Por Rocío Galdames*

En la década del 70´ la economía feminista ya venía cuestionando el Sistema de Cuentas Nacionales, respecto a la no incorporación del trabajo doméstico y del cuidado no remunerado dentro de la llamada “Frontera de Producción”. Este se compone entre el tiempo utilizado en que se realizan las labores del hogar durante un periodo de referencia determinado para producir servicios destinados para el consumo propio o el de otros hogares y esas tareas no son intermediadas por un pago. Posteriormente, el 22 de Julio de 1983 en el segundo Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, se celebró el reconocimiento de las labores de las mujeres en los hogares, comprendido actualmente como Día Internacional del trabajo doméstico, pero el reconocimiento como un  trabajo implica asumir el  gasto temporal y un  desgaste  físico que históricamente ha estado asociado a la mujer como parte de la comprensión universalista y  binaria del sexo: el cuidado de un  otro.

En el Primer de Informe de valoración económica del trabajo doméstico y de cuidado no remunerado realizado en Chile por Comunidad Mujer en 2019, llamado ¿Cuánto aportamos el Producto Interno Bruto?, se buscó estimar el valor económico –determinado por su contribución  al producto interno bruto de las tareas de trabajo doméstico y de cuidado no remunerado que realizan  las personas para contribuir a que se conozca el  valor real  en  el bienestar social y en  el funcionamiento de la economía del país. Los datos que arroja este informe es el gran peso que tiene el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado tanto en el uso del tiempo como a nivel económico, las estimaciones revelan que, del total de horas de trabajo productivo, la mayor proporción corresponde al trabajo doméstico y de cuidado no remunerado (53%) que, a diferencia de las otras actividades, es desarrollado mayoritariamente por mujeres 71,4 %. También indica que los quehaceres del hogar constituyen la dimensión con más peso (65%) del trabajo doméstico y de cuidado. De ese trabajo, la preparación y servicio de comida 23% y a limpieza de la vivienda 15% son actividades que concentran el mayor número de horas de trabajo no remunerado en la población de 15 años o más y las reparaciones menores en el hogar los menos. El trabajo doméstico y de cuidado no remunerado equivalía al 22% del PIB ampliado, lo que supera la contribución de todas las otras ramas de actividad económica.

En las labores de cuidado (25%), los cuidados de niñas y niños de 0 a 4 años concentran el mayor número de otras de trabajo no remunerado en la población de 15 años o más, mientras que los cuidados a 66 años y más, y los cuidados a personas que requieren cuidados de salud permanentes figuran las con menos volumen de horas anuales de dedicación[1].

Además, los datos demuestran que del total de mujeres que están fuera de la fuerza de trabajo remunerado, un 38% se encuentra en esa situación por no poder conciliar una actividad remunerada con las tareas domésticas y de cuidado de personas, mientras que para los hombres este porcentaje sólo alcanza el 2,1%. Estos datos claramente han experimentado un evidente aumento para hombres y mujeres con los innumerables despidos como efecto recursivo de la crisis covid- 19, no obstante a la luz de las brechas de género asociadas a la división sexual del trabajo, cabe preguntarse en relación a la ausencia desagregada de los datos si los despidos han afectado más a las mujeres que a los hombres.

Las limitaciones del patriarcado y la relevancia de la historiografía feminista

En cuanto al escenario de cambios irrevocables que supone enfrentar la crisis socio sanitaria, adaptarse a nuevas condiciones laborales de teletrabajo que han evidenciado las complicaciones inherentes al trabajo doméstico y de cuidado de las mujeres con triple jornada y con el objetivo de profundizar revisando discursos y prácticas desde la perspectiva historiográfica del feminismo concretamente desde los estudios del género, entrevistamos a Javiera Poblete. La historiadora chilena e investigadora de la construcción cultural de la maternidad en Chile durante el siglo XX, se encuentra en España realizando un doctorado en estudios de género en la Universidad Autónoma de Madrid y nos aportará con sus estudios y reflexiones a visibilizar la relevancia de la conmemoración de este día del trabajo doméstico no remunerado.

¿Qué relación ves percibes tú según la investigación que realizaste en tu libro Ni madres Ni padres Sexualidad popular en Chile 1927- 1937 en relación a la maternidad contemporánea en Chile y el no reconocimiento del trabajo doméstico no remunerado?

Entender históricamente los cuidados como el resultado de nuestra naturaleza, es reproducir las relaciones de poder que sostiene el patriarcado gracias a la construcción cultural de la maternidad. En este sentido exigir que se nos permita abortar es cuestionar las bases ideológicas del patriarcado que buscan posicionarnos en el espacio privado para el cuidado y la reproducción de la vida. Por medio del aborto, las mujeres tensionamos la cosificación histórica de nuestros cuerpos y los regímenes de verdad que se establecen a partir de la medicalización del cuerpo entre otros dispositivos. Es importante reconocer que las mujeres tenemos la posibilidad de decidir quién nace y quien no nace, y por ello, al ponemos en jaque al patriarcado y su capacidad histórica de controlar nuestros cuerpos.

Gracias al avance de la historiografía feminista, podemos ver que hay memorias subterráneas que están latentes en la historia y en constante movimiento. Gracias a ello, podemos advertir por ejemplo, que nuestras abuelas abortaron clandestinamente producto de las precarias condiciones materiales de existencia que no les permitían sostener su propia vida y que incluso no habiendo abortado, ellas sabían quiénes practicaban abortos en sus barrios. Esto demuestra que al exigir el aborto libre, las mujeres estamos transformando el orden simbólico de la maternidad y con ese gesto estamos instalando un discurso feminista que desnaturaliza el discurso hegemónico patriarcal sobre la maternidad y que demuestra que no este no es un problema nuevo, sino que responde a una lucha histórica por el control de nuestros propios cuerpos.

