vez, cierra los ojos como abrazándolo y dice, -se hizo así porque fue como titularon los periódicos de la época la fuga. Se ven las fotos de ellas, muy jóvenes y un texto al pie  “Las 38 sediciosas evadidas”. Itineró mucho nuestra historia, nuestra vida. Nos mira calma, y cuenta que luego estuvo un tiempo muy movilizada y decidió no mostrar la obra. Por supuesto, hicimos una pausa y sacamos varias fotos que ilustran nuestras palabras.

– ¿Luego de un trabajo tan fuerte, cómo pudiste despegarte para dar paso a tu próximo ensayo?

Costó. Me propuse pasar a otro trabajo para poder salir un poco de aquella carga emocional.  En el año 2012 comencé un ensayo que terminó llamándose Náufragos en la ciudad. El año que nos salieron escamas. Fue un año de lluvias torrenciales y decidí registrarlo. Iba con mi cámara en la mochila  a todos lados. Fue enriquecedor, dejé que interviniera el azar y pude jugar bastante. Son tomas con cámara digital,  desde el ómnibus en movimiento, en plena lluvia. Un trabajo totalmente libre.  Expuse de forma individual en el proyecto Fotogramas del Centro de Fotografía (CdF) a fines del año 2013.  

– En este recorrido has hecho un camino de enlace y crecimiento. ¿Cómo nace el colectivo de fotógrafas “En Blanca y Negra”? ¿Y la muestra Hijas de vidriero? 

– El colectivo comenzó exponiendo en el año 2015 durante el mes de la mujer en Plaza Cagancha, una de las plazas más conocidas del centro de Montevideo. Me sumo luego por un llamado de una colega, Adriana Cabrera, y comenzamos a reunirnos.  Al año siguiente uno de los temas que tratamos con mucha dedicación fue pensar cómo podíamos visibilizar a la mujer en el acto del 1ero de mayo. 

Se planteó preparar una expo imponente. ¡Empezamos a soñar! La idea fue hacer una muestra con gigantografías de trabajadoras. El nombre de esa muestra sale entre risas y con esta idea que nos trae un dicho popular que dice: vamos  a ponernos adelante, como hijas de vidriero. También entre las cinco definimos el nombre del colectivo, “En Blanca y Negra”, sentimos que nos representa mucho. 

Definimos una instalación en la Plaza Mártires de Chicago, donde se realiza siempre el acto del 1ero de mayo para mostrar que las mujeres en esos años no estaban participando del PIT CNT. 

Tomamos como punto de partida para el trabajo Hijas del vidriero las actividades tradicionales de las mujeres y los trabajos que se adjudican a los hombres. Se definió que la muestra fuera en color. Editamos 15 fotos, en un tamaño imponente 1.30 por 3 metros. Era más o menos el tamaño del muro que habíamos visto en el Palacio Legislativo. Queríamos verdaderas trabajadoras. 

Retraté en 2015 a mujeres que trabajaban en FRIPUR, empresa dedicada a la pescadería, esas mujeres estaban por quedar desocupadas.

Era el momento de un conflicto porque los dueños querían cerrar. Casi todo el personal estaba compuesto por mujeres. Toda una ironía, FRIPUR terminó cerrando y su dueño, Fernández,  deudor del Estado uruguayo puso otros negocios. Hace poco fue procesado y lo están enjuiciando. Así fue que muchas de las trabajadoras, jefas de familia, tuvieron que agarrar trabajos precarios para sobrevivir y pocas pudieron jubilarse. 

Tuvimos menciones de interés cultural,  y apoyo del CDF (Centro de Fotografía) Secretaria de Igualdad,  y otras instituciones como PIT-CNT (Central Nacional de Trabajadores) imprimimos en el laboratorio Arte Urbano y el montaje lo hicimos con grúas de la intendencia, a través de espacio público que autorizaron a hacer la muestra. Tuvimos apoyo desde el parlamento y la Bicameral femenina. El  PIT CNT  se ocupaba de reimprimir las gigantografías que se rompían. El Municipio B y la bicameral femenina ayudaron a imprimir el libro. El MIDES nos ayudó con una muestra de fotos más chicas, 30 fotos que recorrieron el país y con un fondo de llamados culturales. 

– ¿Últimos y Nuevos proyectos?

Estoy trabajando con el tema de mujeres rurales. El resto del colectivo está con paridad, mujeres y derechos humanos y mujeres en la tecnología. Es un trabajo en proceso. Viajo a distintos lugares para poder retratar diferentes edades y rubros. En Montevideo tomé en San José que son tamberas, Salto son ganaderas, y en otro lugares donde son horticultoras, se dedican al viñedo y verduras. Las mujeres rurales son en general emprendimientos de familia, yo quiero buscar también quienes son asalariadas. También estas mujeres rurales armaron el “Grupo individual” para la parte más creativa y no la de trabajo, hacen teatro, viajan, todo lo que no es laboral las une.  Pero eso aún está tomando forma.

En noviembre de 2018 se inauguró la muestra Cosa de mujeres, una intervención urbana que se realizó en el Mausoleo de Artigas, en la Plaza Independencia de Montevideo. Es un trabajo realizado con el Colectivo En Blanca y Negra, donde buscamos visibilizar a través de la fotografía la lucha por la paridad de género. Retratamos a 40 mujeres de diferentes edades y oficios y les preguntamos cuáles serían sus primeras medidas como presidentas del país. Con obras de 90 x 1.50   hicimos la instalación durante un mes. En el año 2019, en el mes de la mujer, expusimos en el Parlamento Legislativo y también en el Anexo del Palacio. 

Nos alegra saber que también es una muestra muy itinerante. 

Llegamos al final de la charla y nos quedamos por un rato reflexionando sobre la importancia que tiene la fotografía para llevar estos mensajes por todo el país.

 La militancia marcó su vida, indudablemente, es algo que ella tiene tan incorporado que no imagina vivir de otro modo.  Apostó siempre a la libertad, a dar pelea por el reconocimiento de los derechos de las personas y a trabajar en grupo. 

Nos despedimos con un gran abrazo y con una profunda alegría de haber conocida a una gran mujer. Cruzamos la calle para tomar el ómnibus que nos llevaba a nuestra próxima historia. 

 

*Karina es Fotógrafa. Diplomada en Investigación Fotográfica en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Estudios avanzados en Lic. Artes en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

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