De la escultora y pintora Mónica Briones, poco se sabe más allá que su crimen de odio sin resolver inspira el Día de la Visibilidad Lésbica en Chile desde el año 2015, situándose como el primer caso documentado de un crimen de lesbo odio en el país. Han sido años de encontradas versiones sobre lo que motivó el trágico final de una lesbiana que se asumió públicamente en la década de los 70 y 80. Su caso, el que cual fue cerrado por la justicia sin encontrar culpables, motivó además la reactivación de la primera agrupación lésbica en la historia del movimiento, Ayuquelén ¿Quién y cómo era ella? Reproducimos testimonios de familiares y amigos que la conocieron y que hablaron en exclusiva para la desaparecida revista RSmagazine, enmarcado en la investigación de la periodista Érika Montecinos.*

“Dios mío, ¿por qué de esta manera?”, alcanzó a musitar Cristina Briones cuando terminó de examinar el cuerpo de su hermana mayor que yacía en el Servicio Médico Legal. No era su hermana. Al menos, en ese momento le costaba reconocerla. La recordaba muy atractiva, de grandes ojos claros, tez blanca, de amplia sonrisa. Lo que yacía ahí era un “guiñapo” como escribió Pedro Lemebel en su crónica que la recuerda. Incluso Cristina cuenta que su hermana era vanidosa “Tengo el rostro perfecto”, recuerda que le comentaba cuando se miraba al espejo. Y no era broma. La naturaleza le había proporcionado un rostro lozano, “afrancesado” decían algunas, “de bonitas facciones” dicen otras que la conocieron en fiestas, exposiciones, en la calle, por el Parque Forestal cuando vendía sus pinturas vestida de negro y el pelo muy corto, “a lo Mía Farrow”, dicen.

Pero nadie pudo ayudarla cuando tuvo que enfrentar una muerte trágica, horrenda, con el típico ensañamiento hacía quienes asumen públicamente su sexualidad, más en esos años de conservadurismo exacerbado, de dictadura, de añorado hippismo y amor libre.

Mónica Briones fue asesinada dos días después de su cumpleaños número 34. Un desconocido – o varios – «con pinta de nazi», la asesinaron en pleno centro de Santiago a punta de patadas y golpes que le destrozaron el cráneo. Pese a su corta vida, nunca pasó desapercibida, ni siquiera cuando murió. Cristina recuerda que hubo filas interminables de personas de diferentes clases sociales que asistieron a su funeral, desde elegantes señoras del barrio alto hasta humildes ancianas que vivían bajo el río Mapocho. “Su hermana iba a tomar tecito conmigo casi todos los días”, le dijo una anciana muy humilde que le dio el pésame.

Pese a que no escondía su lesbianismo, “ su vida se volcó a eso”, comentaba un amigo cercano, tuvo que mentir para proteger a su familia, tampoco temía reclamar ante la indiferencia del mundo artístico que nunca tomó en cuenta sus obras. Muchas veces salió a la calle a pintar, se la veía en parques, en las avenidas, en las comunas, quería que su arte fuera callejero, comunitario, público, que llegara a las masas, que se apreciara. A los 19 años, ganó un record al pintar durante 72 horas seguidas sentada en su banca e instalando sus atriles en el cerro Santa Lucia. “Vivo de manera muy acelerada”, declaró al diario “La Nación” de la época que la entrevistó por el record. Y siguió repitiendo la misma frase durante el resto de su existencia.

Drogas, alcohol y Edith Piaf
“Fue a los 15 años. Después de esa edad, la Mónica no fue la misma. Ella era una joven tranquila, de su casa, pero se le ocurrió comenzar a consumir drogas muy fuertes, como LSD y anfetaminas, y bueno, nuestra madre no encontró nada mejor que internarla en un psiquiátrico por los efectos. ¡Gran error! De ahí, la Mónica nunca más fue la misma”.

Cristina Briones fuma mientras cuenta cómo recuerda a su hermana mayor. Repite que era buena hermana, que la cuidaba a ella, a su madre y a su abuela. Eran cuatro en la familia, cuatro mujeres. Su madre, Adriana Puccio se dedicaba a la peluquería, mientras su abuela, Olga Moreira- actriz retirada y prima de la consagrada Yoya Mártinez-, confeccionaba muñecas de trapo. Vivían humildemente. Al padre, Manuel, artesano de lámparas, poco lo veían, lo sentían más bien ausente luego de la separación con Adriana, por violencia y por alcohol también. “La Mónica le quebró dos dedos a mi papá por defender a mi madre”, comenta.

“Es que así eran las cosas antes. A la Mónica por ejemplo cuando tenía seis años, mi papá la dejaba de jefa de taller donde confeccionaban lámparas y la ponía a la cabeza de todo el lugar, que ella diera las órdenes. Más encima le compraban juguetes que eran para varones”.

