Por Paulina Aliaga de la Fuente*

Cuando pensamos en los procesos de independencia de nuestros países, nos rodeamos de nombres e imágenes de hombres; próceres, héroes, soldados, generales, bandidos. Los relatos de la independencia son parte de una continua trama que desde la Colonia va marginando la participación de las mujeres en el espacio público.

De hecho, si preguntamos a cualquier amiga, familiar, adultos o niños sobre las mujeres de la independencia probablemente hablarán de Paula Jaraquemada y Javiera Carrera.

Las mujeres organizaron y coordinaron la clandestinidad decimonónica que permitió el empuje de la crítica criolla al imperio español. Las discusiones comenzaron en chinganas, bares, prostíbulos y diversos espacios del mundo popular, lugares que visitaban cotidianamente criollos, mestizos y españoles, y que poco a poco fueron transformándose en espacios de análisis de la crisis del Imperio; lugares rodeados de vida, placer y libertad, donde se gestaron conspiraciones y acciones contra el poder colonial.

Las mujeres, dispusieron sus casas como espacios de reuniones y tertulias donde se discutían las nuevas ideas políticas y se planeaban las acciones emancipadoras. Ellas se encargaron de preparar sus hogares para esconder armamento, diseñar y elaborar vestimentas para la batalla.

Fueron las mujeres sin distinciones quienes lideraron acciones complejas como espías, valiéndose de su supuesta centralidad en el rol privado de madre y esposa, debilidad y apatía política. Mujeres que convocaron la organización de redes de información en las que actuaban como correos proporcionando información importante a los ejércitos patriotas; participaron en la organización de protestas, redactaron y propagaron idearios y manifiestos autonomistas, persuadieron a los ejércitos realistas, gestionaron la recaudación de fondos para la causa a través de donación de dinero y joyas. Además, dieron refugio a los insurgentes, prepararon y transportaron alimentos, ropas y material bélico; repararon armas y asumieron el sustento familiar durante las jornadas de enfrentamiento.

Invisibles en las llamadas “gestas heroicas”, los cronistas de los años de la independencia registraron su presencia en los poblados cercanos a los fuertes, campamentos como parte de la organización del mantenimiento de la batalla: acompañando a las tropas, cocinando, atendiendo a los heridos, enterrando a los muertos, portando las armas.

Sus luchas, sus gestas fueron vitales e indispensables, es decir, no hubiese sido posible ninguna “gesta heroica”, sin las mujeres, quienes en definitiva fueron parte de las guerrillas patriotas, que no dependen de armas ni medallas, sin nombres en los libros de historia, sin calles que las recuerden, porque no son parte del relato oficial de nuestra historia.

Mujeres que sufrieron el destierro, la cárcel tradicional y también el encierro de por vida en los conventos, la muerte, la esclavización, el juicio público en las iglesias y las comunidades religiosas siendo acusadas de rebeldes, paganas, pecadoras, brujas, por cruzar la frontera de entre la vida domestica y la vida pública. Pero la más brutal traición fueron las violaciones, las que confunden el enemigo entre sus propios compañeros de lucha y el batallón opositor. En tiempos de guerra, las violaciones fueron parte de la guerra al calor de la violencia y ansiedad. Los hijos de la guerra fueron llamados huachos, negados por sus padres, criados por sus madres y abuelas.

Mujeres que finalmente también fueron negadas por el relato de la historia, la participación en la construcción de la República y el imaginario nacional.

*Paulina Aliaga es profesora feminista y Latinoamericanista, académica de la Universidad de Magallanes. Chilena de nacimiento, mexicana de corazón. Parte de Emancipa Chile.

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