PH; Karina Cicovin

 

Por Casiana Gatica, Solana López y Daniela Poblete Ibáñez*

Hoy, hace 73 años, se aprobó el voto de las mujeres en las elecciones de nuestro país. Sin duda un paso fundamental en el reconocimiento de nuestros derechos políticos y en la participación de este ámbito como sujetas que pueden elegir y ser elegidas. Pero nuestro recorrido por la militancia política está repleto de violencias que urge erradicar dentro de los espacios que son sostén de la democracia ¿Puede una organización política hablar de defender la democracia si al interior de sus filas existen constantes discriminaciones o agresiones hacia mujeres, lesbianas, travestis, trans, gays o no binaries?

Podríamos partir de cualquier punto, del social, del político, del económico o del cultural, o repasar en la historia, en el lenguaje, en cualesquiera de las manifestaciones humanas que tienen el atravesamiento de un sistema establecido o en crisis, pues en todas ellas existe la violencia, no como tensión, sino como orden y ese orden es dado por el patriarcado. Por ello, se hace tan dilemático sostener y profundizar el sentido liberador como un acontecimiento integral en los procesos, aún de ruptura con otros modos de opresión.

Esa violencia, como orden, es la violencia patriarcal y su terreno estructurante y de legitimación es la política. La política es un sistema sostenido en los pilares de la violencia patriarcal. La política, desde sus orígenes, fue construida por varones y para varones, y desde antaño, tener el privilegio de ejercer o hacerla supone un mecanismo de exclusión profundamente violento pues, ya sea por linaje o por pacto entre iguales, siempre queda por fuera una gran mayoría y dentro de esa gran mayoría siempre estuvimos las mujeres y diversidades.

Como sistema, el patriarcado, rige todas las formas de organización, la horizontal o la vertical, la democrática o la dictatorial, la conservadora o la revolucionaria. Porque todas se sostienen en el mismo orden, asumir y tomar conciencia de ello es lo que necesitamos porque; lo que hay que transformar es el sistema político.

Nosotras, nosotres, nunca participamos del foro griego, ni sus descendientes. Más bien a lo largo de la historia, y cada vez que quisimos ser parte de la política, fuimos quemadas, guillotinadas, confinadas y excluidas. En la versión actual nos invitan con reservas. Una vez dentro, nuestras tareas tienen que ver con el ámbito doméstico de la organización. Se nos dice una y otra vez que los temas vinculados a las mujeres y diversidades no son más urgentes que otros. Se nos cuestiona por lo que decimos, por como nos vestimos o con quien nos ponemos en pareja -no vaya ser que nuestra pareja nos manipule para conseguir sus objetivos dentro de la política- y, si escapamos un centímetro de lo que esperan de nosotras y nosotres; comienza el proceso expulsivo, puede ser que más solapado que otrora, pero no por eso menos violento.

Nosotras y nosotres nunca escribimos la letra del sistema político, ni siquiera pudimos pensarlo porque nos impusieron la ajenidad absoluta.

¿Es posible imaginar que un sistema que se constituyó con nuestra exclusión, sea capaz ahora de incluirnos como pares? Claramente que no y por eso la violencia patriarcal en la política es estructural y el único modo de superar esta realidad  es transformándola.

Para empezar este recorrido debemos ir develando, desenterrando, desocultando y desnaturalizando cada práctica que constituye esta estructura del orden patriarcal que es el sistema político.

Como todo sistema tiene sus gradientes de responsabilidad con agravantes y de intensidad en la violencia. Pero, desde las áreas de toma de decisiones hasta la base periférica, se articula en torno al poder dominante. Absolutamente todos los tipos y modalidades de violencias están presentes en la cultura organizacional de la política.

La violencia de género en la política la conocemos en el marco de la exclusión que, hasta hoy, existe sobre géneros distintos al masculino en los procesos electorales o en aquellos casos donde las mujeres que gobiernan son atacadas en razón de su género tanto por la oposición como por sus pares. Pero existe una violencia invisible, que se da en los ámbitos de participación política, tradicionales o no, sobre la base militante y es la violencia que obstaculiza la permanencia de las mujeres en estos ámbitos.