Añádase a eso, según la hermana, que a la salida del psiquiátrico el médico que la trataba le dijo a su madre “mire, señora es muy simple, o la acepta así o no la acepta y la echa a la calle”. Y la aceptaron, con toda esa personalidad que adoptó, bohemia, extrovertida, honesta, solidaria en un momento y depresiva, apasionada e incluso agresiva en otros; sobretodo, cuando ingería alcohol. Intentó abandonar la bebida en incontables oportunidades, a veces lo conseguía cuando estaba en alguna relación, pero luego, cuando la terminaba, se sumía en las tristezas del desamor.

Su hermana parece estar convencida que así de adelantada a la época, fueron las cosas para Mónica más aún si se asumió como lesbiana públicamente sin importar el qué dirán. “Es que la Mónica se liberó después de ese episodio en su vida y lo asumió sin complejos. Antes este tema no se hablaba, no es como hoy que salen en la tele, en los diarios. Es mucho más aceptado, mucho más normal. Mi madre nunca lo aceptó, a mí también me costó entenderlo, recién me lo dijo cuando yo tenía 21 años, y quedé como paralizada, no lo entendía”.

Por esos años, Mónica ya había tenido relaciones con mujeres. La primera de ellas, con Susana Peña, una de las fundadoras de Ayuquelén y también artista. Estuvieron juntas en dos oportunidades, pero terminaron definitivamente a fines de los 70. Susana la recuerda como una mujer muy celosa. “Casi todas sus parejas tenían problemas con ella por eso. Era muy intensa cuando se enamoraba, un poco trágica por decirlo de alguna manera”.

Hace hincapié, eso si, en que a ella le gustaba mucho viajar, caminar por la playa y sobretodo pintar y buscar materiales para sus esculturas. La ya retirada activista quien se encuentra radicada actualmente en Dinamarca junto a su nueva pareja, recuerda que Mónica utilizaba todo tipo de materiales para sus obras, como figuras de caballos con alambres y plástico caliente.

Yolanda Duque, escritora chilena y radicada en Canadá, también la conoció en alguna época, incluso, confidencia, Mónica le pidió que escribiera la historia de su vida. “Era una muchacha incapaz de hacer daño a nadie, ingenua en cierto modo. Muy artista. Hacía retratos a mano en carbón y algunas esculturas. Una vez estuve ayudándole a hacer muñecas, ella diseñaba las caritas y su abuelita hizo los cuerpos, se vendieron todas. Solía tener periodos de severas depresiones”. Nunca pudo escribir esa historia, porque Yolanda partió a vivir al extranjero y años más tarde, se enteró de su asesinato.

“Una amiga me escribió una carta, muchos meses después de su muerte para contarme que la habían asesinado a golpes, a la salida de un bar de la Plaza Italia. Me dio mucho dolor esa noticia. Sobre todo, porque ella me había pedido con tanta confidencia que escribiera su historia”, se lamenta.
Pero Yolanda y Susana, quedaron al menos con los buenos recuerdos de una mujer alegre, con todas las complicaciones de cualquier persona que decidió asumirse en torno a una sexualidad que no estaba de acuerdo con la heteronorma. Susana no olvida que su ex pareja admiraba a la cantante Edith Piaf y de hecho, parece que la vida de ambas tenía similitudes de tragedia. Tal vez, dicen algunos, decidió vivirla así, idéntica a la fallecida cantante francesa.

Mónica, la hippie
Estudio en la mítica Escuela de Arte Experimental de la Universidad de Chile, tuvo de profesor a Nemesio Antunez y entre otros consagrados del circuito de las artes. Hoy, pocos se acuerdan de ella, más allá de las anécdotas como, por ejemplo, que en uno de sus carretes setenteros conoció a Salvador Allende y la Payita con quien tenía incluso fotos. “Pero por miedo mi mamá las quemó todas cuando fue el golpe militar” acota Cristina. Es que ella frecuentaba todo el ambiente artístico y underground de aquellos años.

Pero sus arrancadas más recordadas, eran sus vacaciones en Caleta de Horcón. La playa de los hippies de los 70 y de los artesanos de los 80. Mónica, quien no quería olvidarse de esa época de oro, iba a veranear todos los años a ese balneario y pese a que no tenía casa, podía incluso hasta dormir en la playa y al alero de los pescadores en sus lanchas. Todo el balneario de Horcón la conocía por sus “escándalos”. Su madre, quien vivía preocupada de ella, iba a visitarla de vez en cuando para saber qué era de su vida: hace dos meses que no sabía de ella.

También recordadas eran sus “piqueros” en el mar o sus comentados alojamientos en carpas a la orilla de la playa con un montón de amigas. Uno de los tantos artesanos que la conoció se llama Gregorio Trincado, y hasta hoy, con canas y anteojos, atiende en un local de artesanía del balneario. Sin querer desapegarse de esa época de oro de los 70, se refiere a Mónica como “la paloma que le gustaban las palomitas”.

