Ilustración: @Soy_Pirata

Por Camila Teuta:

Dentro del contexto de salud mental y el sistema actual del tratamiento de “enfermedades mentales” aquellas personas que estamos proclives a adquirir tratamiento psiquiátrico por la expansión de la mente- en torno al “poder” subjetivo de desarrollar conocimientos de más de una realidad a nuestros ojos y mente- nos vemos obligados a permanecer a un circulo de rehabilitación psiquiátrica como punto de partida para encajar en la “normalidad” socialmente adquirida. Así, y desde una perspectiva interpretativa- de mi misma- y – por qué no- hermenéutica quiero plasmar con todes ustedes mis realidades adquiridas y sobretodo aprehendidas en tiempo de Covid. 

La capacidad de explorar contextos para aliviar vivencias de estrés se ha visto afectada- muchas veces-  por la incapacidad de adaptarse a otros espacios o por abandonar entornos que con el tiempo habíamos encontrado como mecanismos de terapia o nivelación emocional.  Desde el panorama de personas con condiciones mentales ligadas a una “enfermedad” como yo – aquellos y aquellas que viven un panorama igual o similar- buscamos acoplarnos constantemente al ciclo de comprendernos y adaptarnos al nuevo proceso que estamos viviendo y sintiendo.

Ante ello, con este relato busco poder plasmar mi realidad y mostrar que como mecanismo de bienestar y resistencia emocional he adquirido la acción metódica de la invención… ¡crearme, de nuevo y mil veces más! Porque me bastaron tres segundos, en medio de un episodio depresivo, para poder comprender que la metodología convencional y médica de “progreso” no es homogénea y que sanamos diferente porque somos diferentes.

Desde pequeña consideré que veía las cosas de manera peculiar, no en razón de entrar en un discurso de sentirme o a ser diferente a los demás , sino con múltiples formas de caracterizar mis actos y mis pensamientos. A los 18 años fui diagnosticada con trastorno de ansiedad, trastorno de personalidad disociativa, teniendo episodios psicóticos auditivos y visuales que desvanecen una realidad por otra. Este contexto, en el entorno familiar y médico produjo que en mi vida entrara la medicación como mecanismo de solución a los “problemas” mentales que estaba padeciendo, por lo cual sostuve un tratamiento psiquiátrico (intermitente) por más de 6 años. 

Posteriormente, se reformuló mi historia clínica mental a inicios de síntomas esquizofrénicos debido al aumento de episodios psicóticos, escuchaba sonidos cuando nadie más lo hacía, veía cosas y personas en espacios donde no había nadie más que yo. Me confundí tanto que me negaba a la idea de pensar que mi realidad se distorsionaba, que no sabía si lo que veía era real o no. Desconfié de mí, dejé de mirar a las personas a la cara porque en pocos segundos podía transformarse su rostro a una máscara sin forma, ¡me cagaba de susto el mundo entero!

Esos golpes en mi realidad formaron inseguridades, mi mente no respiraba, perdí lo que una vez fui y me convertí en lo que me mostraron de mí. Los efectos de la medicación me produjeron déficit de atención, se me olvidaba lo que hacía, con quién estaba, momentos felices o tristes, todo estaba nublado.  Perdí el apetito, mis dolores de cabeza aumentaron, y por supuesto la finalidad misma de la medicación nunca llegó a mi cerebro. 

Hablar conmigo misma fue lo más difícil del proceso, porque primero tuve que volver a encontrarme, y para ello dejar la medicación y sufrir los efectos de dejarla sin el procedimiento correcto. Aumentó mi ansiedad, lastimaba mi cuerpo, lloraba sin parar todas las noches y días, no sabía ¡quién carajos era! Cada vez tenía más episodios psicóticos, quité mi cabello al ras de mi cuero cabelludo con una máquina de mi padre porque estaba cansada de verme y no ser  yo. Mis padres, con su inocente credibilidad en la prescripción médica, lloraban día y noche y me aconsejaban internarme, interrumpían los momentos que quería estar conmigo misma y llorar para decirme ¿por qué llora? ¿qué tiene? ¿por qué no se deja ayudar con los medicamentos? ¡usted no puede con usted misma, necesita ayuda y esa ayuda se la dan esos medicamentos! ¡me sentía sola, mierda! desconocida, pérdida pero todo sin saber por qué. 

A partir de ello, tuve como objetivo dejar que ello pasara y tomar como alternativa el fortalecerme a partir de mis redes de apoyo como las amistades, las panas que se volvían locas y se enfiestaban conmigo en mi mente, las que unían al parche el nuevo personaje que mi mente creaba, y cuando yo lo dejaba ir, ellas se despedían también. Así que empecé a permitirme hablar y dejarme escuchar, reconocer ciertos patrones que involucraban poder pedir apoyo de otro u otra para reordenar mis reflexiones ante los episodios que acontecían.

Y ¿Mi reflexión? ¿Quieren una pausa para sincerarme completamente y decirles mi reflexión después de todo eso? ¡mi reflexión fue, y es, que soy una loca, una freaky, una engreída por no querer hablar y una antipática por no ver todo igual! Pero no porque muchas personas me lo digan, sino porque mi resistencia emocional implica aceptarme de las mil formas que me dé la gana verme o de la única desde la cual quiera, o no, pararme a verme a mí y al mundo entero. Soy yo, y ser yo significa ser todo y nada cuando se me antoje.

 Así que sí, mi resistencia emocional aumentó cada vez más, empecé a reconocer que mi bienestar emocional, si bien no dependía de otros, si estaba directamente ligada a mi bienestar social y a mi comodidad de ser yo con ella, por lo cual mis redes de apoyo se fortalecieron y mis mecanismos para poder estar conmigo misma en la tranquilidad del silencio implicaba que cada episodio significara una forma de generar una invención sobre mi misma, aceptar que los miedos hacen parte de todos y la peculiaridad de los míos abarcaban tener que escucharme primero, observar lo que pasaba tras mis ojos y releer los pensamientos de mi mente ¿les ha pasado? 

Estando en casa las cosas empezaron a complicarse, mis redes de apoyo se distanciaron, mis rutinas para reinventarme se quebraron y los diálogos conmigo misma los sentía forzados, opacados por las paredes de mi cuarto, y ahogados por la cotidianidad producida por existir en un contexto de pandemia. Ante ello,  tuve la necesidad de dejar salir mi ansiedad y dar riendas sueltas a la permisividad de mis sentimientos, y tan solo tres segundos después de prender un cigarro y exhalar el humo enternecedor y adormecedor en mis pulmones, entendí que debía escribir, escribirme y escribirles.  

No importaba cómo, ni mi calidad ortográfica, ni mi coherencia basada en las normas de escritura, importaba yo, mi nueva red de apoyo y un esfero que fuera suave con el papel para darle ritmo a mi mano. Ahí entendí que había encontrado algo en la escritura ¡la maldita terapia que necesitaba,  por fin la que me sanaba! la que me hacía mandar a la mierda la mierda y a la no mierda lo que para mí no era mierda, y ahí, ahí mismo con solo mi esfero, mi cuaderno y mis pensamientos en mi cuarto logré mi jodida y hermosa invención:

 Leerme para conocerme, conocerme para aceptarme y aceptarme para avanzar.

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