Por Mey Ciares y Daniela Poblete Ibañez*

Hace un tiempo un grafiti con la frase “eso que llamas amor, es trabajo no pago” se hizo popular en las redes sociales. Fue como una especie de click, un fuerte cuestionamiento a los lineamientos patriarcales y capitalistas más antiguos, el trabajo doméstico como destino natural de la mujer, y el disfrute que esto supone para ella.

 Hacer visible lo invisible es una lucha diaria del movimiento feminista y el trabajo no remunerado de mujeres y diversidades es un tema estructural que tiene la urgencia de ser debatido por significar en nuestras cuerpas y cuerpes siglos de abuso. El sistema de géneros con el que patriarcado organiza nuestra sociedad genera relaciones de poder y de explotación como lo fue la esclavitud o como lo es la explotación obrera a les trabajadores. Esta explotación se da en la relación que se produce entre el género masculino con el femenino y las diversidades de género.

La modernidad trajo consigo una división de ámbitos con lógicas muy distintas. Uno de ellos es el ámbito de lo público donde la institucionalidad es el Estado y el otro es el ámbito de lo privado donde la institucionalidad es la familia. En el primero existe una organización sustentada en un contrato social y en el ámbito privado prima una idea de organización natural en donde quedan por fuera derechos y garantías que buscan normarse en el ámbito público. Esto justifica un sistema de explotación de mujeres, niñas, niños y diversidades y provoca una cadena de violencias que debe ser erradicada si pretendemos una sociedad de iguales.

Este “orden natural” nos indica que el cuidado del hogar es responsabilidad exclusiva de las mujeres, sin importar si vive o no en ese hogar. También afirma que, al ser una función natural no merece un reconocimiento y, en caso de ser remunerado, con una mínima paga es suficiente.

Ahora bien, entre otras cosas, el feminismo es deconstrucción, básicamente cuestionar todo lo establecido como “normal o natural”, romperlo y volverlo a armar con un orden equitativo para todes. En este sentido, la valoración del trabajo doméstico y la obtención de los derechos que esto supone, se convirtió en un pilar de la lucha feminista.

En nuestro país tenemos una deuda con el tratamiento institucional de este tema. Los primeros antecedentes que podemos nombrar son la sanción de la Ley 1168 de la Ciudad de Buenos Aires que crea una  “encuesta que permite cuantificar el aporte económico desarrollado por las Amas de Casa”en el año 2003 y la Encuesta de Uso del Tiempo realizada en la Ciudad de Rosario en el año 2010. Posteriormente en el año 2013 el Instituto Nacional de estadísticas incorporó en la Encuesta Anual Permanente de Hogares Urbanos aspectos sobre el uso del tiempo. Lamentablemente ninguna de estas iniciativas tuvo la periodicidad necesaria por tanto no contamos con datos ciertos sobre la realidad. Recientemente el gobierno nacional anunció que se aplicará una encuesta el año 2021 para obtener información actualizada, esperamos que esta vez sea una política que se mantenga en el tiempo.

Conozcamos algunos de los datos recogidos por la Encuesta Anual Permanente de Hogares Urbanos, comencemos. La participación en actividades que comprenden el trabajo doméstico tiene una brecha de 31 puntos porcentuales, siendo la tasa de participación de los hombres de un 57,9 por ciento y la de las mujeres de un 88,9 por ciento. Si traducido en horas nos indica que las mujeres trabajan en promedio 3 horas y media más que los varones en tareas domésticas.

Por otro lado también tenemos que  nombrar también que cuando salimos al mundo del trabajo se repite el patrón de lo natural y se nos brindan como oportunidades laborales cuestiones vinculadas al cuidado que como, supuestamente, es parte de nuestra esencia realizarlas son trabajos mal pagos y foco de profundas discriminaciones. Los datos en este punto hablan por sí sólos. En Argentina hay casi 1 millón de personas que se dedican al servicio doméstico, el 97.9% son mujeres y perciben un ingreso mensual que ronda los $7300, la mayoría de ellas también realizan las tareas domésticas en sus propias casas[1].  A estos datos, se suma que casi la mitad son el primer sostén económico del hogar, en un país donde la canasta básica total ronda los $30000 para una familia de tres personas[2].

El diagnóstico no es esperanzador, pero es fundamental para delinear políticas públicas concretas que ataquen los principales problemas que enfrentan las trabajadoras. En este sentido, en febrero de este año, el Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad convocó la primer Mesa Interministerial de Políticas del Cuidado, dando cuenta de que por primera vez, el Estado tomará esta cuestión como uno de sus ejes de política, de manera transversal[3].

Estamos presenciando un escenario sin precedentes, estamos deconstruyendo y construyendo. Comenzamos a cosechar los frutos de las luchadoras que nos precedieron, de aquellas que en un escenario mucho más hostil se animaron, de las compañeras que en 1983, en el Segundo Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, declararon el 22 de julio como el Día Internacional del Trabajo Doméstico, para dejar en la historia y recordar siempre la batalla por el reconocimiento de las vulneradas.

Ahora nos toca a nosotras continuar con su labor, desde el lugar que nos toque y de la manera en que podamos, pero con el mismo espíritu.

*Mey es Comunicadora y feminista. Fan del fútbol con amigues y de la milanesa con fideos.
*Daniela Poblete Ibañez, es editora en Argentina de Revista Emancipa. Integrante de la Red de Abogadas  Feministas y del Observatorio Contra el Acoso.

 

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[1] “Shokida, Natsumi S. (05/03/2020) Las trabajadoras de servicio doméstico en Argentina. 2do trimestre de 2019. Economía Femini(s)ta. Recuperado de https://ecofeminita.github.io/EcoFemiData/informe_servicio_domestico/trim_2019_02/informe.nb.html
[2] https://www.indec.gob.ar/indec/web/Nivel3-Tema-4-43
[3] https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/las_brechas_de_genero_en_la_argentina_0.pdf

 

 

 

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