“La Mónica siempre llegaba en carpa a la playa. Era buena para nadar y una vez se lanzó al mar, ebria y volada de pito a buscar lugas flotantes, pensaron que se ahogaría, pero salió ilesa”, relata.

Trincado también recuerda que un poco antes de que la asesinaran, ella le confidenció que mantenía una querella en contra del dueño de una famosa discoteque del lugar, denominado “El Gloria”. Al comerciante le decían “El Carolo”. “Él la atacó una vez, la echó del local y la golpeó fuerte sobre una pared, por eso amenazó con demandarlo” ¿Fue ganándose enemigos y enemistades a lo largo de los años que desencadenaron un triste final? Trincado no duda en señalar: “Sé que de su muerte hay muchas versiones. Dicen incluso que se levantó a una mina de un tipo CNI. Pero prefiero no acordarme de eso y recordarla como era. Una vez llegó con “dos palomas” y me preguntó “Gregorio, ¿compartamos el botín?” y nos fuimos a la carpa con las palomas ¡Es que con la Mónica se pasaba muy bien!”.

De Ghandi y los últimos días
Hubo una película de moda a mediados de 1983. Se trata de “Ghandi”, el líder indio que inspiró este filme y que ganó varios premios Oscar. Mónica quedó impactada con la película cuando la vio, al menos así lo recuerda “Pelusa” Avendaño, quien pololeó con ella durante cinco meses.

“Cuando la conocí, me cohibió. Era una persona que miraba directo a los ojos, no bajaba la mirada, muy hermosa, de voz profunda. La recuerdo muy artista, ella amaba el arte, no era política eso si. Cuando le contábamos con mi grupo de amigas de la época que íbamos a protestar, nos decía “¡ya van a huevear!”. No le gustaba”, indica.

Tiempo después no continuaron con la relación, pero se hicieron buenas amigas, al menos se llamaban regularmente. En una de esas llamadas, recuerda Pelusa, a fines del año 1983, Mónica le comenta que tiene serias sospechas que está siendo víctima de seguimientos por parte de extraños.

“Ella me decía que sospechaba que eran de la CNI. Además, justo había iniciado una relación con una tal Marli, que más encima era casada”.
Pelusa rememora que su amiga tenía predilección por las relaciones complicadas y que la última vez que supo de ella fue cuando la llamó para invitarla a celebrar su cumpleaños número 34 en la desaparecida discoteque gay Atlantis, que se ubicaba en calle Merced y donde hoy hay una peluquería. Pelusa no pudo asistir a la fiesta, porque precisamente ese día de lluvia y temporal se enfermó con un fuerte resfriado que la tuvo en cama. Días después la llamaron para darle la triste noticia que todos se negaban a creer.

Un proceso judicial largo

Dentro de los mitos urbanos en torno a la escultora Mónica Briones, está el de la participación de su familia. Muchas de las personas que la conocieron, han creído durante años que su familia no quiso investigar sobre su muerte. Cristina Briones reconoce que al igual que todo el mundo, creyeron que se trataba de un accidente; sin embargo, diferentes hechos, como extrañas llamadas telefónicas o Carabineros que entregaban papeles con datos de posibles sospechosos, les hicieron tomar la decisión de abrir una investigación judicial a cargo del prestigioso abogado Alfredo Etcheverry, quien no les cobró. Cristina lo conoció porque iba a tomar café al restaurant donde trabajaba en esos años en el centro de Santiago y le contó el caso de su hermana. Él se sensibilizó con la historia y prometió ayudarla ad honoren.

“La Mónica era una diosa para toda la familia. En las fiestas navideñas, cumpleaños u otras cosas, ella era el alma de los festejos con su chispa. Ella se murió y se acabó la familia, todos se dispersaron, porque no podían creerlo, hasta hoy”, dice.

Prefiere recordarla enseñando un recorte de diario que ella calcula debe ser dos años antes de la muerte de Mónica. Es una entrevista que le hicieron en la revista “Yo, mujer” del diario La Tercera. Curiosamente, se titula “Una mujer creativa y distinta”. En ella se hace hincapié en que la escultora llegó a la redacción del diario pidiendo una entrevista para que conocieran su arte. Por esos días exponía en un centro cultural del Parque Metropolitano.

El siguiente es un párrafo descriptivo de esa entrevista:
“Habla con soltura de la muerte. No le teme. Le parece infalible y cree que inexorablemente, morirá joven. “Porque soy muy acelerada, vivo muy rápido”, dice. Le gustaría conocer a Fellini, porque se siente media fellinezca y sigue pensando que la libertad no existe, “porque los seres humanos estamos muy condicionados. No sabemos lo que seremos el año dos mil. Quizás, en el futuro, nos convertiremos en puro cerebro”. Y pide sólo una cosa: que la gente visite su exposición. “Sólo para que me conozcan y me den una oportunidad…»

*Reportaje publicado inicialmente en el portal de la Agrupación Lésbica Rompiendo El Silencio

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