@lola.vendetta

 

Por Alejandra Iriarte y Manuela Bares Peralta*

En estos últimos tiempos escuchamos hablar de la cultura de “la cancelación”. A veces de manera directa y otras indirecta, atravesamos el mandato de teclear un delete sobre actores, actrices, películas, canciones, artistas porque dijeron algo considerado “intolerable” para los nuevos tiempos que corren. Un ejemplo bastante reciente es el de la autora de la saga de Harry Potter y sus manifestaciones transodiantes. La cancelación se hace visible de diferentes formas, ya sea porque nos empuja a consumir eso que “es políticamente incorrecto” en soledad o nos privamos de aquello que no avalamos ideológicamente. Pero, ¿qué pasa cuando la cancelación se manifiesta (o no) sobre alguien que forma parte (de alguna manera) de nuestra cotidianeidad?

Empezamos con esta reflexión sobre la cancelación porque hoy junto al escrache público parecen ser las únicas herramientas con las que contamos para exponer a los abusadores y/o violentos. Se nos exige que acudamos a ellas, se nos pide que señalemos, que visibilicemos. Nos exigen que nos expongamos una y otra vez para creernos.

Pero mientras se nos exige a nosotras, los violentos y abusadores continúan exprimiendo su impunidad haciéndose visibles en actividades públicas, charlas, congresos o publicando notas y opiniones. Si bien es verdad que, cada vez hablamos más de “violencia política” de forma pública, también, en muchos casos, la “censura simbólica” hacia aquellos que nos violentaron nunca llega. La violencia política comienza a transformarse en otro concepto lindo de repetir y usado hasta el cansancio por los mismos que deberían revisar sus prácticas a la luz de este término.

Como consecuencia, el repudio a la violencia real parece reservada para nuestro mundo íntimo, palabras de afecto e indignación por igual que recibimos de otres que “conocen la historia” pero, ninguna lo suficientemente poderosa para impactar en lo público.

Esto mismo sucede en todos los ámbitos en los que transitamos, donde seguimos viendo con impotencia cómo siguen pretendiendo explicarnos y enseñarnos temas “de género”, como se sacan fotos con referentas del feminismo, como siguen y siguen ocupando espacios de poder mientras a nosotras solo nos queda “aguantarnosla”.

La pregunta es ¿qué esperábamos? Cuando hablamos pagamos costos, cuando no lo hacemos también. En el fondo, todes saben, todes se indignan pero, el silencio que operó sobre nosotras tanto tiempo, parece contagioso. Todes nos callamos porque los costos siempre son altos sobre todo para nosotras. Muchas veces, nos dijeron: “si denuncias, te voy a bancar”. Y, esa palabra, que debería operar como incentivo a perder el miedo funciona casi como una extorsión. Acaso, ¿necesitan que nosotras pongamos el cuerpo una y otra vez?

Nos negamos a creer en la cancelación y en el punitivismo como única expresión de justicia. Quisiéramos que se den cuenta, que tomen conciencia de lo que provocaron, que recapaciten, que pudieran correrse del centro de la escena. Sin embargo, ellos redoblan la apuesta, la impunidad los hace sentir más seguros y continúan presionando sobre nuestro silencio. Nos empujan, una vez más, a pagar el costo de decidir qué hacer: denunciar o permanecer en silencio otra vez.

Estamos obligadas a decidir: a contrastar la injusticia, la impunidad con nuestras propias creencias e ideales. Y de vuelta, somos depositarias de la carga, del peso que conlleva para nosotras acceder a la reparación y a la justicia. No creemos en el punitivismo, tampoco en la cancelación absoluta y, entonces, ¿qué queda para nosotras?

Ni los escraches, ni la “cancelación” son estrategias efectivas. Son las que tenemos, las que pudimos construir, pero ¿son las que efectivamente deseamos y nos permiten sanar? La mayor parte del tiempo, creemos que no.

Nos damos cuenta que tenemos más dudas que certezas, pero creemos que eso está bien, que el aporte está en socializar nuestras dudas. Tenemos experiencia de sobra en el daño que causan los que avanzan guiados por supuestas certezas. Seguramente sería todo mucho más fácil si contáramos con las respuestas, si supiéramos, por ejemplo, que decir el nombre y apellido de los violentos va a sanar las heridas que seguimos llevan a cuestas.

Pero, no se trata sólo de que sanemos como un proceso individual. El objetivo es otro. Queremos construir otras maneras de vincularnos, otras formas de participar en la política, pero también en el arte, en la música, en el trabajo, en la vida familiar y social, en todos los ámbitos de la vida.

Seguimos apostando a lo colectivo, aunque lo colectivo tenga una enorme deuda con nosotras. Seguimos esperando que la indignación que inunda el ámbito privado encuentre representación en lo público. Seguimos creyendo que las estructuras y espacios son valiosos, aunque sean los mismos ámbitos que los siguen conteniendo a ellos y nos expulsan a nosotras. Elegimos creer que la empatía, algún día, se puede transformar en algo más que un mensaje o un llamado, se puede convertir en una acción que permita que no sintamos más injusticia ni miedo.

 

*Manu es es integrante de la Red de Abogadas Feministas y del Centro de Estudios de Políticas Públicas Comunidad Buenos Aires
*Alejandra es Abogada. Integrante de la Red de Abogadas Feministas. Escritora y Tucumana.

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