Pero esta violencia nos atraviesa el cuerpo, nos constituye como militante y nos pone obstáculos para el desarrollo de nuestra vida en la política ¿Es contradictorio no? justamente el lugar creado para construir los cimientos de la democracia, el lugar donde una o une apuesta por lo colectivo, el lugar donde se levantan consignas por más derechos y menos desigualdad, es uno de los ámbitos del ejercicio de la vida pública más reticente a abandonar el patriarcado. Pero no ese patriarcado de discurso, si no que ese patriarcado que define la división sexual del trabajo, que pone en duda nuestras capacidades por el sólo hecho de ser mujeres, lesbianas, gays, travestis, trans, etc, el patriarcado que analiza nuestras demandas o nuestros aportes a la organización como “cuestiones personales”, “cuestiones menores” o peor aún “cuestiones no políticas”.

Nos acusan de hacerlo personal, pero hace tiempo que aprendimos que lo personal es político y la organización política es un aspecto profundamente personal no sólo para nosotras y nosotres sino que también para los hombres ¿O acaso ellos no militan porque viven carencias, porque ven sus derechos vulnerados o creen que se les ha negado el acceso a algo? ¿Es acaso más importante lo personal de ellos que lo personal de nosotras? 

En este sentido, la invisibilización o ejercicio de la violencia puede ser literal o sutil, puede ir desde la anulación de nuestras posiciones políticas o la deslegitimación mediante estereotipos de géneros que nos niegan habilidades políticas; como cuando desde el lenguaje se rehúsan a nombrarnos con nuestra identidad genérica. Pero también se viven amenazas, insultos, presiones, malos tratos, impedimento de participación, aislamiento de funciones, acoso, agresiones sexuales,  etc. todas acciones que se enmarcan dentro de los tipos de violencia de género que reconoce la Ley de Protección Integral de las Mujeres, Ley de la que las organizaciones políticas no están exentas pero que ignoran por omisión o desconocimiento, lo cual también es un indicador de la perspectiva patriarcal de la política.

Nuestra incursión en la esfera pública sigue siendo un desafío, sobre todo en los ámbitos de participación política que, aún hoy, siguen reproduciendo lógicas patriarcales que intentan que retornemos al ámbito privado. Los lugares de definición política, en general, siguen siendo de exclusividad masculina y nos ofrecen a cambio nichos domésticos para sostener nuestra participación en este contexto de avanzada feminista. Lugares sumamente importantes como;  la rama femenina, los frentes de géneros, los comedores, las ollas populares, entre otros,  son los ámbitos domésticos de nuestra “naturaleza social” para el ideario de la política, y si pretendemos corrernos de esos lugares estipulados, la violencia, aunque a veces sutil, recrudece.

Resulta necesario poder reflexionar en torno a lo que sucede cuando nos apartamos de los roles políticos establecidos para nosotres y rompemos el molde. Existe, sin dudas, un pacto de silencio que la lógica patriarcal nos propone y que hace que soportemos estas violencias como “el costo” que debemos pagar por irrumpir en el ámbito de exclusividad masculina, en pos de sostener y cuidar “la organización” y de demostrar nuestro compromiso con la causa. ¿Qué nos queda cuando decidimos romper con esas violencias? La autoexclusión de los ámbitos de participación política se convierte en la salida habitual que, a modo de autocuidado feminista, utilizamos para autopreservarnos y no perecer ante la violencia. Esa desvinculación, en ocasiones se vive en soledad y en silencio, como el castigo de haber roto los parámetros morales de la militancia devota y que sin lugar a dudas trae consecuencias en la construcción de nuestras subjetividades como militantes. 

Cuando cobra dimensión personal, cuando atraviesa el cuerpo y se hace vivencia de la vida cotidiana, esta violencia, te arrasa al punto de expulsar a los márgenes desde donde te caes o te agarras de lo que podés, aunque sin posibilidad de elegir el amarre. La narración hegemónica de estos acontecimientos, ya sea en chisme, pasilleo, informe o discurso es la justificación misma de la opresión, negando la existencia en el orden sistémico, es la “pollerita corta” de la violencia patriarcal en la política.

* Casiana es  Lic. en psicología Jefa del programa de asistencia inmediata a mujeres y diversidades, secretaría de la mujer diversidad e igualdad.
*Solana es psicologa social y  es referenta nacional de la Corriente Lohana Berkins.
*Daniela  es editora en Argentina de Revista Emancipa. Integrante de la Red de Abogadas  Feministas y del Observatorio Contra el Acoso.
 

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