Por: Nathalia Gonzalez

“Largamente me busqué en el espejo, pero no pude hallarme,
el cristal me devolvía la imagen de un ratón desorientado.”
– Isabel Allende-1

Mirarse al espejo se convirtió en un reto y desafío para nosotras. Mientras veíamos en nuestras redes sociales a casi todas las personas haciendo ejercicio y aprendiendo un montón de cosas, que tenían postergadas por falta de tiempo, a nosotras nos consumía otro pensamiento, si es que solo un pensamiento: el miedo. ¿Miedo? Sí, ese miedo, sumado a la ansiedad que nos da cuando no logramos hacer lo que los demás sí pueden. Pero, ¿quién nos dijo que en cuarentena teníamos que hacer y deshacer con nuestras vidas y con nuestros cuerpos? Oigan, chicas también es válido darse espacio para la absoluta nada y sí, todas estamos listas para esta conversación… 

¡Qué violento se tornó este discurso de “aprovechen el tiempo en cuarentena para que, cuando se termine, estén todas hermosas”! ¿De verdad? A veces no nos da el tiempo para nuestra cotidianidad y ¿nos quieren poner a hacer más cosas? A regañadientes hay días en que nos motivamos y lo hacemos: un día pierna, un día cardio y al otro abdomen todo porque el teletrabajo y el telestudio nos volvió momias y estamos tiesas. Gracias señor de las rutinas de Youtube por levantarnos de esta silla. 

Y, ya que me levanté de esta silla, me decido a salir y hacer estas diligencias básicas, otro nuevo reto y desafío. Me dan ganas de ponerme ese pantalón que amaba antes de la cuarentena, pero que por estos meses ha estado guardado. Pienso y me digo: “¿Será que todavía me queda?” pues en esta cuarentena he cumplido con todos mis placeres gastronómicos ya que los otros están postergados por temas de bioseguridad. En fin, después de pensarlo más de cinco veces saco el pantalón, lo abro para ver sus dimensiones y calcularme dentro de el. Primero una pierna, después la otra y para arriba con fuerza. ¡Vamos, ya casi! Uff entró. Me queda apretado pero la cremallera cerró. Aún me sigue gustando ese pantalón. Y no, no me arrepiento de haber comido cuanta cosa quise, porque como dice María del Mar hay que “comer y vivir sin culpa”2 ¡Qué palabras tan acertadas para estos días!

Ahora, me miro en el espejo y me noto diferente, no sé si lo que veo me gusta, entro en confusión. Ahora, el pantalón apretado me hace ver un gordito que a mí me parece de lo más simpático y simbólico, es la prueba de que me dejó de importar el “estás gorda” de todos aquellos se sentían en el poder de dar algún señalamiento sobre mi cuerpo, ¡Es mi cuerpo! Tengo un brasier de encaje que compré por internet y me hace sentir más que poderosa. No dejo de mirarme en el espejo y ahora busco mi celular para autofotografiarme; doy mi mejor pose, pongo mi celular frente a mí y click, listo, la foto está. Creo que en cuarentena las fotos de nuestros cuerpos son nuestro mejor tesoro porque sí, está más que bien tomarnos fotos a nosotras mismas y descubrir que cada lunar, cada peca, cada estría es una historia que no deberíamos de ocultar o por la que deberíamos sentir pena o vergüenza alguna. 

Después, me vuelvo a darme una última revisada frente al espejo y ahí entendí que ese cristal que estaba frente a mí no debería ser mi (ni nuestro) enemigo y mucho menos ese reflejo que lograba y logramos ver. Aquí estamos, con nuestras ojeras, pecas, estrías y sonrisas; y con nuestros kilos y lunares; y todos y cada uno de estos en cada uno de nuestros cuerpos están más que bien. Creo que ya quiero volver a mirarme en el espejo.

 

Referencias: 

1 Allende, I. (2014). Eva Luna. Bogotá, Colombia. Penguin Random House Grupo Editorial. 

Ramón, M. (2019). Tirar y vivir sin culpa. Colombia. Editorial Planeta Colombiana. 

 

1 comentario

  • Este relato se descubre en la realidad de cada una. La fuerza y valor detrás de cada letra y frase, hacen posible el vínculo y la invitación para que cada una de nosotras se desdibuje y se construya desde, el que debe ser, nuestro primer, más importante amor: el propio.

    Una narración desde y para el corazón. Muy hermoso.

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