La comparación entre el siglo XX y el presente, es que si bien las políticas públicas buscaron generar espacios y recursos para educar en las mujeres del pueblo la crianza responsable de los hijos  hoy vemos que la institución pública neoliberal, no solo insiste en el rol materno como un deber biológico con la prohibición del aborto libre, sino que además le traspasa a las mujeres y las familias, la responsabilidad económica de sostener la educación, la salud, la vivienda, la alimentación, vestuario, etc. de sus hijes. Todo con garantías insuficientes que no reconocen al trabajo doméstico y el cuidado como un aspecto fundamental de la economía del país.

¿Cómo crees que Chile puede avanzar en ajustar la medición macroeconómica que permita revelar de manera clara lo que se oculta detrás del trabajo productivo de las mujeres?

Mas allá del necesario reconocimiento del trabajo doméstico no remunerado, el problema tiene que ver con qué es lo que va a ocurrir en la redistribución. Es decir que es importante observar históricamente, en qué momento se decidió que nosotras éramos quienes teníamos que asumir la responsabilidad de los cuidados y del trabajo doméstico. Si reconocemos esto, podemos identificar cómo, de qué manera, por medio de qué prácticas o a través de qué discursos, seguimos reproduciendo este orden social y sexual patriarcal.

En este sentido, considero que independiente de la visibilización de las cifras que demuestran nuestra triple jornada laboral, es necesario apuntar hacia el desarrollo de una educación no sexista que nos permita transformar nuestras relaciones sociales, sexuales y afectivas para la reconstrucción del orden simbólico que determina las responsabilidades de los sujetos dentro del espacio doméstico. Digo esto porque hasta el día de hoy, podemos ver que gracias a ello se siguen reforzando y perpetuando roles de género que aún siguen vigentes en las escuelas, pero también en la calle, en el trabajo, en nuestras casas. Es necesario comprender que la idea del cuidado así como el género, es una construcción cultural. Solo de ese modo podremos generar las transformaciones que necesitamos, ya que no queremos que se nos valore productivamente como dueñas de casa, sino que necesitamos transformar el orden simbólico que sigue perpetuando nuestra existencia en ese rol.

Hablando del centro a la metrópolis, considerando que analizamos económicas con manejo de la seguridad social diferenciadas: ¿qué experiencias de España percibes que han avanzado en el reconocimiento a la reducción y redistribución del trabajo doméstico no remunerado?

La pandemia evidenció que el trabajo diferenciado y no redistribuido se lo llevan siempre las mujeres en todo el mundo. El virus solo reveló un problema histórico y lo seguimos reproduciendo como si estuviésemos formateados para hacerlo.  Lo que veo es que queda en evidencia que el desafío político que tenemos las feministas es enorme, pero también que nuestra lucha tiene sentido, que estamos en buen camino.

Si seguimos demostrando que la construcción cultural de la experiencia maternal tiene efectos económicos y políticos, podremos identificar, parafraseando a Rita Segato, el fundamento ideológico del patriarcado neoliberal que insiste en que nuestro lugar es el de la reproducción de la vida y de los cuidados.

Corresponsabilidad y redistribución del trabajo doméstico

La necesidad de reconocer el trabajo doméstico no remunerado es sin duda parte de la agenda feminista que debe estar presente como parte de la crítica a la economía política en el mundo contemporáneo, cuando en base al modelo desarrollista se complejiza en la distribución del tiempo que las mujeres invertimos en el intento de equiparar el equilibrio entre el bienestar de otros con el propio.

En  ese sentido, re tematizar la maternidad  como un  valor subyacente a ser mujer y plantear espacios de discusión sobre lo que  está latente y asociado al cuidado como ámbito vincular y relacional no solo con los hijos sino con  todo lo que significa asumir el cuidado de otro,  es prioritario  para avanzar en  las diferentes dimensiones asociadas a  la redistribución  del  trabajo doméstico y la necesaria corresponsabilidad con la pareja en  trabajo  doméstico  y la necesaria reciprocidad de responsabilidades.

Finalmente se comprende como algo fundamental, evaluar qué problemáticas que movilizan a resolver en consideración de aspectos entre la raza, el género, la clase social y los patrones socio históricos, o procesos que se siguen manifestando en el análisis intersectorial de las políticas públicas. Básicamente se trata de un pie forzado para avanzar a en los caminos mirando el territorio en amplitud de perspectiva, no sólo el mapa aprendido por la universalidad esencialista propia de la educación eurocéntrica, basta con mirar otras formas de redistribuir lo doméstico en culturas matrifocales o cuando abuelas que marcaron sus dinámicas sin depender de terceros para sostener la vida.  El trabajo doméstico revalorizado marca la ruta de comenzar a hablar en serio sobre todos lo que circunda la construcción simbólica y cultural en torno al género por eso este día no nos queda indiferente nos invita a politizar e integrar la mirada a lo que queremos cambiar para no ser esclavas del capital o el patriarcado, no remunerado.

[1] Estudio Comunidad Mujer,  Chile  ¿Cuánto aportamos al PIB? 2019, página 12 y 13

 

*Rocío es socióloga estudios en psicología, diplomada en investigación del cuerpo y emociones. Artivista teatral. Feminista chilena.

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